“La única guerra que se pierde es la que se abandona”, es una frase atribuida al Che Guevara. Yo diría que peor es la guerra que nunca se inicia. Ya sea por impericia, por ignorancia, por motivaciones ideológicas o políticas, o en definitiva por creer que ya está perdida de antemano. Hace décadas que nuestros gobiernos evaden la lid por la educación de la sociedad. Con más o menos marketing, con palabras más o menos altisonantes de los funcionarios a cargo, afirman estrategias y planes exitosos, cuando la realidad implacable e irrefutable, muestra que han llevado a la educación por la misma pendiente que la realidad socioeconómica. Un “ministerio sin escuelas”; “escuelas con familias ausentes”; “maestros que perdieron valoración social y con ello la autoridad” y “alumnos con derechos pero sin deberes”. Allí está, para que todos lo vean, un sistema educativo público que flexibilizó el régimen de inasistencias hasta permitir que en algunas jurisdicciones el alumno pueda perder más del 15 o 20 % de las clases sin consecuencias reglamentarias. El cambio en los sistemas de evaluación que eliminó las calificaciones “estigmatizantes”, prácticamente avaló el “hacer la plancha”, al no permitir la repetición de cursos en primaria, o facilitar la aprobación en secundario con sistemas de promoción amañados a las necesidades del momento y con estadísticas como un traje a medida de los intereses de turno (inclusión, cantidad de alumnos, baja repitencia, etc). La tolerancia hacia el uso de celulares en establecimientos escolares con la excusa del uso educativo; cuando en realidad todos saben que es un distractor dentro del aula y que los alumnos los usan como entretenimiento o para comunicarse con el exterior, cuando hay otros instrumentos que deberían ser provistos por la infraestructura escolar, por ejemplo tablets o netbooks en red con el docente a cargo. El régimen disciplinario fue propiciando la eliminación de advertencias, amonestaciones, suspensiones (ni hablar de llegar a determinar un pase a otro establecimiento) reemplazándolas por Consejos de Convivencia que funcionan tan bien como la justicia argentina. Para los alumnos que pueden, los viajes familiares en medio del ciclo lectivo no son extraños, los permisos por practicar deportes federados son usuales y las llegadas tardes son siempre justificadas. Frente a ello llegar a planificar la enseñanza-aprendizaje es casi un milagro, ya que las explicaciones de los temas se repiten por las ausencias y las evaluaciones de todo un curso pueden llevar dos o más encuentros programados.  El lenguaje bélico tal vez no sea el mejor para aludir a estas problemáticas, pero es impactante y algunas veces sirve para que los que tienen a su cargo las decisiones oigan que el frente de “la guerra por la educación” está para el otro lado y reflexionen que “a veces para pegar un salto hay que retroceder unos pasos”. En educación opino humildemente que no haría mal retomar del pasado algunas reglas y principios que nos permitan proyectar otros Luis F. Leloir, Alejandra Pizarnik, Bernardo Houssay,  Alberto Ginastera, René Favaloro, Alfonsina Storni, César Milstein, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Alberto Williams, Victoria y Silvina Ocampo, Ernesto Sábato, Adolfo Bioy Casares, entre tantos otros de las generaciones de nuestros abuelos y padres, que pasaron por una educación que pensaba más en valores que en la técnica y en el bronce que trasciende el tiempo, antes que en el oro de los mercaderes.

Miguel Ángel Reguera

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