El gran problema de la sociedad argentina radica en la falta de una adecuada educación y formación académica, no hay dudas. Estos fenómenos son visibles y recurrentes en el modo de obrar de numerosos sujetos. La educación y formación académica constituyen un proceso de socialización de las personas, producen cambios sustanciales en la manera de pensar de cada individuo, generan seres pensantes y reflexivos, disminuyen la violencia, influyen en el progreso de los ciudadanos de un determinado país, proveen conocimientos y posibilitan aprendizajes. El educador y pedagogo brasileño Paulo Freire, que dedicó su vida a los más desposeídos, decía que la educación no cambia el mundo, sino a las personas que van a cambiar el mundo. Y Domingo Faustino Sarmiento, presidente de la República Argentina desde 1868 hasta 1874, expresaba que todos los problemas son por la falta de educación. Las familias y los establecimientos educativos están en deuda con una sociedad argentina que no es bien mirada en el orden mundial. Ahora bien, ¿por qué no se entiende esto en la Argentina de los tiempos contemporáneos? La soberbia, la pedantería, la desobediencia son comunes denominadores para responder a esa pregunta. Hace muchos años que los argentinos perdimos la humildad, la sencillez, el respeto al prójimo, la capacidad de escucha para aprender de quienes realmente demuestran ejemplares comportamientos en distintas circunstancias de la vida diaria. En realidad, perdimos el afecto al otro, a nuestros semejantes. Hoy prevalecen el odio y el desprecio por la vida humana. Las escenas cotidianas en la vía pública, en las relaciones interpersonales, dan cuenta de una paupérrima educación y básica formación académica. Es increíble que los adultos aún no hayan tomado conciencia de sus errores y de la pésima conducta que exhiben ante los chicos y adolescentes. Tal vez no comprendan que, como punto de partida, si educan bien a sus hijos, estos harán un país distinto en el futuro.

Marcelo Malvestitti

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