Como es sabido, durante muchos años el paludismo fue una enfermedad endémica en Tucumán y buena parte del Noroeste. Tiene interés entresacar el artículo que el doctor Carlos Vera firmó sobre la dolencia, en la “Guía Ilustrada de Tucumán para el viajero”, de Colombres y Piñero (1901).
Describía que “la forma cotidiana, terciana y cuartana” del paludismo, es decir “de ataque diario, cada dos días y cada tres, con sus clásicos períodos de escalofríos, fiebre y sudor, tan común en otros años, es rara actualmente”.
Sostenía que las formas palúdicas locales ya eran “muy diversas y variadas, pero tienen de común con las fiebres tipos, el que las manifestaciones de la enfermedad son intermitentes, a horas más o menos fijas”.
Podían asentarse en cualquier órgano, pero principalmente en los ya enfermos o debilitados. “Por ejemplo: un reumático crónico es atacado generalmente en sus articulaciones; un dispéptico, sufre del estómago en forma de gastralgias periódicas o vómitos; un tuberculoso, de neuralgias intercostales”, por ejemplo.
Según Vera, “jamás es grave un ataque de paludismo cuando es intervenido a tiempo”. Y se lo juzga temible, sólo “por un mal sistema de curación” o más bien por “la ignorancia del procedimiento curativo”. Afirmaba que “la quinina bien administrada, cura siempre”. Recomendaba, como medida de prevención, no cometer excesos en alimentos, bebidas y ejercicios, y dormir la debida cantidad de horas. “El paludismo ataca siempre a las personas más débiles”. Pequeñas dosis de alcohol, e infusiones de coca con quinina y alcohol, eran precauciones que debían tomar los “predispuestos por dolencias anteriores”.