Hoy me ocurrió una cosa digna de comentar. Necesitaba comprar un par de repuestos para el auto. Acudí al mecánico para que me aconsejara dónde podría obtener el mejor precio y me contestó sin vacilar: “hay que recorrer. Ya no es como antes”. Citaré un solo artículo para ejemplo. En el primer negocio: Precio, $ 8.800. Segundo negocio: Precio, $ 6.000. Tercero: Precio, $ 4.900. Cuarto: $ 4.000.- Ahí paré. La misma calidad. Nada especial como para justificar la diferencia en precio. ¿Qué tal? Esto movió mi reacción en dispar sentido. Una buena y una mala. ¿Quiere decir que si me hubiera quedado con el primer precio, habría sido estúpido? ¡Horror! La mala: ¿Por qué ya no se respeta un precio uniforme, como antes siempre existía? ¿Qué vara diabólica nos está llevando al desconcierto general, que impide - entre tantas otras cosas- respetar un precio standard, firme, sostenido, que respete al cliente y no lo haga quedar como un imbécil, si se apura a pagar un precio impuro? Estas reglas de juego no son -decididamente- para un país serio, que luche por y para que sus habitantes sean tratados con respeto. Ahora entiendo por qué tantos jóvenes han decidido emigrar.
Darío Albornoz
lisdaralbornoz1@gmail.com