Una titiritera, su esposo y un hijo. Unas vacaciones por un norte lleno de culturas. Un viaje ‘a la gorra’ en auto que recorrió Chile, Perú y Bolivia. Verónica Luján vivió una experiencia única en un poblado campesino de Potosí. Ella asumió un desafío: explicar qué son los títeres en una comunidad en la que el habla se llama quechua. Allí, un grupo de niños de la montaña se entretuvo por primera vez en sus vidas con los muñecos de “Caja y Cuento” y su magia animada.

Vacaciones a la gorra
Verónica es una cordobesa que ama la narración oral. Estudió teatro de títeres y fundó la compañía Maniambulanti. Formó pareja con Ariel Coronel y con él tuvo a Eliseo, su pequeño. Viven en Tafí Viejo y desde allí partieron de vacaciones rumbo a Chile y Perú junto a cinco amigos músicos con los que Ariel formó el ensamble folclórico “Kiwicha”. Durante el recorrido, hicieron presentaciones “tocando a la gorra” para financiar la aventura. De regreso, el grupo se dividió. En vez de regresar a la Argentina, la familia de Tafí Viejo eligió quedarse en Bolivia. Querían profundizar el contacto con la idiosincrasia andina.

En Potosí se sorprendieron. En la plaza del municipio de Cotagaita (provincia de Nor Chichas), Verónica conversó con Gregorio y Julia, un matrimonio campesino de las montañas. Allí, la artista aprendió que las chulas debían honrar a sus maridos: “tenían que cargar con sus aguayos el peso de las hortalizas, mientras los hombres iban más ligeros”. Durante la charla con Julia, una señora que llevaba sombrero, cabello trenzado y una pollera amplia, llena de colores, “me di cuenta que hablaba más en quechua, que en español. Cuando les conté sobre mi trabajo, me dijeron que no sabían que existían los títeres y que allí no era común ver a los artistas en las calles. Se los enseñé a través de fotos y me invitaron a hacer la función en Ascanti –su pueblo- porque allí había muchos niños. A cambio, nos ofrecieron casa y comida”.

La artista cuenta que llegaron de tarde y que fueron hospedados amablemente:“charlaban entre ellos en su lengua y nosotros no entendíamos una palabra”. Un grupo de personas presididas por la autoridad del pueblo, se acercó para preguntarle qué había ido a hacer. “Le expliqué que quería presentar una función para niños. Como el señor no hablaba castellano, me respondió con palabras breves y muchas señas. Me decía que desconocía qué eran esos muñecos. En ese momento, tomé un oso de peluche de mi hijo y una linterna. Lo comencé a mover y lo hice hablar. El hombre me miró raro, como extrañado. Estaba parado en medio de la calle en la oscuridad total. Lo acompañaban una mujer y niños que instantáneamente se echaron a reír”, contó.

Acto seguido, le ofrecieron la iglesia de la escuela para hacer una función. A las 7. 30 de la mañana los despertaron con té de cedrón y tortillas. Ya en la capilla, pusieron una mesa donde Verónica instaló su teatrito. Mientras se hacían los preparativos, las campanas sonaban para informar el acontecimiento, era como ‘una llamada al pueblo’. Presentó la obra ´Caja y Cuento’, la historia de una mujer que cuida su huerta de los animales. Lo hizo con las palabras cotidianas del quechua que supo aprender en su corta estadía. Los niños estaban tímidos porque nunca habían visto un fenómeno parecido. Ellos hablaban más castellano que los mayores porque en las escuelas ahora la educación es bilingüe. “La función fue silenciosa. Los pequeños observaban casi magnetizados a boquiabierta. Yo les hablé con el corazón para no imponerles mi cultura. Luego de la función hicimos una ronda, les enseñé a fabricarlos, les mostré los personajes y jugamos. Ni los chicos ni yo queríamos que terminara el día”, expresó y destacó que el lenguaje de los títeres es universal. “En Tucumán los chicos de ciudad aprenden sobre las prácticas campesinas, mientras que en Ascanti, si bien no conocían los títeres, se vieron identificados y se reconocieron en la narración.”, reflexionó y valoró la diversidad de culturas que tiene nuestro continente. Después de la función, Julia agasajó a los tucumanos en su casa con alimentos de su huerta. Les convidó queso y choclo y se sentó de cuclillas en el piso para hacer “yasjua”, moliendo chile locoto con tomate sobre un mortero de piedra plana y, para calentar el cuerpo, sirvió sopa.

“Nos fuimos con plantas de lechuga, frutos, semillas y verduras hermosas. Todas las personas nos ofrecían algo y nos preguntaban cuándo íbamos a volver”, rememoró.