La Independencia, el peronismo, el cierre de ingenios, el golpe: ¿qué aprendimos de los "aniversarios redondos"?

La Independencia, el peronismo, el cierre de ingenios, el golpe: ¿qué aprendimos de los aniversarios redondos?

Para recordar, para reflexionar y para reinterpretar el pasado. Para eso sirven los “aniversarios redondos” y 2026 llega con algunos de ellos. No se trata de enumerar fechas, sino de rescatar momentos políticos, culturales y sociales que nos ayudan a entender mejor quiénes somos, qué estamos haciendo, hacia dónde vamos. Porque si bien cada episodio histórico deja huellas profundas, la cuestión es determinar si somos capaces de sacarle el jugo a ese legado.

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Los 210 años de la Declaración de la Independencia nos recuerdan los festejos del Bicentenario. Fue hace apenas una década, pareciera que transcurrió muchísimo más tiempo. Julio de 2016 fue un mes fervoroso, coronado la noche del 9 con una impresionante manifestación popular. Se hablaba de una oportunidad ideal para hacer tabla rasa, una suerte de “refundación de Tucumán” gestada a partir de un nuevo pacto social. Colmada de idealismo, y de una innegable cuota de ingenuidad, la idea quedó anclada en el infértil campo de las expresiones de deseo. Entonces, ese 9 de julio de 2016 que debía ser la sala de partos en la que nacería “otra” provincia, terminó reducido a una fiesta pronto devenida resaca. Una pena.

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El 24 de marzo se cumplirán 50 años del golpe de Estado que derrocó al gobierno de María Estela Martínez de Perón. El hecho de que siga discutiéndose apasionadamente todo lo sucedido antes, durante y después de la dictadura -la última que atravesó el país- da cuenta de lo complejo de los procesos históricos y de lo imprescindible que resulta tomar distancia para analizarlos. Este aniversario redondo promete reavivar las revisiones; a medio siglo de los hechos, sería tiempo de afrontarlo con madurez. La crispación, la grieta, la intemperancia, la intolerancia, todas esas plagas que contaminan el debate público, auguran lo contrario. En este capítulo, marzo promete ser de lo más movido.

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Es que cada tanto los países se sorprenden a sí mismos repitiendo errores que creían superados. Sobran los casos. Crisis económicas calcadas de otras anteriores, discursos autoritarios reciclados con nuevas consignas, intolerancias que vuelven a emerger con fuerza y decisiones políticas que ignoran advertencias ya escritas, debatidas y sufridas. No se trata de fatalismo ni de un destino inevitable, las cosas serían tan distintas si se revisara la historia antes de tomar decisiones...

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El 14 de septiembre de 1926 el Senado aprobó la Ley 11.357, un avance fundamental para los derechos de las mujeres. La reforma del Código Civil resignificó la vida en una Argentina que hasta ese momento lucía absolutamente desbalanceada: lo que se cumplía, invariablemente, era la voluntad de los hombres. Entre los puntos salientes de aquella impactante norma figuraba el reconocimiento de la capacidad civil de las mujeres, lo que terminó con la idea de que las solteras o viudas eran legalmente “incapaces” o dependientes. Esa autonomía para actuar en el ámbito civil se extendió a lo económico, ya que a partir de ese momento las mujeres quedaron habilitadas a administrar sus bienes, realizar contratos y decidir sobre sus ganancias. En materia de patria potestad se ampliaron los derechos de las madres (incluso de las “naturales”) sobre sus hijos; incluso se les permitió ejercer la tutela de sus hermanos menores en ciertas condiciones. La deuda que quedó pendiente en este compendio de significativos avances para la independencia de las mujeres fue el voto, un derecho al que accederían más de 20 años después. No es menor este aniversario -nada menos que 100 años- de una ley que refresca aristas virtuosas de la argentinidad, con la conquista de derechos a la cabeza.

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Hace 80 años, allá por 1946, accedía Juan Domingo Perón a la presidencia de la Nación. Es el parteaguas por excelencia en la saga de la Argentina, eje de tantas interpretaciones que no cabrían en la más monumental de las bibliotecas. Un fenómeno de tal magnitud que llevó al país a mutar en un cuerpo bifronte: peronismo mirando a un lado, antiperonismo enfocado en el otro. El aniversario deja servida en bandeja la elaboración de un nuevo capítulo de este ensayo que hace a nuestra identidad.

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Y como hay una Mafalda para cada ocasión vale el ejemplo. En una famosa viñeta, ella se acercaba a su papá, colocaba una jarra de agua junto a un vaso en la mesita, se sentaba al frente y le preguntaba: “¿qué es la filosofía?” La cara de él lo decía todo. Bien podría repetir el operativo para interpelarlo con el intríngulis que devana los sesos de los argentinos: “papá, ¿qué es el peronismo?” Ochenta año después seguimos acumulando hipótesis.

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Claro que si de aniversarios redondos hablamos, está el que golpea con más potencia el corazón de los tucumanos. Son 60 años los que se cumplirán desde que la dictadura de Juan Carlos Onganía inició el proceso de cierre de ingenios, con las consecuencias políticas, económicas y sobre todo sociales archiconocidas. Al cabo de seis décadas la provincia no volvió a ser la misma y eso sintetiza aquel industricidio, muy estudiado pero no del todo asimilado por generaciones de tucumanos que tocan de oído sobre el tema. De ese mazazo a nuestra matriz productiva todavía queda mucho por decir. Y también flotan lecciones no del todo aprendidas; ya va siendo hora de superarlas.

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Winston Churchill, testigo y protagonista de algunas de las tragedias más profundas del siglo XX, advertía: “cuanto más atrás se pueda mirar, más adelante se verá”. En lo económico esto es clave y se refleja en la repetición de ciclos destructivos. Endeudamientos irresponsables, políticas de corto plazo, desprecio por el impacto social de las decisiones macroeconómicas y promesas de prosperidad instantánea reaparecen una y otra vez, por más que ya se hayan pagado costos altísimos por esas recetas. La memoria histórica, en este caso, no es un lujo académico, se trata de una condición para la estabilidad y el desarrollo.

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Y queda el triste componente de la desmemoria, que debilita el tejido social. Sucede cuando quedan heridas abiertas, injusticias sin saldar y relatos enfrentados que se transmiten de generación en generación. Lejos de “pasar página”, el olvido forzado suele alimentar resentimientos y fracturas profundas. Hay que cuidar la convivencia democrática y también para eso sirven los aniversarios redondos.

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Ya que estamos, ¿cómo olvidar la gesta de México 86? Suena increíble que hayan transcurrido 40 años. Un gol como el de Diego a los ingleses, galvanizado en la memoria colectiva, merece la eterna celebración. Bienvenidos los aniversarios redondos entonces.

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