En el siglo XIX, el célebre escritor francés Victor Hugo (1802-1885) se lamentaba sobre la desobediencia hacia la naturaleza con este precoz indicio: “se siente una tristeza inmensa al ver cómo la naturaleza habla y el género humano no escucha”. No obstante, siempre habrá un fulgurante amanecer y una cálida y radiante primavera. En vano cientos de miles de hombres, hacinados en un pequeño espacio, se esfuerzan en desfigurar la tierra en que viven; en vano la cubren de piedras y guijarros para que nada pueda crecer; en vano arrancan las hierbecillas que pugnan por salir; en vano impregnan el aire de humo de petróleo y de carbón; en vano reducen el hábitat de los animales y ahuyentan a los pájaros, porque hasta en las ciudades más densamente pobladas y contaminadas la naturaleza, magullada y lacerada, reverdecerá erguida de fuerza y lozanía al influjo de la primavera. Están alegres, exultantes, las plantas, los insectos y los niños, y todas las flores del huerto, relucen en una retahíla multicolor y fragante esencia de aromáticos perfumes. Pero los hombres, los hombres hechos y derechos, no cesan de engañarse ni de atormentarse, ni de engañar y atormentar al resto de la humanidad. Consideran que lo sagrado e importante no es el renacer de aquella mañana colorida y fragante, ni aquella belleza terrenal concedida para dicha de todos los seres vivientes, aquella belleza que predispone a la paz, a la armonía y al amor, sino lo que ellos han inventado para dominarse unos a otros. En septiembre de 1812, una conjunción de formidables fuerzas, conocidas como la Grande Armée, traspasaba la frontera de Rusia, cometiendo unos contra otros, crímenes, engaños, traiciones, saqueos e incendios. Una desmesurada e insaciable conquista y ambición por el poder había sembrado de atrocidades y crueldad el campo de batalla. En su monumental guerra y paz, el genial y asceta novelista ruso León Tolstoi (1828-1910), condenaba el horror de esa beligerancia con esta sentencia: “se produjo un hecho contrario a la razón y a la naturaleza humana”.

Alfonso Giacobbe

24 de Septiembre 290 - S.M. de Tucumán