¿A qué suena Tucumán? La banda sonora que nos une

Un recorrido por el paisaje sonoro de la provincia para pensar identidad, territorio y aquello que seguimos compartiendo más allá de las diferencias.

Achilatero, Obra del Grupo Ruido, integrado por Vero Corrales y Fernando Gallucci. "Achilatero", Obra del Grupo Ruido, integrado por Vero Corrales y Fernando Gallucci.
Álvaro Medina
Por Álvaro Medina 29 Enero 2026

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¿Cuáles son los sonidos que componen la marca identitaria de Tucumán? ¿De qué ingredientes están hechos los ambientes sonoros que componen la sinfonía provincial en la que estamos inmersos?

Estamos sumergidos en nuestros sonidos. Sus fuentes, volúmenes y entonaciones se funden, interactúan y se suceden entre sí logrando que un espacio determinado suene diferente a cualquier otro.

Entonces, dicho de otra manera y para sintonizar con el título: si nosotros, la provincia más pequeña del país, con sus 22.524 kilómetros cuadrados y sus casi 1,8 millones de habitantes, fuéramos parte de una película, ¿de qué elementos estaría hecha la banda sonora que nos describiría?

Los sonidos que nos definen importan.

El vecindario

Un primer sondeo lanza aproximaciones predecibles: el grito de venta de los “achilateros” y de los “maseteros”; el diálogo encendido de amigos en las sangucherías combinado con el chisporroteo de milanesas lanzadas al aceite hirviendo; el canto eufórico y en contrapunto de las hinchadas de Atlético y San Martín. Los más nostálgicos mencionan, además, sonidos “casi extintos”, como el silbido del vendedor de maní salado en los inviernos y la nota aguda del afilador de cuchillos.

En este boceto inicial parecen resonar el vecindario y los rituales colectivos -pura calle y tribuna-. “Cuando toca reconstruir sonidos que representan a la provincia en el cine, sobre todo de escenas en espacios barriales, aparecen muchos de estos elementos”, dice Fernando Gallucci, profesor de la cátedra de Sonido I y II de la escuela universitaria de cine, video y televisión de la UNT.

Fernando refiere, además, otros detalles sonoros: el ruido de “motos y motitos, con sus motores y motorcitos de diferentes tamaños y cilindradas”; parlantes en vehículos y su estridencia itinerante de propagandas electorales o música; el “altavoz chatarrero”, siempre a la distancia, que se aleja mientras ofrece comprar aires acondicionados y heladeras viejas.

El paisaje sonoro

Uno de los primeros especialistas en el mundo en darle valor a este tema fue el compositor canadiense Murray Schafer, que en los años 70 acuñó el concepto de “Paisaje Sonoro” para referirse al entorno acústico de cualquier lugar donde nos encontremos.

Schafer induce a escuchar al mundo como si fuese una gran obra musical. Según sus informes, los sonidos evocan recuerdos e imágenes; producen sentimientos gratos o desagradables; emociones que estremecen, que nos hacen sentir bien o nos dejan tensos y hasta de mal humor.

Los sonidos configuran identidad y, probablemente, modelan también parte de nuestra personalidad. Entonces ¿Qué otros bramidos, rumores, chirridos, percusiones, chillidos, alaridos, aullidos o risotadas nos construyen?

El sondeo continúa hasta llegar a nuestra propia voz, a nuestro acento, la síntesis primordial del paisaje sonoro; nuestra marca de norte argentino. En ocasiones exhibido con orgullo excesivo, otras veces atacado, otras llevado a la exageración en la búsqueda de viralidad o humor en redes sociales; nuestro acento fue recuperado recientemente por el cine local tras décadas de imposición de voces provenientes del centro del país.

Y tenemos también, cómo no, nuestro propio y particular glosario de insultos, pero mejor no meternos en ese "quilombo", disculpando la palabra.

Siguiendo en esta búsqueda, cuando ampliamos la escucha más allá de lo urbano, emergen la industria y el campo: el trajín de los trabajadores, la presencia de ganado e insectos. El susurro suave del viento en el cañaveral, el chirrido intenso de las máquinas en el cañaveral, el crepitar doloroso del fuego en el cañaveral; las sirenas de los ingenios y su fragor constante de fábrica y transportes pesados.

Íconos sonoros que atraviesan como una cicatriz el territorio de la provincia de norte a sur. Sonidos que condensan ideas de trabajo y de futuro marcados por una historia productiva que aún nos define.

Soundtrack de lo cotidiano

Parados todos en un mismo lugar, probablemente podamos sentir diferente, pensar diferente, mirar diferente -incluso cerrar los ojos y no ver-, pero siempre estaremos compartiendo un mismo universo sonoro.

“No existe tal cosa como un párpado para cerrar los oídos”, dice Alina Bardavid, artista e investigadora audiovisual, citando a Schafer. “El sonido nos atraviesa, está todo el tiempo sucediendo”. Alina trabajó en la reconstrucción de los “sonidos de la Independencia” en el Museo Casa Histórica, durante la dirección de la historiadora Cecilia Guerra.

El soundtrack de lo cotidiano funciona como una marca de pertenencia y memoria colectiva que nos vincula: el fondo sonoro de los días, la pista de audio de nuestra comunidad. 

Entonces, vale la pena detenerse un momento para pensar -o para escuchar- ¿cuál es el sonido de Tucumán? Parece una pregunta casual, casi un juego. Pero no lo es: lo que escuchamos importa y no solo por una cuestión identitaria.

Naturaleza que desborda

¿Qué más?¿Qué otras figuras componen este collage acústico? ¿Qué otros sonidos nos unen más allá de la música y nuestro panteón de artistas consagrados? ¿Qué otros estruendos, explosiones, silbidos, susurros, crujidos, zumbidos, estridencias o gritos nos nombran?

“Para mí, el sonido de Tucumán es el de la naturaleza que lo desborda”, dice, evocando montañas y selvas, Emmanuel Molina, músico, docente e investigador, que compuso su obra musical Yungas sampleando sonidos ambientales, especialmente el canto de aves.

Un concierto de quetupís, horneros, zorzales y otras decenas de especies integrantes de una orquesta que combinó pájaros, monte, animales e insectos como el coyuyo y su estridencia que se estampa en el verano, como si fuesen una sola cosa.

El rumor del agua

El músico menciona también el rumor del agua como una clave íntima del sonido del territorio:  el tránsito de ríos, arroyos y aguas subterráneas entrelazadas como un sistema nervioso regado por lluvias intensas.

Tucumán, del quechua Yukuman que significa “donde nacen los ríos”, lleva el agua hasta en el nombre. Un sonido que nos define pero ignoramos, hasta que la naturaleza se hace oír a través del rugido de inundaciones.

“No nos damos cuenta de la cantidad de sonidos naturales con los que convivimos en nuestros cerros y yungas, incluso en nuestras ciudades -agrega Emmanuel-. No nos olvidemos que San Miguel, por ejemplo, era una selva; nosotros le ganamos territorio pero la selva no se olvida y busca volver”.

La Capital

San Miguel de Tucumán, la ciudad que fue selva: una jungla sonora. Con sus iglesias de campanas imponentes, sus procesiones multitudinarias y sus altavoces pascuales en las calles. El movimiento en sus universidades, el runrún agitado de su pulsión política y cultural, el vocerío en sus plazas y parques.

Las manifestaciones en la plaza principal, a puro bombo y garganta. El sonido irregular de ruedas sobre adoquines de barrio Sur; las alarmas que parecen no alarmar a nadie a pesar de su estridencia; la siesta imperturbable contrastando con las horas pico: un maremagnum de motores y bocinas que superan, por lejos, los decibeles recomendados por organismos internacionales de salud.

Una ciudad muy agresiva para el oído humano, según mediciones de especialistas. Y nosotros transitando ese lío, absorbiendo su estrés y otros riesgos -problemas auditivos, alteraciones del sueño o desmejoras en enfermedades cardíacas-.

Todos vibrando en sintonía con ese alboroto: somos, en parte, el ruido que producimos y toleramos.

Lo que importa

Según Bernie Krause, bioacústico, músico y naturalista estadounidense, una de las primeras manifestaciones de amenazas al equilibrio de un ecosistema se inicia a través de modificaciones en la ecología de su paisaje sonoro. Como en el cine, el soundtrack de nuestra película no solo acompaña la historia, sino que la transforma.

Quizás debamos seguir indagando mucho más antes de delinear contornos de identidad sonora, pero queda claro que hay rastros acústicos que reconocemos como propios y, más allá de nuestras diferencias, nos hilvanan.

Tal vez pensar cómo suena el lugar en el que vivimos -y convivimos- sea un primer paso para intentar escucharnos. Sumergidos en lo que nos une, preguntarnos cómo nos gustaría que resuene esta casa cuando la pensamos desde el amor por nuestro orígen.

Quizás valga la pena abandonar por un momento el ruido de las discusiones improductivas y detenernos en aquello que compartimos. Pensar qué frecuencias pueden sincronizarnos para componer juntos la melodía de un futuro mejor.

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