“Te agradezco la invitación, pero prefiero quedarme en casa... hay tantos robos”. Esta es una de las respuestas habituales que da Alicia M. cuando le proponen salir un fin de semana. Tiene 48 años y trabaja en una oficina pública, en un cargo de jerarquía intermedia y por eso pide que no se publique su apellido. Suele estar tensa en forma permanente. Temerosa de que sus jefes se molesten con ella, con que les pase algo a sus hijos, o que cualquier cosa salga mal. “Es verdad -admite- siempre estoy preocupada”.

Hay mucha gente como Alicia. Y si bien puede ser conveniente anticiparse a lo que puede ocurrir, para prever situaciones negativas, esta actitud puede convertirse en un problema ya que preocuparse hoy por acontecimientos altamente improbables no conducirá a prevenirlos sino solo a deteriorar la calidad de vida actual.

“Hay que diferenciar lo que es prevenir o tomar recaudos de lo que estar todo el tiempo en alerta”, advierte la psicóloga Ivanna Navas, integrante del Centro Integral de Terapia Cognitiva (Citco).

La especialista explica que cuando se habla de preocuparse estamos frente a una respuesta de ansiedad que es normal ante la percepción de una posible amenaza y la función es de protegernos de ella. En cambio, la tendencia a preocuparse exageradamente y por anticipado se vincula con una sobreestimación del riesgo percibido y la desestimación de las propias capacidades para resolver dicha situación de riesgo.

“Cuando la ansiedad nos ayuda a enfrentar y resolver problemas reales y concretos es una emoción sana. Pero cuando la reacción que tenemos no nos ayuda a evitar el peligro o huir de la amenaza no tiene una función eficaz. Y se convierte en un problema cuando las personas tienden a percibir las situaciones exageradamente más amenazantes y peligrosas al mismo tiempo que minimizan sus habilidades para enfrentarse a tales circunstancias”, describe Navas.

Es entonces -agrega- cuando surgen imágenes catastróficas difusas y frases incompletas tales como “y si me pasa algo...”, “y si las cosas salen mal...”, etcétera.

Los riesgos

“Yo no duermo hasta que mis hijos no vuelven a casa cuando salen los viernes o los sábados”, dice Victoria Heredia, de 42 años. “Ellos mismos me dicen que me quede tranquila, pero no puedo, pasan tantas cosas ahora...”

De hecho, ciertos datos de la realidad les dan la razón tanto a Alicia como a Victoria. Pero, ¿se puede vivir así?

La licenciada Navas destaca: “todas las situaciones que atravesamos los seres humanos cuentan con un grado variable de ‘no saber’; nunca tenemos certeza sobre cómo van a desarrollarse los eventos. Sí tenemos experiencias pasadas que nos han dejado un aprendizaje que nos ayuda a efectuar así una estimación rápida de probabilidades y, consecuentemente, actuamos sintiéndonos seguros en la gran mayoría de nuestros quehaceres diarios”.

“Los que muestran una sobrepreocupación o una preocupación excesiva -agrega. se centran en aquellos detalles menores que nos recuerdan que no podemos estar totalmente seguros de cómo se desenvolverán las cosas. Lo que debería hacerse, sin embargo, es aprender a tolerar riesgos, porque vivir implica riesgos, inevitablemente, siempre existe la posibilidad, aunque sea mínima, de que las cosas no salgan como uno desea”.

La acción

Gabriela T. y Horacio E. sufrieron ya dos robos en su hogar. El primero ocurrió a poco de haber regresado de un viaje. “Como nos íbamos por varios días se me ocurrió contratar un seguro. De ese modo, recuperé, si bien no todo, las cosas más costosas que me habían llevado. Y nos pusimos en campaña de mejorar la seguridad de la casa, cuenta Gabriela. Pero no fue suficiente lo que hicieron. Y un fin de semana que habían salido de la ciudad ocurrió el segundo robo. “Por supuesto que es un mal momento, en el que renegamos y nos enojamos mucho. Pero no nos quedamos quejándonos. Otra vez el seguro vino en nuestra ayuda para recuperar los objetos de valor que nos habían sustraído y nos decidimos a instalar una alarma con monitoreo incluido. Ahora sí salimos tranquilos”, añade.

Esta actitud es lo que la licenciada Navas señala como la diferencia entre pre-ocuparse (anticiparse con el pensamiento) y ocuparse (actuar). “No importa cuanto tiempo dedique uno a pensar, ya que la realidad solo se puede modificar actuando. Lo cierto es que lo único que hacemos cuando nos preocupamos es sufrir por adelantado y desarrollar una estructura de estrés permanente para el futuro”, destaca.

Cansados y distantes

Ese estado de estrés permanente es negativo, porque reduce la productividad, la atención, la concentración, el pensamiento reflexivo y práctico, y además, tiene consecuencias físicas como el cansancio extremo.

Incluso afecta las relaciones interpersonales. “Las preocupaciones generan una distancia que es bastante evidente para cualquiera que ha pasado tiempo con alguien con tendencia a preocuparse. Nos ausentan y aíslan en un mundo hipotético, que se vuelve más real que la realidad, pues a menudo acabamos percibiendo en los demás y en el mundo lo que más tememos”, subraya la psicóloga.