La venganza de la Curva de Phillips

La combinación de menor suba mensual del IPC, superávit fiscal y recesión, vista con cuidado, no es sostenible. Aunque también es preocupante la tentación de actuar al revés y recurrir al viejo sortilegio de que un poco de inflación no hace mal. O sea, resucitar la idea de que la emisión de dinero puede reactivar la economía.

Para el superávit se destacó la baja de gastos, si bien no toda es elogiable. Allí aparecieron el cese de los empleados públicos contratados pasados a planta permanente durante 2023, el recorte de las transferencias discrecionales a las provincias, la ley jubilatoria impulsada por el gobierno de los Fernández que implica que recién se recalcularán haberes en marzo y bien atrás de la inflación, y los salarios desactualizados de los empleados públicos. Los recortes explícitos son motosierra, las disminuciones reales por no acompañar la inflación son licuadora.

Ahora bien, por una parte la inflación en sí misma equivale a un impuesto. Por otra, el gobierno recauda dinero que tiene cada vez menor poder adquisitivo. Si los precios del consumo oficial de bienes y servicios crecieran más que la tasa de inflación el gobierno perdería con ella. Eso se conoce como el efecto Olivera-Tanzi, por los economistas Julio H. G. Olivera y Vito Tanzi, quienes, cada uno por su lado, lo plantearon. La licuadora intenta evitarlo.

Pero no es sostenible porque a la condición cada vez peor de los jubilados, no importa culpa de quién (los Fernández, el Congreso por empantanar la ley ómnibus, el gobierno por mala estrategia legislativa o inacción) se sumará la protesta de todos los empleados públicos. Sin otros resultados que muestren que la esperanza tiene sentido, que el sacrificio vale la pena, el Estado se paralizará. Además, la recesión puede llevar a caída en la recaudación de impuestos y hacer peligrar el superávit.

Ya que fue mencionada, véase la recesión. Hay estancamiento desde hace unos doce años, pero la caída del PIB llama la atención porque se la acusa de ser un método costoso para detener la inflación. No es tan claro. La recesión puede ser resultado de la lucha contra la inflación (además de tener muchas otras causas) pero no una herramienta independiente contra ella. Se comienza conteniendo la emisión, en parte refrenando gastos públicos. Como los ciudadanos recibirían menos dinero habría menos demanda por bienes, la presión sobre los precios sería menor y sus aumentos también. Pero menos demanda resulta en menos actividad económica, que también redunda en menos gasto privado y de nuevo menos demanda. En parte la recesión modera la inflación, en parte la falta de dinero produce ambos efectos.

De allí surgen una confusión y un mal consejo. La confusión es que un poco de inflación no hace mal. Cuando la actividad se detiene por causas ajenas a la inflación o a las medidas anti-inflacionarias una política de demanda agregada, o sea, fomento del gasto, podría funcionar. Es posible que entre las primeras consecuencias haya incremento de la inflación junto con reactivación. Pero la inflación no causó la reactivación sino que ambas resultaron de la misma política económica. El mal consejo sería emitir o fomentar el gasto para reactivar Argentina hoy cuando esa política fue una de las causas de la crisis actual. Y con una inflación de más del 200 por ciento anual, tributos por doquier, reservas netas negativas en el Banco Central, inseguridad jurídica y más, simplemente se terminaría en hiperinflación.

La política de gastar o emitir en cualquier contexto es pariente de la Curva de Phillips, instrumento analítico aparentemente olvidado pero hay que estar prevenido. El modelo postula una relación negativa entre tasas de inflación y de desempleo: a mayor tasa de inflación menor tasa de desempleo. Gran alegría para los políticos, que no necesitarían austeridad para alcanzar un importante objetivo social.

Pero la relación aparece cuando existe ilusión monetaria. Tras una emisión de dinero casi todos los empresarios verán que aumenta el número de clientes o el volumen de los pedidos y entonces, como no tienen suficiente mercadería para satisfacer la mayor demanda, subirán los precios. Si el fenómeno continúa contratarán más empleados y aumentarán pedidos a sus proveedores, quienes subirán precios y contratarán más personas porque todos creen que los consumidores redirigen su gasto hacia su sector. El resultado general será mayores precios y menos desempleo. Pero como todos los precios subieron los insumos son más caros, los empleados pedirán mayores salarios y los empresarios verán que las ganancias cayeron en valor real. Entonces despedirán trabajadores y habrá precios mayores y el mismo desempleo.

Si la política continúa, de nuevo habrá más demanda pero los empresarios aprenden. Cada vez menos serán engañados por una demanda debida a la mayor emisión y no a cambios de preferencias o ingresos reales y habrá menos contrataciones nuevas, hasta que al final ni aparezcan éstas y simplemente haya más emisión, más inflación y el mismo desempleo. Inclusive, una inflación desenfrenada puede llevar a mayor desempleo porque impide hacer evaluación de proyectos y desalienta la inversión real. Así, además de desempleo, habrá recesión.

En Argentina hay poco peligro de que alguien desentierre la Curva de Phillips porque la tasa de desempleo es baja debido a salarios bajos y empleo en negro. Pero como es consanguínea de combatir la recesión emitiendo hay que tener cuidado. La familia de la demanda agregada podría clamar venganza por la Curva.

No es el camino. Lo mínimo para salir de la recesión y comenzar a mejorar los salarios reales es alejar el peligro de inflación, abaratar el crédito (posible con menos inflación y menos deuda pública), alentar a los empresarios Pymes a contratar y blanquear personal (factible sobre todo disminuyendo los costos de los conflictos laborales), desregular y aumentar la eficiencia del Estado. El superávit actual sirve para bajar el riesgo país y calmar el dólar, lo que es positivo, pero para aprovechar esas condiciones hay que avanzar con otras medidas.

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