Dicen que la empatía es como la inteligencia: quien no la tiene ni siquiera se da cuenta de que le falta. Lamentablemente es así. Ponerse en el lugar del otro pareciera ser un desafío increíble, para algunos casi imposible. Decir que te vas a conmover con las desventuras ajenas hoy es casi un pecado cuando debería ser una forma de vida de los hombres y mujeres caritativos. Sin embargo hay muchas almas nobles en este mundo. Hacer el bien no requiere tantas cosas, no es preciso sacrificarse, es simplemente no ser inmune al dolor del prójimo. Sonreír ante un rostro cansado, tender la mano para levantar a quien una situación inesperada hizo caer. Consolar al que sufre, sostener una mano y dar contención y cariño. Abrazar a quien una angustia atormenta. Estar dispuesto a poner el hombro y el pecho para que se pose la cabeza de alguien a quien la tristeza no deja ver la luz. No requiere un gran esfuerzo para quien lo hace, pero es la diferencia que puede cambiar la vida de quien lo recibe. No nos acostumbremos a lo malo. Lo malo siempre tiene más difusión, hace más ruido; el bien es silencioso pero llega a más personas. No dejemos que la indiferencia siga reinando en este mundo. Quizás no podemos cambiar o mejorar la vida de muchas personas, pero al menos tratemos de hacerlo empezando con una. Debemos ser luz en el mundo, es un deber cristiano. Pidamos a Dios el corazón para poder hacerlo y la fortaleza para no darnos por vencidos.

Elisa Angélica Pombo

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