Miguel Casarrubios está apoyado en un poste. Tiene los ojos verdes, el cuerpo flaco. Se descuelga el morral de un hombro y lo pasa hacia el otro: el lado izquierdo todavía le duele. En octubre del año pasado iba con su moto por el mismo lugar donde se encuentra ahora. Había llovido y la calle estaba mojada. No advirtió que un charco escondía un pozo de casi 30 centímetros de profundidad. No había cómo advertirlo, tampoco. La moto se hundió y derrapó. Miguel cayó de costado, sobre el hombro.

Quedó en el piso, aturdido. Le dolía el cuerpo. Todavía hoy conserva en la memoria retazos de lo que pasó. Se acuerda de la pareja que lo socorrió. Se acuerda de él, sentado en el cordón y con los codos apoyados en las rodillas. Se acuerda del dolor.

Durante las semanas que siguieron, Miguel peregrinó por las clínicas. Estuvo dos meses sin moverse. Al cabo, le diagnosticaron una luxación, de la que no va a recuperarse, puesto que quedó con una discapacidad.

- Nunca imaginé que estaba ese pozo. Tampoco que era profundo. Pegué con la cabeza en el suelo, y el casco amortiguó el golpe. Pero mi brazo dio de lleno en el pavimento. Me costó levantarme -cuenta Miguel. Son las 7.35 de la mañana (la hora en la que ocurrió el accidente). Han pasado cinco meses. Y el agujero sigue en el asfalto. Igual de grande. Igual de riesgoso.

La calle Cariola, donde transcurre esta escena, es una de las que hacen que Yerba Buena parezca una ciudad que ha sobrevivido, en partes, a un bombardeo. Siete años atrás, cuando Miguel llegó de su Buenos Aires natal -relata- las cosas no eran así. O, al menos, no le pareció. La avenida Aconquija, por ejemplo, lo enamoró con sus platabandas sembradas con flores.

No dudó en afincarse, y además de su mujer y de sus hijos, trajo una moto Yamaha de aspecto deportivo. A los 13 kilómetros que separan su casa, situada cerca del country Las Yungas, de su trabajo, en la capital provincial, comenzó a transitarlos montado en ella. Hasta el día del accidente. Ahora piensa dos veces antes de subirse.

Incluso ha cambiado el recorrido. En ocasiones usa otra arteria que se llama Salas y Valdés. Pero de un tiempo hacia acá, también ahí tuvo que eludir hoyos en el pavimento.

Una calle, todas las calles

La calle Salas y Valdés es una fosa. Desde Juan B. Terán hasta el Camino del Perú, o viceversa -da lo mismo-, en cada cuadra hay un boquete. A la altura del 400, donde comienza un bulevar que los vecinos usan para arrojar basura, alguien ha colocado una gruta para la Virgen. Como si fuese un indicio de que ahí es conveniente encomendarse a la divinidad.

Son las 8 de la mañana. El carril sur, que conduce al centro, está atestado de coches, cuyos dueños deben llegar a sus oficinas. La mayoría de los automovilistas va a 60 kilómetros por hora. Y hacen zigzag para esquivar los obstáculos: baches de hasta 30 centímetros de profundidad.

Uno de esos cráteres queda justo en el medio de la calzada, luego de cruzar la esquina de Río Paraná. Ante ello, el conductor debe decidir, en cuestión de segundos, si pasarlo volcándose hacia la derecha o hacia la izquierda. Da lo mismo, porque sea cual fuere el lado que escoja, deberá pegar las ruedas al cordón si quiere que sobrevivan al socavón.

Medio metro adelante, alguien ha arrojado un neumático para advertir que debajo se esconde otro peligro. El agua que aflora de una alcantarilla no deja ver de qué se trata. De la otra mano, las calles son iguales, con zanjas y más zanjas.

La voz del municipio

No es grande. Cuatro por cuatro, tal vez, y dos ventanas por las que entra la luz del mediodía. Ese cuarto -situado en un edificio de dos plantas, a una cuadra de la Municipalidad- es la oficina de Julio Herrera Piedrabuena, el titular de la Secretaría de Obras Públicas.

El funcionario llega luego de lo pactado a la entrevista. Pide disculpas. Y explica que se hallaba con el intendente, Daniel Toledo. “Estábamos analizando el plan de bacheo, cuya ejecución ha comenzado”, anuncia. Y luego reconoce que en muchas calles hubo un “movimiento en las placas de hormigón”, debido a las “correntadas de agua” y a las altas temperaturas del verano.

- Hemos firmado un convenio con la Dirección Provincial de Vialidad (DPV). Ellos nos darán el asfalto, y nosotros haremos la colocación con empleados municipales. Además, la Sociedad Aguas del Tucumán (SAT) pondrá a disposición del municipio un camión que limpiará las bocas de registro, porque hay pérdidas de líquidos cloacales y potables por todas partes- dice.

- ¿En qué consiste el plan de bacheo?

- Una vez que sequemos la zona norte de la ciudad, que es la más afectada, comenzaremos a reparar los paños de hormigón. Calculamos que las tareas durarán unos dos meses. Vamos a reparar las calles Salas y Valdés, Perú, Saavedra Lamas, Lobo de la Vega, La Madrid, Pringles, Universo, San Martín y algunos sectores del barrio Marti Coll.

- ¿Cuánto dinero se gastará en eso?

- Alrededor de $ 500.000.

- ¿Por qué se deterioran las calles? ¿Con qué las pavimentan?

- Hay dos técnicas que se aplican en esta ciudad. Una es la pavimentación con asfalto; la otra, con hormigón rígido. Cuando la Municipalidad se hace cargo de la tarea, colocamos asfalto, porque disponemos de máquinas y de personal propio. Además, la DPV nos provee el material. La colocación de pavimento rígido de hormigón es más cara, pero también se efectúa. En este caso, se llama a distintas empresas, se hace una compulsa de precios y se escoge.

- ¿Cuánto cuesta pavimentar una cuadra?

- Unos $ 300.000. Hasta fines de junio planeamos pavimentar unas 40 cuadras más con fondos del Plan Más Cerca, que ya fueron adjudicados.

Desde el martes y hasta el cierre de este artículo, los operarios y los camiones del municipio recorrían la Salas y Valdés efectuando tareas de reacondicionamiento. También estuvieron en San Martín y Perú, entre otras.

Pedidos de la oposición

Hace unos días, el concejal opositor Pedro Albornoz Piossek presentó una minuta de comunicación en el Ejecutivo municipal. “Pedí que procedan, de manera urgente, a la señalización y al posterior arreglo de la capa asfáltica para evitar accidentes, sobre todo de motociclistas”, explica.

Mientras tanto, Miguel sigue esquivando pozos a bordo de su moto. Dice que, si los gobernantes cumplen sus promesas, ya no sentirá temor cada vez que salga en ella.

Las voces de los vecinos

- Adriana Olivera, vecina de Santo Domingo al 1.600.- “Si querés practicar rally, vení a Yerba Buena. Paseá por la Perú o por las calles internas”.

- Federico Mealla, vecino de Salas y Valdés al 300.- “Vivo hace 20 años aquí y la calle siempre fue así: de los 356 días del año, sólo cuatro está seca. El intendente Daniel Toledo ha prometido muchas veces que iba a arreglar esto. ¿Para qué nos cobran barrido y limpieza?”.

- Fernanda Gutiérrez, Salas y Valdés al 100.- “Siempre corre agua por la acera norte; no sabemos de dónde viene. La otra vez se cayó una señora que intentaba cruzar”.

- Miguel Casarrubio, vecino de la zona de Las Yungas.- “Vengo de Buenos Aires. Cuando empecé a manejar en Yerba Buena me llevé una sorpresa. Pesaba que allá era peor, pero aquí te sentís acosado por los autos; la gente es agresiva. Para peor, no hay controles. Y si los hay, no funcionan. Se quejan porque les ponen el cepo, por ejemplo, pero tiene los coches estacionados a contramano. A mi parecer, en esta ciudad hay muchos ‘amigos de...’. Por eso no funcionan las cosas”.

- Luciana Müller.- “Desde hace un montón, la calle en la que vivo, Federico Rossi, tiene toda una mano destruida. También en la Perú hay agujeros tremendos”.

- Facundo Morales.- “La esquina de la calle Juan B. Terán y Paraguay está intransitable”.

- Aixa Mastrolorenzo.- “En la calle Acassuso al 100 hay un cráter desde hace más de siete meses”.

- Florencia del Pero.- “El Camino de Sirga tiene los pastos crecidos, de noche no hay luz y hay algunos pozos”.