¿Qué tiene que ver el ayuno con la educación? El tiempo de cuaresma que los católicos recuerdan durante los 40 días posteriores al Carnaval, hacen referencia a los 40 días de ayuno y reflexión de Jesús en el desierto, en donde supo también enfrentar las tentaciones del mal. Más allá de las creencias particulares de cada uno, siempre respetables mientras no dañen derechos ajenos, me permito rescatar de ese periodo, el concepto de “ayuno” y relacionarlo con la disciplina, la autonomía, el autocontrol, los frenos inhibitorios, en definitiva con la educación, es decir la formación en valores y principios éticos y morales, transmitidos por los agentes socializadores. Los padres, el círculo familiar, el grupo de pares, las instituciones educativas, deportivas, laborales a las que nos vamos incorporando a lo largo de la vida, parecen haber relegado la gimnasia del “ayuno”, entendido como algo más que no comer carne en Semana Santa, sino como una negación de lo frugal, de lo fútil, de lo banal, de lo suntuario, de lo perjudicial para terceros. Ayuna el joven que se niega a participar de una riña con terceros. Ayuna el que se afirma en la vida sana y deja pasar por su vecindad una copa de alcohol o un cigarrillo. Ayuna el que le dice al que va a cometer un ilícito que no participará en el mismo ni lo encubrirá. Ayuna el que renuncia al goce del entretenimiento mientras prepara un examen. Ayuna el que apaga su celular para prestar la atención debida al profesor o al interlocutor de ocasión. Creo que abundan ejemplos y el concepto queda claro. La vuelta a la enseñanza del “ayuno” en su sentido más amplio, no es una elección sino una necesidad de los formadores de las nuevas generaciones. La educación es la herramienta, pero las manos que la sostengan deben ser muchas más que las de los maestros.
Miguel Ángel Reguera
miguelreguera@yahoo.com.ar