En el Evangelio según San Mateo (20, 17-18) Jesús nos dice “no he venido a ser servido, sino a servir”, máxima que debería estar a la cabeza de los mandamientos de la función pública. Por estos días, a causa de esos raros fenómenos de la política, está dejando la magistratura Gabriel Eduardo Casas, quien durante algo más de 27 años ocupara el cargo de juez del TOF de Tucumán. He tenido -y como yo otros tantos- el honor de haber trabajado con una persona completamente dedicada a su tarea diaria; sencillo, sereno y estudioso, cabalmente comprometido con el servicio de justicia, abierto al debate franco con cada uno de los que formamos parte de un tribunal de justicia (algo bastante infrecuente en estos tiempos en donde la mayoría de los jueces deciden solos) y respetuoso en el trato con todo el mundo. La puerta del despacho de Casas siempre estuvo abierta para cualquier consulta y su ocupante atento a todas las necesidades -son muchas- que depara el trabajo diario en un tribunal penal. Siempre ejercitó esa habilidad política innata que le permitía escuchar y entender a todos, partes y abogados. Podrá decirse que esto no tiene nada de extraordinario ni de original; yo creo todo lo contrario: Gabriel ha sido una rara avis dentro del sistema judicial federal y deja un legado que debe ser puesto de manifiesto: su honradez y su honestidad intelectual deben ser imitadas por los que ingresan al servicio de justicia. Dicen los ingleses, con mucho acierto, que dos son las condiciones para elegir a un juez: que sea buena persona y que preferentemente sepa derecho. Gabriel es, primordialmente una buena persona y además sabe derecho, pero por sobre todo, tiene valores éticos y un conocimiento de la naturaleza humana que le ha permitido siempre fallar pensando en la dignidad del ser humano: para él nunca hubo nada más importante que conocer la verdad en el proceso penal, esa “verdad que os hará libres”. La dama de los ojos vendados lo va a extrañar, Gabriel. Chapeau, señor juez.

Jorge E. David

Secretario del TOF de Tucumán

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