- Concepcionenses varados

El tiempo de resurrección alimentó mis fuerzas para dirigirme por esta prestigiosa columna a los gobiernos provincial y nacional y a la embajada argentina en EE.UU. para que traten de repatriar a jóvenes tucumanos que quedaron varados en Miami por el cierre de los aeropuertos por la cuarentena. Un grupo de estos jóvenes son universitarios próximos a recibirse que fueron a trabajar en los primeros días de diciembre de 2019 por cuatro meses al noroeste de EE.UU., un lugar con temperaturas muy bajas. Antes de terminar el ciclo de sus trabajos, cuando la cuarentena comenzó a avanzar en marzo, ellos intentaron volver a Argentina, pero al hacer escala en Miami no pudieron volver por falta de vuelo hacia nuestro país. De este grupo hay cuatro jóvenes de Concepción, quienes alquilaron una vivienda hasta conseguir los pasajes de retorno, y de acuerdo al contacto que tuvieron con sus padres, están bien de salud y buscan contactarse con la embajada argentina para que intermedie el regreso al país cumpliendo las normas sanitarias.

Pedro Pablo Castaño

Calle Las Palmeras 2.963
Barrio Perón
 - Concepción


- Seguros de automotores

Como consecuencia del estricto aislamiento que estamos cumpliendo, con mayor rigurosidad los adultos mayores, se dan dos situaciones insoslayables: a) el no uso de los vehículos particulares y b) el escaso tránsito, implícitamente, ocasiona una sensible disminución de la siniestralidad. Usando este importante espacio que nos brinda LA GACETA deseo hacer público un pedido a la Superintendencia de Seguros de la Nación: Que disponga, a través de las compañías de seguros, una reducción en el costo de las pólizas pertinentes, como fiel respuesta a la actual situación de emergencia sanitaria y económica.

Mario Benjamín Epstein

Juan Luis Nougués 106
 - San Miguel de Tucumán


- Cómo se ve la pandemia en EEUU

He creído oportuno transcribir parte de una e-mail que recibí hace unos días de mi amigo Andrés Hernández Alende, un cubano que vive en Miami desde hace mucho tiempo, escritor, periodista (fue hasta hace poco responsable de la sección Opinión del El Nuevo Herald, el diario en español que se edita en Miami) y analista político en otros medios. Por supuesto le pedí me autorizara a utilizar esa parte de su escrito a lo que accedió. Transcribo: “Estoy terminando de escribir una novela, La Espada Macedonia, (sobre la guerra de Irak me aclaró, cuando le pregunté) y creo que cuando esta epidemia pase escribiré un ensayo sobre el virus y la incapacidad del sistema neoliberal en boga desde los años 80 para hacer frente a crisis como esta. La respuesta en los Estados Unidos ha sido vergonzosa, con este presidente errático que sufrimos, solidario únicamente con los de su clase adinerada, y la incapacidad del sistema de surtir los mercados incluso de productos básicos como papel higiénico. Y nos ordenan usar mascarillas, pero ni siquiera las distribuyen”. Es probable que esto nos sirva para darnos cuenta de qué manera se enfrenta la pandemia en un país erigido como el más poderoso del mundo, desde lo militar, lo económico y lo político.

Carlos Duguech

c.duguech@gmail.com


- Libertades vs cuarentena

En esta Semana Santa de aislamiento me invadió una sensación de tristeza y desconcierto. No sólo por la desoladora fuerza de expansión de la pandemia, sino por las consecuencias de la deficiente respuesta de muchos estados que se han limitado a paralizar casi totalmente toda actividad social, espiritual o productiva, como barriendo bajo la alfombra a un virus que reaparecerá en lo más crudo del invierno local. Se habla de la cantidad de muertos en Italia y España -que por cierto manejaron todo mal desde los primeros casos- y se oculta tendenciosamente por otro lado la menor cantidad de muertos en los países que no aplicaron cuarentena general: Suecia 793, Portugal 409, Corea del Sur 208, Japón 99, Taiwán 6, Nueva Zelanda 2, todos con casos confirmados antes que nuestro país. Todos también actuaron de inmediato haciendo tests masivos y obligando a la cuarentena estricta y selectiva de aquellos venidos del exterior, o los que tuvieron contactos con ellos. Un médico mediático -Daniel Lopez Rosatti- dijo recientemente: “La experiencia médica señala que todas aquellas personas con fe se encuentran en mejores condiciones para enfrentar adversidades, entre ellas las contingencias de salud… Los médicos sabemos que aquel paciente que tiene fe encuentra en ello una medicación adicional”. La fe -cualquiera que sea- para muchos es un salvavidas al que aferrarse cuando la vida comienza a naufragar. Y el terror a la peste del coronavirus ha causado un pánico colectivo que termina siendo vivido en lo personal como una tempestad apocalíptica, privando el gobierno por ello a quienes son creyentes de la posibilidad de sus prácticas religiosas. Creo que la imposibilidad de participación en las celebraciones de Semana Santa no debe tener antecedentes por este lado del mundo. Tomando los debidos cuidados, al menos las personas exentas de riesgo -y sin poner en riesgo a las demás, claro- podrían haber participado precavidamente de ellas si así lo querían. Aquellos que conmemoran en estos días la Resurrección -si es que creen en ella- deberían tener menos miedo a la muerte, y mucho más a vaciar de significación a su propia fe. Después de todo, la muerte es la única certeza de la que no pudo librarse ningún hombre aún. Más todavía para los que son creyentes, cuando lo importante no es cuándo se muere, sino cómo se muere. Por otra parte, los vientos mesiánicos estatistas que están poniendo en comisión a nuestra Constitución -o al menos relativizando la vigencia de sus garantías fundamentales y libertades individuales- con la excusa de evitar los efectos de la nueva peste -circunstancias excepcionales que tampoco se niegan- están así aferrándose a la pandemia como un estandarte con el que fogonean la idea de la necesidad de un estado semisoviético, omnipresente, en una época en la que los individuos ya estaban dudando criteriosamente de la necesidad de su existencia, o al menos de su existencia elefantiásica e injustificable, que para cada tanda de nombramientos estatales necesita crear un nuevo paquete de impuestos al sector productivo. Siendo un fenómeno no solo local, en recientes palabras del historiador y catedrático italiano Loris Zanatta, “todo sopla en favor de la hinchada del virus, de quienes quieren aprovecharlo para limpiar nuestras almas, organizar nuestras vidas, planificar nuestras economías, imponernos sus verdades.” El miedo, ese sentimiento atávico e irracional, está haciendo que muchos se vayan acostumbrando a la idea de sacrificar las libertades individuales -que tanto costó conseguir- en el altar de una prometida seguridad estatal al final del túnel. Final que nadie puede asegurar cuando o como llegará. Por último, quiero recordar la asombrosa y discriminatoria selectividad de estas desmedidas y aparentemente urgentes soluciones colectivas de la cuarentena planetaria. Según Unicef, en 2019 murieron en todo el mundo 2,8 millones de niños por desnutrición, o sea, 233.000 por mes. Como es sabido esta cifra aumenta todos los años, pero no hay noticia de que se haya tomado una medida tan extrema como las que sufrimos para disminuirla. El mundo sigue girando puntual e indiferentemente cuando mueren menores que no votan, que tampoco son actores sociales con poder de decisión, y que mucho menos participan de la cadena de consumo. A su vez y sin que pueda determinarse su proyección definitiva, hasta hoy se confirmaron poco más de 100.000 muertes globales en 4 meses por Covid-19. Menos de la mitad de las muertes evitables de niños durante un mes en todo el mundo, para simplificar cuentas. Me pregunto entonces porque nos escandaliza y moviliza tanto la idea de evitar ciertas muertes, y no las de otras que más bien se asemejan a un genocidio silencioso. ¿Será porque ya estamos demasiado acostumbrados a algunas que nos son lejanas e invisibles, pero nos aterran cuando comienzan a golpear las puertas de nuestros conocidos, o mucho peor aún, las nuestras?

Pedro Pujol

pspujol@hotmail.com


- honestidad

El lunes por la mañana me llamó el encargado de la confitería “Polo Norte” de Yerba Buena, para avisarme que sobre una mesa había encontrado un sobre con plata a mi nombre. Al concurrir me entrego el sobre con una sonrisa y sin identificarse. Pero luego supe que se llamaba “Evaristo Rizo Cerezo” y no sé cómo habrá hecho para conseguir mi teléfono. Quiero contarles que ese dinero es una donación para un chico de 14 años, internado con tratamiento de quimioterapia en Buenos Aires, por lo que el maravilloso gesto de este joven tiene un sentido muy especial. Agradezco infinitamente a Evaristo, y a las empleadas que estaban el domingo a la tarde, por su honestidad y responsabilidad. Y felicito al Polo Norte de Yerba Buena por sus empleados.

Luz García Hamilton

luzghamilton@gmail.com


- Obscenidades vs. educación

El uso de palabras obscenas ha dejado de ser privativo de personas maleducadas. Este lenguaje especial por su crudeza ha escalado sin cesar y llegado a los más altos peldaños de lo que fue, en otras épocas, una culta y cuidadosa comunidad. Se ha instalado en nuestra lengua de lleno, sin respetar status social, desplazando bruscamente a términos de respetada raigambre cultural. El maravilloso don de la palabra, que puede elevar hasta el cenit o enterrar hasta el infierno a quien la mal usa, está acumulando impurezas de desdeñable calidad .Ya no horroriza oír, de boca de “respetables” personajes o funcionarios , torpes y descarnados epítetos para marcar incontenible ira o desprecio brutal hacia un inesperado oponente. Reacción salvaje, obscena y peligrosa. Echa por tierra todo nivel cultural o social que pudo haber asimilado, revelando en el emisor una bajísima pobreza intelectual. Las crónicas de LA GACETA lo consignan periódicamente, y es un reciente ejemplo el caso de este médico de Yerba Buena, quien para justificar su propia falta recurrió al artilugio del vocabulario obsceno y humillante contra un servidor del Estado. Lo lamento por él, pero es deseable que el debido castigo correctivo sirva como advertencia para grandes y chicos de lo que no se debe hacer.

Darío Albornoz

lisdaralbornoz1@gmail.com


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