El chiste fue publicado en la página 2 del suplemento deportivo de “Folha de S.Paulo” del viernes. Era una viñeta con dos cuadros. En el primero dialogaban dos hinchas brasileños con semblante preocupado.

- “El problema de este Mundial son los argentinos”, arrancaba el que tenía la camiseta 10 de Brasil.

- “Ah, la vieja rivalidad”, intentó seguirlo el segundo brasileño, con la 9 en el pecho.

Parecía una referencia a la invasión de argentinos en estado de excitación en Río de Janeiro y Belo Horizonte. O una mueca de intranquilidad por Lionel Messi y sus secuaces del gol. Pero el remate del humorista apuntaba a nuestros usos y costumbres.

- “Nada de eso”, respondió el que había iniciado la queja-. “Es la costumbre de los besitos”, cerró con cara de circunstancia en el segundo cuadro, mientras recibía de sopetón un beso de un hincha argentino recién aparecido, y vestido con la 10 albiceleste.

- “Hola, soy Facundo, un gustazo”, remataba ese argentino con una confianza desacostumbrada para un país en el que los hombres sólo se saludan con la mano.

El chiste, entonces, era un guiño a los miles de hinchas argentinos que se sienten locales en Brasil. Aunque en realidad, en Brasil cualquiera se siente local, y más en un Mundial de fútbol. Los colombianos y los chilenos aparecen como hormigas. Los mexicanos se multiplican. Los holandeses nunca se sacan la camiseta de su equipo: hasta deben hacer el amor vestidos de naranja.

Las calles -y en especial los aeropuertos- son lugares donde bosnios o iraníes se cruzan con australianos o japoneses y todos, cualquiera sea la nacionalidad, se sacan fotos grupales. Los comandantes de los aviones anuncian los goles en pleno vuelo. Las azafatas los traducen a otros idiomas. El país es una fiesta.

Un Mundial es estar en carnaval, y ni hablar cuando Brasil juega en Brasil: las megápolis y los pueblos del interior desvanecen del mapa a la hora en que Neymar y compañía salen a la cancha. Sucedió el jueves: desde supermercados hasta farmacias, y con la única excepción de estaciones de servicio y algunos bares, los locales comerciales cerraron para que los hinchas pudieran ver el 3 a 1 a Croacia. Brasil se convirtió en tierra fantasma. Volverá a pasar mañana contra México.

Pero en medio de este paréntesis -eso también son los Mundiales, una tregua-, cada país sigue siendo cada país. La forma de ser de su gente no cambia. Y los argentinos no sólo saludamos con un beso -según recordó el chiste de “Folha de S.Paulo”- sino que somos, ay, los menos queridos de la Copa del Mundo. Al menos ése es el diagnóstico de una encuesta realizada en 19 países y que el “New York Times” publicó en su sección deportiva el jueves.

La encuesta era variada: en Río de Janeiro, Tokio, Bogotá, Nueva York y demás ciudades del mundo, los hinchas debían elegir qué país practica mejor fútbol, qué selección prefieren que gane el Mundial y, entre varias preguntas más, cuál sería su país menos querido en Brasil 2104. O, dicho de otra manera, por cuál equipo rogarían para que no saliera campeón.

Argentina ganó por goleada en este último punto. Chilenos, colombianos, costarricenses, mexicanos y obviamente brasileños, cada uno por su cuenta, coincidieron en elegir a la selección de Messi como a la última que salvarían de un incendio, un desprecio que lógicamente trasciende al crack del Barcelona, y que apunta más a la forma de ser argentina -al menos del hincha argentino-.

Más determinantes -y desmoralizantes- fueron los porcentajes en comparación con la poca antipatía que genera Brasil. Mientras el 20 % de los chilenos eligieron a Argentina como su selección más impopular, sólo un 3% nombró a los brasileños. Los colombianos fueron todavía más lapidarios: el 14 % nos señaló como los menos queridos y sólo el 1% eligió a Brasil. En México pasó algo similar: Argentina fue el más votado en la lista de la selección más despreciada, con el 6%, en contraste con el 1% que eligió a los pentacampeones. Y en Costa Rica hubo un 7% de anti argentinos contra un 2% de anti brasileños.

Ahí no terminaron las pálidas. En otra de las preguntas, acerca de qué nacionalidad juega mejor al fútbol, una enorme mayoría votó a Brasil y en ningún país -sí, en ninguno- el ganador fue Argentina. Como no valía elegir a su propia selección, los argentinos votaron a Brasil. Los brasileños, en cambio, nombraron a Alemania y a España (antes del 5-1 contra Holanda, claro).

Al lado de la encuesta, el “New York Times” publicó un texto que intentaba descifrar el por qué de esta antipatía general contra una selección bicampeona del mundo. “Si el equipo de Argentina es temido por muchos hinchas, ciertamente no es amado. Para decirlo sin rodeos, muchas personas no pueden soportar la idea de un Mundial ganado por la Argentina”, arranca la nota.

Después le siguieron explicaciones a través de filósofos, economistas, profesores universitarios y hasta taxistas que hablan de estereotipos y una vieja cultura de superioridad. Se recuerda la actitud arrogante de los turistas argentinos en épocas del 1 a 1, pero se aclara que los latinoamericanos que viven en Buenos Aires o en otras ciudades del país descubren una marcada calidez en los argentinos. También se menciona la Mano de Dios de Maradona contra Inglaterra. En síntesis, no hay una única razón para explicar algo demasiado complejo.

Esa antipatía, sin embargo, no se advierte en Brasil. Si existe, por ahora es subterránea. Los hinchas argentinos son bien recibidos. Y ni hablar de la admiración de los fanáticos de cualquier país hacia Lionel Messi. La imagen del jueves pasado, cuando dos brasileños entraron al estadio Independencia de Belo Horizonte para lustrarle los zapatos al capitán argentino, se habría repetido en cualquier otro punto del país. Y del mundo. Messi es patrimonio de la humanidad. Y la razón más fuerte para que, a partir de hoy, Argentina no sólo siga siendo una de las selecciones más temidas, sino también una de las más queridas.