El rugby todavía conservaba esa inocencia de club de barrio, de tercer tiempo y de apellidos ilustres mezclados con barro y tackles. Tucumán también vivía así aquellos primeros años de la década del 80: con el deporte como refugio social y con la llegada de los grandes equipos porteños convertida en un acontecimiento extraordinario. Por eso, aquel domingo 1 de abril de 1984 quedó marcado como una tarde especial para Cardenales. Pero con el paso del tiempo, el partido adquirió otro peso. Uno mucho más oscuro. Porque entre las figuras del poderoso Club Atlético de San Isidro estaba Alejandro Puccio.
Ese día, el CASI visitó Tucumán para celebrar el 40° aniversario de Cardenales. No era una visita cualquiera. El equipo de San Isidro llegaba como subcampeón de la URBA 1983 y arrastraba una década gloriosa: había sido campeón en 1974, 1975, 1976, 1981 y 1982. Además, volvía a la provincia después de casi medio siglo sin presentarse con la Primera. El arribo de los porteños generó una enorme expectativa en la provincia.
La delegación aterrizó el viernes 30 de marzo por la noche. El sábado estuvo cargado de actividades: los entrenadores Luis María Varela y Gonzalo Beccar Varela ofrecieron charlas sobre rugby en el club anfitrión y luego dirigieron una práctica liviana. Para la ocasión, el club tucumano había montado una infraestructura especial: dos tribunas para albergar a más de 1.000 personas, una de ellas cedida por Atlético Concepción de Banda del Río Salí. Por la noche participaron de la cena aniversario organizada por Cardenales.
Canessa jugó en Tucumán cinco años después de la tragedia de los AndesEl programa deportivo comenzaría temprano. Primero jugarían la séptima de Cardenales frente a Tucumán Rugby; luego, la cuarta del club anfitrión contra Natación y Gimnasia. Pero toda la atención estaba puesta en el duelo principal de las 16.30, en Silvano Bores 447.
Cardenales quería estar a la altura del evento. Por eso reforzó su plantel con nombres importantes del rugby tucumano como Lucio de Chazal, que por entonces jugaba en San Cirano, además de Ricardo Sauze y José María Santamarina, ambos provenientes de Tucumán Rugby. Todos nombres que dejaron su huella dentro del rugby provincial.
Canessa-Puccio: la paradoja más oscura del rugbyDel otro lado aparecía un CASI repleto de figuras y de jugadores vinculados a Los Pumas. Entre ellos sobresalía Alejandro Puccio. Wing tres cuartos elegante, veloz y con apellido fuerte dentro del rugby argentino. Había debutado en la Primera del CASI en 1977, con apenas 19 años, y ya había vestido la camiseta de Los Pumas durante el Sudamericano de 1979. Incluso había formado parte de aquel combinado de Sudamérica XV, que lograría la hazaña de ganarle a los Springboks por 21-12. En ese momento era considerado uno de los grandes emblemas del club sanisidrense.
Lo estremecedor es que mientras seguía siendo admirado dentro del rugby argentino, la historia criminal del clan Puccio ya había comenzado. Dos años antes de aquel viaje a Tucumán, el 22 de julio de 1982, Ricardo Manoukian había sido secuestrado. El joven empresario era amigo de Alejandro Puccio: compartían el ambiente del rugby y del windsurf en San Isidro. Según acreditó años después la Justicia, fue el propio Alejandro quien lo interceptó aquel mediodía para llevarlo hacia la trampa montada por Arquímedes Puccio y el resto de la banda. Manoukian fue asesinado ocho días más tarde y se convirtió en la primera víctima fatal comprobada del denominado “Clan Puccio”. Pero en abril de 1984, nada de eso había salido a la luz. Para el rugby argentino, Puccio seguía siendo apenas una estrella más del CASI.
Partido trabado
El partido terminó siendo tan intenso como esperado. Cardenales jugó de igual a igual y el encuentro se desarrolló trabado, con tries para ambos lados y mucha fricción física. Finalmente, el CASI se impuso 30-24. Entre los jugadores que apoyaron para los porteños estuvo Eliseo “Chapa” Branca, uno de los grandes símbolos históricos del rugby argentino. Y también Alejandro Puccio.
Canessa-Puccio: el rugby, la moral y una historia atravesada por los AndesEse try quedó perdido en una vieja planilla deportiva y en los recuerdos de quienes estuvieron aquella tarde en Silvano Bores. En ese momento fue apenas una conquista más de un wing talentoso. Recién años después, cuando el horror del Clan Puccio salió a la luz y el país conoció la verdadera dimensión de los secuestros y asesinatos comandados por Arquímedes Puccio, aquella visita del CASI a Tucumán adquirió otra lectura.
Porque mientras el rugby tucumano celebraba la llegada de uno de los gigantes de Buenos Aires y aplaudía a sus figuras, uno de esos jugadores escondía una doble vida imposible de imaginar. Una vida que convivía, en silencio, entre tries, terceros tiempos y aplausos.