“Abrazo al Monte”, obra del Grupo Ruido, integrado por Vero Corrales y Fernando Gallucci.
¿A quién no le duele un bosque en llamas? El cielo rojo, la floresta estallada de fuego y humo, la monstruosa mancha negra devorando el verde, árboles milenarios que encuentran la muerte, animales calcinados o huyendo al desamparo, las casas arrasadas.
Cerca de 20.000 hectáreas de bosques arden desde el 5 de enero tras el avance de los incendios en la Patagonia norte, afectando principalmente a la provincia de Chubut. Alrededor de 3.000 personas fueron evacuadas y más de 500 combatientes luchan contra el fuego, pero la esperanza parece estar puesta en la llegada de lluvias que ayuden a extinguir el infierno.
Investigadores que trabajan en la región advierten que desde comienzos del 2000 los incendios aumentaron en frecuencia e intensidad. Antes, un gran incendio podía suceder cada diez años; actualmente, toca combatir grandes focos simultáneos en una misma temporada.
La crisis climática, dicen los especialistas, convirtió el bosque en un polvorín.
Crisis climática
Los cambios ambientales son evidentes. Informes detallan disminución de las nevadas en los inviernos, lo que significa menos humedad en el suelo y vegetación más seca. A eso se suman tormentas eléctricas fuera de época, un factor clave en el inicio del fuego en algunas zonas de difícil acceso.
Especialistas mencionan, además, la incidencia de la regla “30/30/30”: más de 30 grados de temperatura, menos del 30% de humedad y vientos superiores a 30 kilómetros. Esas condiciones, que hace dos décadas ocurrían tres o cuatro días al año, se presentan ahora en más de una veintena de ocasiones. Estos factores se ven agravados por la sequía extrema y la invasión de especies exóticas, particularmente pinos, que facilitan la propagación del fuego.
En esas condiciones, los incendios forestales escalan de manera extrema. La temporada pasada, entre octubre de 2024 y marzo de 2025, la superficie de bosques afectados por el fuego en el sur de Argentina se cuadruplicó, ascendió a más de 30.000 hectáreas. En lo que va de enero de 2026, las llamas alcanzaron más de la mitad de esa superficie en solo 10 días.
En este contexto explosivo, de manera intencional o por negligencia, el 95% de los incendios se produce por causas humanas. Una doble responsabilidad: somos, en gran medida, causantes de las circunstancias medioambientales que aumentan el riesgo de un desastre y luego, tan humanos, encendemos el primer fuego.
Sudamérica inflamable
La crisis climática es global. Al tal punto que parte de la comunidad científica afirma que nos encontramos en las puertas del piroceno, una época en la que los fuegos antropogénicos incontrolables comenzarán a moldear el paisaje de la Tierra.
De acuerdo a un estudio publicado en la revista científica Communications Earth & Environment, del grupo editorial Nature, Sudamérica se encuentra especialmente comprometida: “Se está volviendo más cálida, más seca y más inflamable”. Y los incendios crecen en cantidad y escala.
Este mundo de fuegos tan violentos que superan la capacidad humana de control, pone en riesgo los ecosistemas del continente como la Amazonía, el Gran Chaco y la Patagonia. Debido a los incendios, ambientes forestales como el bosque amazónico, por ejemplo, comenzaron a emitir más carbono del que absorben, según estudios de 2024.
Los ríos voladores
Sin embargo, los expertos señalan que el mayor valor de la Amazonía es su capacidad para “sembrar” nubes. La selva atrae la humedad del Atlántico; que se recarga con la “transpiración” de las plantas, del suelo y de los ríos; luego, los vientos transportan esa humedad hacia el sur y el oeste, donde se condensa y precipita.
En el bosque amazónico nacen verdaderos “ríos voladores” que alimentan las lluvias en Brasil, Paraguay, Chile y Argentina, regando los suelos y convirtiendo a Sudamérica en un continente verde y fértil.
Hoy, el bosque atrae la humedad del Atlántico. Pero si colapsa por incendios, esa humedad volverá al océano. Lo siguiente será la selva convertida en sabana, un páramo seco y de escasa vegetación: una espiral de colapso.
Los bosques de la Patagonia, cumplen una función similar para la región sur del país y se ven igualmente amenazados.
Los incendios forestales ponen en riesgo la infraestructura climática del planeta y los puntos de no retorno podrían estar demasiado cerca.
La contaminación del aire
Otra de las problemáticas de las quemas es la contaminación del aire. Las partículas finas (PM2.5) que produce la combustión de biomasa (material orgánico vegetal) viajan cientos de kilómetros y penetran profundamente en los pulmones, agravando enfermedades respiratorias y cardiovasculares, entre otras afecciones.
El Instituto de Políticas Energéticas de la Universidad de Chicago (EPIC), identificó al norte argentino como una de las zonas posiblemente más contaminadas por las quemas y a Tucumán como la más afectada de la región.
Según datos del proyecto Breathe2Change de monitoreo del aire en Tucumán -Laboratorio de Estudios Atmosféricos CONICET -UNT-, en esta provincia, la quema de caña y pastizales, agravada por la retención de aire entre montañas, genera picos que superan hasta seis veces los valores tolerables que indica la Agencia de Protección Ambiental de EE.UU. (EPA) y pueden reducir hasta tres años la expectativa de vida.
Los fuegos intencionales
En la mayoría de los incendios forestales del continente, al igual que en la Patagonia argentina, la responsabilidad en el inicio del fuego es principalmente humana, por descuidos o acciones deliberadas.
Este último caso, el de los incendios intencionales, es quizás el costado más dramático de la problemática y, en general, está vinculado con prácticas agropecuarias para abaratar costos, extender fronteras agropecuarias o relacionado con especulaciones inmobiliarias.
En los actuales incendios de la Patagonia, la Justicia de Chubut confirmó indicios de intervención deliberada en dos de los varios focos de incendio, lo que impulsó investigaciones por posible fuego provocado.
Evitar los incendios
El escenario climático muestra signos alarmantes y claros en un contexto social complejo como el Sudamérica. Instituciones científicas insisten en que conservar la armonía ambiental del continente demanda una respuesta articulada entre países y no acciones aisladas.
En Argentina, en paralelo, distintos sectores especializados siguen con preocupación la intención del Gobierno Nacional, que plantea revisar la Ley de Manejo del Fuego, vigente desde 2012 y actualizada en 2020, y que resguarda zonas de alto valor ambiental.
A eso se suman reclamos frente al déficit en prevención y financiamiento que persiste de gestión en gestión y que tiene un escenario especialmente crítico en la actual administración. Las demandas apuntan a una fuerte caída de las partidas asignadas al Servicio Nacional de Manejo del Fuego en el Presupuesto 2026.
Expertos aseguran que, además de las carencias históricas agravadas -faltan brigadistas e infraestructura-, el problema estructural está en que el foco de la voluntad política y los recursos parecen estar puestos sobre todo en el combate de incendios ya desatados, y no en la prevención y reducción del riesgos que es, quizás, la opción más eficiente frente a la posibilidad actual de incendios de envergadura y difíciles de contener.
Más allá de la valiente entrega de los combatientes y voluntarios; la crítica insiste en que las políticas de estado, tanto provinciales como nacionales, no deben centrarse solo en apagar incendios, sino que deben avanzar con rapidez hacia la elaboración de planes integrales a largo plazo y que contemplen los indicadores específicos de la problemática ambiental que afecta a la región en el marco de una crisis global.
En otras palabras, es urgente y en buena hora que los fuegos se apaguen, pero ¿cómo evitar que año a año haya superficies descomunales de bosques reducidos a cenizas?














