Jorge Ruiz de Huidobro tiene unos ojos achinados que, cuando sonríe, se vuelven más oblicuos todavía. Sujeta su pelo canoso con una gomilla, arriba de la nuca. Y parece un hombre que se acaba de despertar un domingo al mediodía. Norma Nasif ha envuelto su cuello en un pañuelo azul que, de algún modo, hace que sus ojos se vean de ese color. Mantiene una sonrisa perpetua. Lleva el cabello suelto hasta los hombros, peinado con una raya al medio. Ha cumplido los 53 años y tal vez supera el metro sesenta de estatura.
Se miran el uno al otro. Acercan sus labios a las cañas. Y soplan. Entonces, el instante se vuelve perfecto, fuera del tiempo.
Tu tu turu tu tu turu tu turu
El cuarto es pequeño. Tan pequeño, que su anchura cabe en ocho pasos. El matrimonio está sentado en unas sillas plásticas. A su alrededor hay más asientos, estanterías con libros recostados lomo sobre lomo y un escritorio saturado de cosas: una computadora, lápices de colores, un sello, plasticolas, una lámpara y hojas sueltas. En el piso, cajas y una estufa que sólo enciende una de sus tres velas. Arriba, al cabo de una escalera caracol, todos son libros.
Es un día de semana cualquiera. Aún no han dado las 10 de la mañana. Jorge y Norma han tocado sus sicus, unos instrumentos de viento. Faltan unas horas para que la biblioteca popular que conducen, junto a otras personas, abra sus puertas. Se llama La Randa y está situada en Yerba Buena, ciudad conocida por su cercanía con las montañas.
La concibieron en el año en que en la Argentina sonaban las cacerolas de los indignados. Por aquel entonces empezaron a masticar una idea. A asumir una cruzada. Y así fue cómo el músico, la bióloga y otros soñadores crearon esta biblioteca, en 2004. Nueve años después, han llegado a los 15.000 libros y forman parte de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip). Además de lecturas, dan talleres gratuitos de plástica, de literatura, de tejido en plástico y de sicus. Para obtener dinero, juntan cartones y botellas para reciclar, y luego los venden.
Al nombre se lo arrebataron a una artesanía tucumana. El diccionario la define como una guarnición de encaje con la que se adornan los vestidos y la ropa blanca. Como se transmite de generación en generación, les pareció que aludía bien al espíritu de su creación, de tejer lazos sociales.
- Desde que abrimos, hemos sumado libros, amigos y encuentros. Nuestro objetivo es fomentar la educación pública y la cultura para todos -dice Norma, y acepta el mate que le ha cebado su esposo. Cuando habla, se apasiona. En palabras suyas, la felicidad la invade. Y en eso radica parte de la fuerza de esta casa hecha a pulmón. Ninguno de sus miembros se detiene a pensar en que no les alcanza para pagar la cuenta de la luz o en otros problemas. Jorge, por ejemplo, entiende que todos debemos propiciar la igualdad de oportunidades.
- ¿Para qué estás aquí?
- Para construir tejidos sociales comunitarios. Y porque creo en la participación y en el compromiso -aclara. Esa es su misión. Ya sea como maestro del taller de sicus o como director de la Orquesta del Bicentenario y del Taller de Música Esperanza, que funcionan en el barrio Juan XXIII, uno de los más pobres de la capital de Tucumán.
María Teresa Pelejero lo interrumpe. A sus 62 años, se ha jubilado como maestra de escuela. Es otra de los fundadores. Sostiene sus anteojos casi en las aletas de la nariz, como una abuelita de cuentos infantiles. Y a María Teresa, ya van a ver, le dicen abuela.
- Hay chicos que salen del colegio y vienen acá, en vez de a sus casas -sonríe-. Hace unos días, unos siete niños quedaron afuera del taller de plástica porque no cabía ni un alfiler más. Entonces, pidieron libros sobre dinosaurios, y se pusieron a verlos.
El panorama hace pensar que en este lugar hay una veintena de empleados serviciales, que pasan plumeros por los estantes y se ocupan de los lectores. Pero no. Son sólo ellos.
Por eso, María Teresa pide colaboradores. Gente dispuesta a ofrecer su tiempo, a abrir las puertas, a clasificar los textos, a atender a los lectores, a guiar a los niños.
De repente, cuatro manos se aferran a los barrotes que cubren la única ventana de la sala. Los dedos se crispan, y dejan adivinar el esfuerzo de sus dueños por sostenerse, por colgarse de esas rejas. Luego asoman dos cabezas con pelos negros. Son Eduardo y Agustín. Tienen 11 años y piden permiso para entrar, porque -cuentan- todo el barrio está durmiendo y ellos son los únicos "giles" despiertos. María Ester Albornoz deja caer el hilado y levanta sus ojos graves. Los convida, y sigue tejiendo. Teje. Teje. Teje. Mueve los dedos ávidos. Amontona el ovillo sobre la falda. Sostiene la barra puntiaguda con la mano derecha; el ovillo, con la izquierda. Cubre el hueco del tiempo con un punto al crochet.
- Todo lo tejible, se teje. Y si es reciclado, mejor. Aquí fabricamos nuestras propias lanas a partir de materiales en desuso, como bolsas plásticas, cintas de cassette, cintas de VHS y sachets de leche -dice, y la temblorosa aguja va y viene. María Ester tiene 58 años. También está desde los orígenes, y es una de las dos profesoras del taller Tejiendo conCiencia, donde se les enseña a otras hacendosas mujeres de la zona a convertir los plásticos en un almohadón, en un canasto o en una cartera.
Y mientras ella agita ovillos, Jorge y Norma tocan de nuevo sus zampoñas. Envician el aire, se meten en los cuerpos y acarician las almas.
Dan ganas de quedarse un rato más. Porque, como dice María Teresa, este es su lugar en el mundo. Como ese día, en que llegó de malhumor y retó a dos "piojos" que se estaban portando mal. Les dijo: "me hacen caso porque yo podría ser su abuela". Durante un rato, los chicos se quedaron quietos. Y luego le dijeron "¿nos prestás un libro... abu?".
Dónde, cómo y cuándo
La Biblioteca Popular La Randa queda en Yerba Buena, atrás de la Plaza Vieja de la Rinconada, en la calle Charcas 835.
Los teléfonos de contacto son 4251821, 4254056, 4250802, 155083482 y 154182732.
Los socios atienden de lunes a viernes, por las tardes.