“Va pensiero”, “El pintao” y “Aleluya” se escuchan casi desde hace una semana en Barrio Norte, en la zona de la plaza Urquiza. Por las noches, antes del ensayo, coreutas, músicos y actores (desde el viernes), del Ente Cultural, reclaman por sus salarios. En ese debate constante, entre la realidad y la ficción y en la creación de su propia realidad, el arte parece haberse inclinado por estos días en lo cotidiano.
Todos los años, la protesta de los artistas independientes contra las autoridades de cultura, es un clásico; un número puesto. Pero desde hace bastante (2006), que no se instalaba en los cuerpos estables de la provincia. En aquella oportunidad, los rebeldes fueron los bailarines del entonces llamado Grupo de Danza Contemporánea (hoy Ballet Contemporáneo): un conflicto que terminó con el despido de varios ellos (el eufemismo utilizado fue: “rescisión o no renovación de contratos”). Desde entonces, el miedo se extendió entre los elencos; el presidente del Ente, Mauricio Guzman y algunos de sus funcionarios, supieron dominar con mano dura cualquier atisbo de queja. Hasta ahora; hasta ahora. Lo que demandan, antes y durante los ensayos, y funciones de la zarzuela “Luisa Fernanda”, no es nada diferente que el resto de los estatales. En el manifiesto que leyeron el viernes a la noche, con público y ante las propias autoridades, cuentan que un músico de la orquesta, en una de las presentaciones fuera del teatro (en la Casa de Gobierno), le rompieron el instrumento musical y nadie se hizo cargo del hecho. El arreglo le salió cerca de $ 5.000, cuando en ese entonces cobraba $ 3.800; un coreuta con nueve años de antigüedad, con título universitario, cobra un haber aproximado de $ 4.500 y posee un sueldo básico de 1.440. En fin, las cifras se repiten en todas las dependencias de la administración pública.
Con un gran poder de síntesis, Enrique Pinti lo había cantado hace tiempo: “… los gobiernos pasan, quedan los artistas”. Y es cierto: porque representan un patrimonio cultural intangible, como tantas veces se ha dicho. Pero no se debe olvidar que ellos y su arte viven de cosas tangibles, que tienen precio, que cuestan. Elogiarlos y aplaudirlos está muy bien, corresponde cuando se lo merecen. Pero para que canten, compongan, bailen, actúen y toquen los instrumentos, también hay que cuidarlos en su vida cotidiana, en sus derechos.