En una historia nutrida y por momentos ejemplar, Tucumán hizo gala de delincuentes memorables, como aquel “Mate Cosido” del que días atrás publicamos una nota. Para contribuir al recuerdo de aquellos que se portaron realmente mal voy a rescatar de las páginas de la “Revista de Tucumán” un pequeño artículo publicado el 25 de mayo de 1901. Se titula “El bandolerismo en Tucumán-Los grandes malhechores” y de entrada aclara que “una de las grandes plagas dominantes del extenso territorio de nuestra República” es el cuatrerismo, o sea el robo de ganado, que asolaba a lo largo de la provincia llegando a “aterrorizar a los habitantes del sur de la misma”.
La mala praxis no respetaba fronteras y había extendido “sus incursiones hasta Salta, Santiago y Catamarca”. Los bandoleros llegaban enmascarados, llevándose no sólo los animales sino “cuanto encontraban de valor en los domicilios, no sin cometer muchas veces horribles asesinatos”. Como víctimas se menciona a las familias Librada, de Monteros; Ulla, de Cevil Pozo; Crippa, de Leales; y Thomas, del Potrero de las Tablas.
La situación llevó a una feroz campaña policial que puso tras las rejas a una veintena de bandoleros. Primero cayeron José Pigüela, Agustín Castillo, Lindor Núñez, Eliseo Albarracín, Octaviano Alarcón; al año siguiente se puso a la sombra a Juan Ruiz Díaz, Juan Delgado y Electo Sosa. Con esto y en poco más de un año casi todos los cabecillas habían sido apresados. Excepto uno de apellido Vásquez, al que buscaban “desde veinte años atrás sin lograr capturarle”.
Carmen
Se llamaba Carmen, nombre que viene de jardín, de canción, nombre que remite a tratos dulces, manos suaves y miradas tiernas, a un universo femenino idealizado por la religión y la literatura. Paremos aquí porque nada de eso tenía que ver con Carmen Vásquez, un masculino como diría el lenguaje policial actual. La cabeza de “una de las grandes plagas dominantes” de la delincuencia del novecientos.
“Vásquez, gaucho inteligente y sagaz, recorría los departamentos de esta provincia, así como algunos de Santiago y Salta”. El terrible Carmen usaba también otros nombres: José Díaz, José Godoy, José Campero, aunque su fama da a pensar que lo hacía para despistar a sus perseguidores y no porque haya sido víctima de bromas o “bulling” por su apelativo femenino, pero… quién sabe.
Un malhechor de semejante nombradía produce cierto temor. Nada simpático puede asomar de una fama hecha a sangre y fuego ¿habrá sido así? Bueno, veamos… En línea con lo contradictorio de su suave nombre, me interesa una impresión del cronista, una que se produce al ver contrariada su expectativa de fundir el delito con lo feo y lo antipático. Un prejuicio que muchas veces se derrumba ante la inesperada realidad.
Lo feo y lo simpático
El reportero cuenta que Vásquez finalmente cayó en marzo de 1901 y fue trasladado al sur de la provincia, “teatro predilecto de sus fechorías”, donde delató a sus cómplices. Esto sumó cuatro criminales más a la campaña. Un éxito para el comisario Alderete, quien quiso que quede inmortalizada su acción policial. Como trofeo, hizo sentar en fila a la gavilla (no se aclara dónde) frente a un señor con un aparato grande sostenido por un trípode. La foto estaba lista.
Un rato después entraba el enviado de la Revista y comentaba: “a simple vista, la presencia de Vásquez no es nada agradable; pero conversando con él se disipa poco a poco esta primera impresión llegando a hacerse casi simpático. En su trato es comunicativo, notándose en él mucha vivacidad en la manera de relatar los numerosos saqueos cometidos”.
Aquí está la revelación: Vásquez pasó de ser “nada agradable” a “casi simpático” en una sola oración. Digamos que Vásquez debe haber tenido su gracia, sin embargo en la foto no se lo ve sonreír. Es el primer sentado desde la izquierda, el bigotón que aparece al lado del cabo de policía que está de pie. Tampoco parecen haber pasado un mal momento o estar angustiados; están ahí, dispuestos como en un estante. Reducidos a ser un producto del accionar policial.
Epílogo
El artículo se termina en un último, breve y típico párrafo en el que se asegura sosiego para el sur de la provincia mientras “la policía se ha hecho digna del aplauso público”. Muchas cosas quedan libradas a nuestra imaginación. No hay más datos de Carmen, al menos en el Archivo de LA GACETA. Lo fácil es pensar en una muerte joven y violenta, pero como con su nombre y su carácter “casi simpático”, ¿quién sabe? Podría haberse alejado finalmente de la vida fuera de la ley, le pueden haber llegado a decir Don Carmen, o Don Vásquez para mantener distancia y respeto. Podemos pensar que Carmen Vásquez desapareció y nunca más se oyó ese nombre, o que después de sus buenos años de presidio hubo un tal Díaz, un Godoy o un Campero viviendo de carnicero o matarife en la zona de Concepción o Aguilares.















