En una conferencia dada en la Sociedad Sarmiento en 1886, don Pedro Alurralde realizó una briosa defensa de las bibliotecas. Afirmó que “hoy por hoy, tenemos que confesar que en la República Argentina no existen bibliotecas populares, propiamente dichas”.
Proponía que la Sarmiento promoviese la fundación de esos centros, “haciendo en este sentido propaganda activa y constante, peticionando a las autoridades para que nos ayuden en la tarea, y dando impulso vigoroso a toda tentativa generosa que lleve por fin vulgarizar el conocimiento de las ciencias”.
A continuación, se preguntaba. “¿Qué hace, qué lee nuestra juventud, esparcida en los clubes y en los cafés? ¿Qué hacen, qué leen nuestros artesanos, que vagan por las plazas y calles o que pasan las noches en las tabernas? Que se funde en cada pueblo y en cada barrio una biblioteca, y las veréis insensiblemente pobladas por nuestras distintas clases sociales, que primero concurrirán por curiosidad, después por recrearse y finalmente por instruirse y dignificarse”.
No dudaba que era obra difícil, pero eso no era razón para desalentarse. “Y si es nuestro destino ser siempre el juguete de las ambiciones personales”, o si “en medio de nuestras tempestades políticas llegara a levantarse una mano que, con la tea de la discordia o el hacha destructora, convierta en escombros los libros de las bibliotecas populares fundadas por la Sociedad Sarmiento, tendrá siempre por su parte el juicio de la posteridad, cuando nos pida cuenta del uso que hemos hecho de nuestra inteligencia y de nuestra actividad”.