Tener picos de azúcar en sangre se relacionó con un riesgo 69% mayor de padecer Alzheimer

Las dos horas posteriores a una comida eran críticas: los picos de azúcar podían aumentar el riesgo de padecer Alzheimer en el futuro.

Los picos de azúcar después de comer aumentarían el riesgo de padecer Alzheimer. Los picos de azúcar después de comer aumentarían el riesgo de padecer Alzheimer. Fuente: imagen
Hace 2 Hs

En el último tiempo, internet “redescubrió” los picos de azúcar, un mecanismo biológico que ocurre cada vez que comemos algo demasiado rico en carbohidratos y que podría influir en el aumento de peso. Así, el discurso “fitness” se volcó de reducir el consumo de frituras o alimentos procesados a evitar que el azúcar en sangre se dispare en proporciones descomunales en el organismo. Y mientras las cuestiones de peso inundan las conversaciones, la ciencia descubre otro aspecto de este fenómeno: la relación entre la diabetes, la resistencia a la insulina y la demencia.

Estudios previos habían demostrado que la diabetes y la demencia pueden estar relacionados en algunos casos. Sin embargo, la ciencia aún investiga si una causa la otra y qué mecanismos biológicos intervienen.

Pero hay algo que quedó claro, un fenómeno que ocurría justo después de una rutina ampliamente compartida en las distintas casas. Investigadores del Reino Unido, tras analizar un gigantesco conjunto de datos genéticos de más de 350.000 individuos, se dieron con que las personas con un nivel relativamente más alto de azúcar en sangre (glucosa) en las dos horas posteriores a comer tenían un 69% más de probabilidades de desarrollar la enfermedad de Alzheimer.

El factor clave: las dos horas después de la comida

Lo que hace que este estudio —publicado en la revista Diabetes, Obesity and Metabolism— sea disruptivo es el enfoque en la glucosa poscarga. No se trata del nivel de azúcar que tenemos de base al despertarnos, sino de cómo reacciona nuestro cuerpo exactamente 120 minutos después de ingerir alimentos. Según el epidemiólogo Andrew Mason, de la Universidad de Liverpool, este hallazgo es vital para diseñar nuevas estrategias de prevención: controlar el azúcar no es una tarea general de una vez al día, sino un cuidado específico para el período posterior a las comidas.

Para llegar a esta conclusión, el equipo utilizó una técnica avanzada denominada Aleatorización Mendeliana. En lugar de simplemente medir la glucosa en un momento dado, buscaron personas con una predisposición genética a tener picos de azúcar. Al ser una cuestión genética desde el nacimiento, los científicos pudieron aislar el efecto del azúcar de otros factores externos como el estilo de vida o enfermedades previas, confirmando con mayor confianza una relación de causa y efecto.

Un misterio bajo la superficie del cerebro

Curiosamente, la investigación reveló un matiz inesperado: mientras que los picos de azúcar después de comer mostraron un vínculo directo con el Alzheimer, no se encontró la misma conexión con los niveles estándar de insulina o la resistencia a la insulina para otros tipos de demencia. Incluso, al realizar escaneos cerebrales, los científicos no notaron cambios estructurales evidentes, como la reducción del tamaño del hipocampo.

Esto sugiere que la conexión entre el azúcar y el deterioro cognitivo es mucho más sutil y profunda. Los expertos sospechan que estos aumentos repentinos de glucosa podrían generar procesos de inflamación o estrés en las neuronas, afectando el funcionamiento del cerebro, que depende críticamente de un suministro estable de energía.

Aún falta validación 

Pese a lo contundente del dato, la comunidad científica pide cautela. Los investigadores advirtieron que los resultados provienen mayoritariamente de un perfil demográfico específico (población británica blanca de nivel socioeconómico medio-alto), por lo que el siguiente paso será replicar el estudio en grupos más diversos.

"Si se valida, este estudio podría abrir el camino a nuevos enfoques para reducir el riesgo de demencia", concluyó la epidemióloga Vicky Garfield. Mientras tanto, la recomendación parece clara: prestar atención a cómo nuestro cuerpo procesa ese postre o ese exceso de harinas podría ser, a largo plazo, la mejor inversión para proteger nuestra memoria.

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