Todo joven estudiante, al elegir una carrera lo hace con la sana pretensión de destacarse, de llegar a lo máximo: en conocimientos, en títulos, en honores, etc.; todo eso que involucra un bienestar especial, destacándose del “vulgo”, con perdón de la palabra. Pero a medida que su vela se desgasta, desvelos y exámenes mediante, comienza a repensarlo y bajar, a veces no, sus pretensiones. Para acortar: en la carrera de abogacía el objetivo es llegar a juez. Ser entonces tratado como un rey, distinguido en los ámbitos profesionales y sociales, y muy especialmente, asegurarse un buen pasar. Para llegar a eso, no basta con el simple título de abogado. Además hay que demostrar excelente maestría en la materia, más otras cualidades que se pueden disimular: claridad, honradez, probidad, dominio del tema, excelencia moral y ética, todo acompañado por una suprema humildad. De todo esto, algunas se puede fingir, otras no. Aquellas que se gambetean afiliándose a un partido político, trabando amistad (cueste lo que cueste) con quienes ya están en ese sitial, ofreciendo sumisión total y así destacándose como “pierna”. La otra forma es atenerse a las reglas de juego: concursos transparentes, uno tras otro, gastar la vida en adquisición de especialidades en el tema, lograr la mejor nota y además, preocuparse de que no surjan “perniciosos obstáculos” o foráneos intereses que hagan desviar la bolilla del millón. Todo eso, y algunas piedritas más, para llegar. Y, ¿no hay otra manera? Sí, claro. Es la más usual. Pero no te la recomiendo. Ah, podés preguntar en el Sindicato.
Darío Albornoz
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