Lo que está sucediendo en Rusia, donde un enfermo mental ordenó destruir todo un país independiente, Ucrania, por el sencillo hecho de que no conviene a sus intereses económicos y políticos, es un despiadado ultraje a la condición humana. No existen palabras para calificar la horrorosa sensación que arruga las almas del mundo, ante los reportes gráficos del amplio abanico de impiedad y sufrimiento de un pueblo que se atrevió a desatar la ira de la dictadura, por el solo hecho de pretender vivir en independencia y libertad. La información gráfica y televisiva asquea y repugna: cuerpos humanos de toda edad, sexo y/o condición social, arrojados a fosas comunes cual innecesarios desechos, al mejor estilo infernal. Ejemplos de increíble demencia que, sin embargo, son justificados por ciertos irracionales apegos ideológicos arteramente implantados en el fértil terreno de la ignorancia. Estos conviven aferrados a la candidez intelectual histórica de pueblos mal guiados por oscuros personajes. Hasta Su Santidad el Papa debe sentirse enfermo, copado hasta la nariz por el avance de la perversidad tolerada. Poner el pecho a las balas no es la solución. ¿Y entonces?

Darío Albornoz

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