Parece inevitable: se acerca el fin de año y se imponen los balances; en la actividad de que se trate interesa saber qué se hizo, cómo y con qué resultado. Pero cuando se habla del arte, en general, es difícil poder medir, cuantificar o calificar eso que se hizo. ¿Acaso se valora de acuerdo con un mayor número de exposiciones, o de ventas?

Nada que ver, desde ya. Si durante el año se realizaron decenas y decenas de exposiciones, el dato únicamente puede estar informando de una intensa actividad. Y punto.

Y esto es lo que efectivamente sucede en esta ciudad: hay muchas exposiciones: de marzo a diciembre, prácticamente no hay semana en la que no se realice alguna inauguración; los espacios privados y los públicos tienen sus agendas completas.

Algo similar sucede con las artes escénicas: proliferan los estrenos y no faltan los que indican la necesidad de abrir nuevas salas.

Si a ello le agregamos los festivales y las fiestas, los encuentros, salones y los premios, todo se multiplica.

En otras palabras, hay mucho, mucho de todo: una oferta impresionante para todos los gustos y edades.

Pero lamentablemente casi nada de ello se sustenta. Las puestas duran semanas, pocas, al igual que las exposiciones, lo que genera una de las situaciones más penosas: los artistas pasan meses y hasta años ensayando, eligiendo, estudiando y preparándose para exponer su arte por pocos días, y la mayor parte, de un modo gratuito.

Se podrá decir: es una elección, y ciertamente así lo es; los artistas eligen serlo con todo lo que ello significa, a favor y en contra.

Pero una vez más, debiera recordarse la importancia que el Estado tendría que dar a este patrimonio intangible. En ese sentido, sería valioso que a la hora de los balances, también se observe si el Estado cumplió o no con sus obligaciones.