Qué indigno y triste regalo para el pueblo argentino, ser testigo de la bochornosa noticia que se difundió a nivel mundial, del alevoso maltrato que sufrió su Presidente, de parte de una maleducada mujer que no supo respetarse ni a sí misma con su lenguaje procaz, de matón de barrio, lanzado como pedradas de bosta contra este hombre que nos representa, para bien o para mal. Esta mujer, Fernanda Vallejos, ostenta el cargo de diputada nacional por Córdoba. Usó su artillería de gruesos epítetos para destruir toda traza de merecimientos de aquel que, por esas cosas del destino, está en el más alto sitial del poder. Expresiones totalmente despreciables bulleron de su garganta de diablo para humillar como perro a quien fuera ungido para representarnos ante el mundo: okupa, mequetrefe, enfermo, inútil, etc., fueron los humillantes términos usados (entre otros) para expresar su descontento por la posibilidad de volver al llano, que no se la supo impedir. Tal degradación, sin importar si las merece o no, hubieran significado un duelo a muerte en defensa del honor. Pero ¿qué hizo el Presidente? Simplemente, se allanó. Aceptó sus mentirosas disculpas y sanseacabó. Así, los grotescos epítetos quedaron flotando en el país, y manchando no sólo su costoso traje pagado por el pueblo, sino también la honra y la entereza que, por lo menos, debió demostrar que posee para ser digno del cargo que inviste. Y no lo hizo. Desencanto para el otrora glorioso pueblo argentino, que entonamos con orgullo las glorias representadas en el Himno Nacional. Y ahora, con esto, buscamos escondernos debajo de la cama. ¿Y nuestro Presidente? Vapuleado y sin solución. ¿No es vergonzoso?
Darío Albornoz
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