Con asombro me anoticio de que las potencias occidentales cancelan presentaciones rusas, a deportistas, músicos, artistas, canales informativos, pero son altos declamadores de la libertad de expresión. Entiendo que no es una decisión sana y justa la que adoptaron las Federaciones deportivas (FIFA ente otras). La guerra ya es injusta. Resulta ingrato exponer a unos y otros en una confrontación. La verdad, que nadie hoy por hoy es ejemplo de moral. A esta locura hay que ponerle un freno. Recuerdo que en 1936 nadie le dio la espalda a Hitler. En 1972 asesinaron a un grupo de deportistas de Israel y los Juegos siguieron. En 1978 se disputó el Mundial de Fútbol en medio de la dictadura más asesina de Latinoamérica. La instrumentalización de las competencias deportivas al servicio del prestigio o de la propaganda de un país no es un fenómeno nuevo: la Alemania nazi utilizó los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. ¿Acaso no lo hicieron los EEUU y la URSS con sus medallas ganadas para demostrar la superioridad de su modelo? o Nelson Mandela, que usó la Copa del Mundo de Rugby de 1995 en Sudáfrica para promover la unidad de un país tras el apartheid. En 1980 los argentinos no viajaron a los Juegos Olímpicos de Moscú porque EEUU dijo que no y al final las grandes potencias sí asistieron. Vladimir Putin usó los Juegos de Invierno de Sochi de 2014 o el Mundial de Fútbol FIFA de 2018 para mostrar su proyecto de país, lo que para muchos fue un ejercicio de lavado de imagen; y también está el caso de una empresa con vinculaciones con el Kremlin que ha usado al deporte para legitimar los intereses rusos al exterior, esta es Gazprom. En la actualidad, el deporte ha asumido un rango sin parangón en el panorama público del siglo XXI. La globalización y la importancia que los medios de comunicación conceden al deporte, lo han convertido en un elemento de poder. El deporte se ha convertido en un elemento clave del poder internacional, por la profunda modificación estructural de las relaciones de poder geopolíticas, la globalización y la relevancia de la opinión pública; la necesidad de existir en el mapa geopolítico; los nuevos límites de legalidad y la legitimidad que restringen o hacen que el uso de la fuerza sea contraproducente. Así se dice que la hazaña deportiva se ha convertido en la forma más eficaz de generar popularidad y atractivo, porque permite conquistar los corazones y las mentes, impresionar a la opinión pública mundial; en definitiva, la supremacía deportiva de un país no es objeto de rechazo, sino de admiración. Es público que en Rusia hay grandes escuelas de deportes, por lo que me resulta ridículo las medidas que se vienen adoptando. Exponer a deportistas rusos y ucranianos es ingrato. También es mentira que no hay que mezclar el deporte con la política, pero “sólo” porque el financiamiento del Estado es fundamental. Resulta muy difícil ser aficionado de un club sin que te cuelguen etiquetas. Sin embargo, en los grandes clubes de Europa y en la Fórmula 1 observo gente de todas las lenguas, de todas las procedencias, de todas las creencias y de todas las ideas, sin pelearse, unidas por un sentimiento común que son sus colores, y por unas horas todo el mundo aparca sus diferencias. Declamar que el deporte es el hombre por encima de su nacionalidad, hoy es una gran mentira. La discriminación y la segregación son gravísimas, y la existencia y la promoción de grupos neonazis en Europa también. No entienden que el “deporte” y la “cultura” unen e integra a los pueblos. El deporte permite brillar sin agresividad, posibilita dominar siendo popular y provoca admiración y reconocimiento. Todo lo contrario de la dominación estratégica y económica, que siempre provoca resentimiento y rechazo.

Gustavo A. Petray


Pasaje Bascary 4.105


San Miguel de Tucumán