Tiene interés, para la historia de nuestras prácticas agrícolas, transcribir casi todo el breve capítulo “Cultivo de la caña de azúcar”, que insertaba Arsenio Granillo en su libro de 1872, “Provincia de Tucumán. Serie de artículos descriptivos y noticiosos”.
Expresaba que la caña “se planta en surcos paralelos, distantes uno de otro desde una vara hasta nueve cuartas castellanas”. Normalmente, corren de sur a norte, para evitar que los vientos del sur “tiendan las plantas”. Además, la planta así recibe “mayor sol, se desarrolla y madura mejor”. Hasta “hace poco”, los surcos “se abrían con azada y de una tercia de profundidad”. Hoy, “lo hacen con arado y la plantación casi a la superficie”, con ahorro de tiempo y con “mejor resultado en cuanto al macollo de la planta”.
Describía luego el cultivo. “Terminada la cosecha en agosto o setiembre, se da fuego a toda la hoja que ha quedado en los cercos, y después, un riego general. Luego que la tierra se ha oreado, se desaporca la cepa para que reciba aire y sol y pueda libremente retoñar. Cuando los brotes han principiado a desarrollarse, se dá un aporque delgado a pala, matando toda la hierba que hubiere nacido, y regando después”.
Luego, “siguen los aporques hasta tres, en cuya operación se hace a la vez el desyerbe. Una vez que la planta se ha levantado a una altura tal que se unan las hojas, cerrando las calles que forman los surcos, se guardan las palas y demás instrumentos de labranza, y se cuida únicamente del riego, que en los intermedios de las operaciones anteriores se aplica también”. Después, “no hay más que dejar crecer y madurar a la planta, hasta la época de la cosecha”.