La pésima costumbre de llenar de cemento el parque 9 de Julio

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En el inagotable cántaro de obsesiones tucumanas hay una de lo más llamativa. ¿De qué se trata? No podemos ver un espacio verde sin que nos carcoma la obligación de construir algo encima. Las raíces de esta cementofilia se hunden vaya uno a saber en qué trauma histórico. Entonces parece que el pasto molestara, como si transmitiera alguna sensación de vacío que es imperativo llenar. Tal vez la idea ligue la prosperidad con la palpable solidez de los ladrillos. O a la modernidad -la “civilización”- con el vidrio y el acero; en contra del presunto salvajismo que propone el campo abierto -la “barbarie”-. De uno u otro modo, a una ciudad que necesita respirar casi con desesperación, los tucumanos tendemos a asfixiarla.

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Todo bien con el “Concurso Hiperbólico” y la voluntad de reflotar la antigua confitería del lago. Ahí juegan la memoria y la nostalgia; son generaciones las que tienen alguna anécdota para contar. Recuerdos, muchos recuerdos. A fin de cuentas, por más que al parque 9 de Julio le sobren rincones gastronómicos, ¿quién puede ser tan antipático como para oponerse? Pues bien, adelante con el proyecto (y el negocio), cuya implementación le rendirá homenaje a ese retazo de nuestro pasado urbano... pero hasta ahí nomás. La identidad del lago y de su entorno no son más que una foto, mayormente en blanco y negro. Recuerdos.

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Detrás de cada metro cuadrado de hormigón que avanza sobre un área pensada para el disfrute público cabe un debate que toca fibras ambientales, sociales, económicas y culturales. ¿Qué se pierde cuando una ciudad cercena sus espacios verdes? ¿Y quién paga realmente ese costo? El parque 9 de Julio es como el monstruo de Frankenstein, remendado, parchado, desnaturalizado a más no poder. Si pudiera hablar -tal vez emulando la voz de su creador Carlos Thays- exclamaría entre lágrimas: ¿qué hicieron conmigo? Para empezar, desde hace décadas y de forma imparable, llenarlo de cemento. Tendencia que se mantiene.

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Será porque el ocio está mal visto en estos tiempos que exigen productividad y frenesí. Una sociedad del cansancio irremediablemente sujeta a la lógica de vivir para trabajar y para consumir, en la que parar la pelota es sinónimo de pereza o de vagancia. En esa ecuación, parques y plazas son distractivos innecesarios. Y si alguien está estresado o angustiado (¿quién no?) tiene las redes sociales a mano, porque conectarse con internet paga más que conectarse con la naturaleza. No falta mucho para que alguien proponga construir un lindo complejo de torres de lujo en el parque 9 de Julio. Porque, ¿quién puede oponerse al progreso?

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Hay quienes consideran que los parques y áreas verdes son un lujo ornamental o un capricho paisajístico. No les entra en el razonamiento que se trata de infraestructuras esenciales, al mismo nivel que el transporte, la energía o el saneamiento. “Las ciudades necesitan pulmones que regulen su metabolismo”, describe la arquitecta y urbanista Paula Martínez, docente de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA y especialista en planificación urbana sustentable. “Cuando esos pulmones se reducen o desaparecen, los efectos se sienten en múltiples capas, muchas veces de manera silenciosa y acumulativa”, apunta. Pues bien, el parque 9 de Julio es un pulmón necrosado.

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Un complejo universitario que incluye tres Facultades, un estadio -pomposamente elevado a la categoría de “palacio”-, clubes dotados de amplias instalaciones que incluyen canchas con grandes tribunas; bares y restaurantes; la terminal de ómnibus; centros educativos y sanitarios (oficiales); construcciones de distinto tipo, edad y funcionalidad. Eso y mucho más hay en el parque 9 de Julio. Y eso que los sub-25 (y un poco más grandes también) tal vez no sepan que también albergaba el aeropuerto y un autódromo. Todo se fue acumulando con el correr de las décadas, un goteo de hormigón que fue matando el verde, el arbolado, la fauna.

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Pequeña disgresión/sugerencia: ¿no es tiempo de sacar el inservible puente peatonal que cruza la avenida Benjamín Aráoz a la altura del lago? Es mellizo del que estaba en Mate de Luna y Amador Lucero. Su única función desde hace larguísimos años es agregarle más gris al paisaje. O será que amamos tanto el cemento que tocarlo puede considerarse alguna clase de traición.

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La vegetación reduce la temperatura, absorbe dióxido de carbono, filtra contaminantes y mejora la calidad del aire. Gran remedio contra el mar de asfalto sobre el que se asienta la capital. “Un parque no sólo baja algunos grados la temperatura del entorno: también reduce el consumo energético y mejora la salud de la población -explica María Eugenia López, bióloga y especialista en ecología urbana (Conicet)-. Cuando se elimina un espacio verde, ese equilibrio se rompe y el impacto ambiental se traslada a otros sistemas”. ¿Tan complejo es tomar nota de esto?

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Planificar una ciudad implica tomar decisiones a largo plazo, resistiendo presiones coyunturales y lógicas especulativas. En muchas grandes ciudades argentinas los planes urbanos establecen porcentajes mínimos de espacios verdes por habitante que, en la práctica, rara vez se cumplen. La Organización Mundial de la Salud recomienda al menos nueve metros cuadrados de espacio verde por persona, cifra que está lejos de alcanzarse. “El problema no es sólo que falten espacios verdes, sino que los pocos que existen estén amenazados”, advierte Paula Martínez, mientras alerta sobre los precedentes peligrosos. “Hace falta entender que la ciudad es un bien común, no una suma de oportunidades individuales de negocio”, subraya.

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No se trata de oponer de manera simplista cemento versus naturaleza, ni de negar la necesidad de desarrollo urbano. El desafío es pensar modelos de crecimiento que integren -y no destruyan- los espacios verdes. Ciudades más densas pueden ser también más verdes. Colmar de cemento los espacios pensados para parques no es una decisión neutra ni reversible en el corto plazo. La apuesta compromete el futuro urbano y redefine el modo en que las personas habitan y experimentan la ciudad. “Cada parque que se pierde es una oportunidad menos de construir una ciudad más justa, saludable y habitable”, concluye Martínez. La pregunta, entonces, no es solo qué se gana con una nueva edificación, sino qué se pierde cuando el verde deja de ser una prioridad. Y, sobre todo, quiénes están dispuestos a asumir ese costo.

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A modo de cierre, otra propuesta, a partir del éxito que tuvo el “Concurso Hiperbólico” para la nueva confitería del lago (nada menos que 70 propuestas, llegadas de todo el país). ¿Qué tal lanzar un concurso orientado a redefinir el perfil del parque 9 de Julio a partir de la consigna: “+verde / -gris”?

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