Pantallas, datos y poder: un sistema diseñado para que no puedas dejar el celular

Las plataformas digitales se disputan nuestra atención. Un recorrido por las estrategias que capturan nuestro tiempo y el debate abierto sobre sus consecuencias sociales, cognitivas y políticas.

Mural en la isla Maciel, Buenos Aires, perteneciente al grupo Ruido, integrado por Vero Corrales y Fernando Gallucci. De su serie: Relación tóxica con los dispositivos móviles Mural en la isla Maciel, Buenos Aires, perteneciente al grupo Ruido, integrado por Vero Corrales y Fernando Gallucci. De su serie: Relación tóxica con los dispositivos móviles

Las grandes plataformas digitales -Google, Facebook, Tik Tok, etc.- capturan nuestra atención de manera voraz. Lo sabemos, no es un secreto -alguna vez lo fue-: cuentan con herramientas poderosas que les permiten hacerlo sin que lo percibamos. Y ganan dinero con ese truco.

“Capturar” puede parecer un verbo fuerte y antipático, pero lo cierto es que, en un mundo saturado de contenidos, nuestra atención es un recurso cada vez más valioso para estas empresas y lo obtienen gratis.

Atención es igual a tiempo y mayor permanencia online. Esa es la materia prima con la que estas compañías consiguen los datos para fabricar su producto: predicciones de nuestro comportamiento para su mercado de anunciantes. "La experiencia humana privada fue convertida en una commodity”, dice Shoshana Zuboff, psicóloga social, profesora emérita de la Harvard Business School y autora de “La Era del Capitalismo de la Vigilancia”, un libro que recopila documentación que prueba estas dinámicas.

Los especialistas advierten que la feroz competencia por nuestros datos no contempla los riesgos en el bienestar humano: desemboca en una relación asimétrica entre usuarios y plataformas ¿Cómo escapar de un sistema diseñado para "capturarnos"? ¿Cuáles son sus efectos colaterales?

Capturar la atención

Rocío y Abigaíl son amigas y compañeras del colegio. Hacia el final de la tarde, se conectan en videollamada, cada una desde su casa. Casi no charlan entre ellas pero ven y comparten videos de Tik Tok: los dedos de reel en reel durante horas. Siguen conectadas y compartiendo contenidos cuando hacen la tarea, cuando cenan con su familia, mientras se preparan para ir a dormir. Pero esa noche duermen muy pocas horas, la videollamada y el scrolleo continúa durante la madrugada.

Al día siguiente, en el colegio, apenas se comunican entre ellas y pierden la concentración. Su energía se diluyó entre el desvelo y las pantallas: le dieron al mundo digital el foco y las horas activas que luego no pudieron entregar en horario escolar.

“No puedo dejar mi celular”

No queda claro hasta qué punto las adolescentes tomaron sus propias decisiones o si la secuencia es el resultado de la exposición a un sistema proyectado para que así suceda. Y, en todo caso ¿cómo saber dónde reside el equilibrio entre ambas cosas?

“El celular es adictivo. No lo puedo dejar”, decía Rocío al periodista Matías Auad, que recopiló este testimonio para LA GACETA en mayo de 2025. Se cumplía la fórmula del oro: permanencia on line, mayor cantidad de datos recopilados, predicciones más certeras, mayor rentabilidad. La pregunta es: si estos emporios digitales disponen todo su potencial científico y tecnológico para atraparnos en la pantalla ¿basta con la voluntad individual para evadir sus intereses y dedicar menos horas al móvil? ¿Qué posibilidades tenemos de evitarlo en caso de quererlo así? ¿Y cómo hacerlo cuando cada vez son más los dispositivos digitales que intervienen en nuestra vida cotidiana?

Negar la proporción de fuerzas sería un acto de ingenuidad -o de soberbia-. De un lado, las personas y sus límites biológicos y cognitivos; del otro, arquitecturas tecnológicas que optimizan cada detalle creando zonas de confort sin fricciones que aseguran nuestra permanencia on line.

“The game”

No se trata de demonizar estas tecnologías. Llegamos hasta aquí por voluntad propia. En una síntesis vertiginosa, la “Vértebra Cero” del entorno digital fue la masificación de los videojuegos en los 80 con el juego Space Invaders, la simulación plana y pixelada de una guerra contra alienígenas invasores. Según el autor italiano Alessandro Baricco en su ensayo “The Game”, ahí se consolida la relación humano-controles-pantalla que se amplifica con la popularización de internet, en los 90: nace el “ultramundo digital”, un mundo virtual y paralelo al material, pero tan real que desdobló nuestra vida en “dos corazones”.

Y nosotros, tan humanos, nos lanzamos a colonizarlo. Otra síntesis vertiginosa y arriesgada: primero subimos la información, textos y datos; luego los lenguajes sensibles, videos, fotos y música; finalmente nos subimos a nosotros mismos, con las redes sociales.

Habitar el ultramundo

Las redes son, quizás, nuestro videojuego más esperado, uno donde somos los protagonistas. La vida cotidiana saltando de publicación en publicación, nuestra identidad digital en busca de likes. Cuando el “ultramundo” se volvió habitable, nos aventuramos a pasear por él.

Fue un avance prometedor: logramos mayor comunicación, acortar distancias culturales, multiplicar discursos, dar visibilidad a minorías y democratizar la información. Parafraseando a Baricco, “destruimos a los sacerdotes”, a los árbitros del saber y del prestigio: expertos inaccesibles, críticos e intermediarios del conocimiento.

En ese nuevo mundo, todos podían opinar de todo, todo el tiempo. Entonces, la capacidad para captar la atención comenzó a convertirse en un criterio de legitimidad: en el "game", todo parecía haberse reducido a buscar y retener atención.

Probablemente ahí, la promesa democrática entró en conflicto.

Autonomías en crisis

Otros de los riesgos que plantea esta lógica económica centrada en la atención, es que no solo se basa en predecir lo que haremos libremente, sino que diseña patrones de comportamiento para inducirnos a tomar decisiones que convengan a los anunciantes. Según Zuboff, estas prácticas podrían diluir las autonomías personales y poner en riesgo a las sociedades democráticas.

Parece ciencia ficción, pero no lo es, sobre todo cuando varios de los que develaron estos mecanismos fueron sus mismos “arquitectos” y estrategas, como es el caso de Christopher Wylie, en el escándalo de Cambridge Analytica o Tristan Harris, ex diseñador de Google. Harris, por ejemplo, explica que las plataformas utilizan principios de psicología conductual y neurociencia para intervenir en decisiones del usuario sin que lo perciba, explotando vulnerabilidades cognitivas universales: recompensa variable, validación social, miedo a quedar afuera.

Las miradas

Hasta aquí, hay cierto consenso en los investigadores, pero los caminos se bifurcan cuando la discusión se centra en sus consecuencias y riesgos. Mientras algunos encienden las alarmas, otros minimizan el incendio. Nadie niega el fuego. 

Los primeros, advierten que los algoritmos premian el enojo, indignación y el miedo, alteran el clima social y los consensos básicos, fragmentan el espacio público, afectan a la salud mental y causan dificultades para sostener conversaciones complejas en sociedades democráticas. Otros autores, por el contrario, ponen en duda el deterioro cognitivo, argumentan que cada nueva tecnología generó dudas similares y que los seres humanos somos capaces de adaptarnos y evolucionar en nuevos entornos tecnológicos. Reconocen los problemas actuales pero aseguran que son transitorios y no estructurales.

La corriente crítica parece tener más peso en el debate público, académico y regulatorio actual. Mientras tanto, más allá de estas perspectivas, con la IA y la llamada “Internet de las Cosas”, la máquina de extraer datos y orientar nuestro comportamiento parece perfeccionarse.

Ver lo que sigue

Las recomendaciones personales promueven la reducción de horas innecesarias en pantalla o usar las aplicaciones con intención y no de manera impulsiva. A nivel global, la Unión Europea tomó medidas para limitar algunas dinámicas de las grandes tecnológicas. La pregunta permanece abierta ¿De qué manera administramos nuestra experiencia digital frente a un sistema capaz de diluir nuestra autonomía? Se trata de resguardarnos de un modelo de negocios, no de la tecnología.

Una primera premisa, quizás, sería tener presente cómo funcionan estos sistemas al momento de tomar decisiones personales, familiares o en comunidad. Otra, probablemente, sea sospechar que nuestra voluntad individual no es suficiente para enfrentar la problemática y necesita ser acompañada por conciencia, debate y decisiones colectivas.

Entre tanto, blindar nuestra autonomía, o ser más conscientes de ella para adaptarnos, parecen ser puntos de consenso necesarios para no entorpecer el diálogo democrático.

O quizás no. Y lo que queremos es abandonarnos a las dinámicas adictivas propuestas por las grandes plataformas: entregar nuestra atención, dilapidar nuestro tiempo y ver qué sigue.

Habrá que decidir.

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