Manina Aguirre: “Los sueños no tienen fecha de vencimiento”

La versátil actriz -tucumana por adopción- comenzó a estudiar teatro con 52 años y ya lleva un cuarto de siglo en las tablas locales. La necesidad de tener algo para contar. Reconocimiento en los Artea.

CON COMPROMISO Y PASIÓN. Manina Aguirre transita su experiencia artística desde la madurez. CON COMPROMISO Y PASIÓN. Manina Aguirre transita su experiencia artística desde la madurez.

Salvo en su círculo íntimo, Beatriz Pilar Aguirre no responde a su nombre real cuando se la llama así. Para todos es, simplemente, Manina Aguirre, una presencia recurrente en las tablas tucumanas, al punto que -con tanto humor e ironía como afecto y cariño- existe una página en redes sociales llamada “Me tiene cansado la Manina Aguirre”.

La intérprete fue reconocida el año pasado por la delegación local de la Asociación Argentina de Actores y Actrices, que bautizó con su nombre los últimos premios Artea a lo mejor del teatro provincial. Esta distinción es un jalón más en una trayectoria que, como ella siempre destaca, empezó tarde pero se mantiene sin pausas desde principios de siglo, con 25 años continuos y fecundos.

Tucumana por adopción, porteña de nacimiento, Manina recorre tanto los clásicos griegos como los textos contemporáneos, dentro del Teatro Estable de la Provincia o en grupos independientes. También incursiona frecuentemente en la pantalla (grande y chica), con una versatilidad en sus trabajos que le garantizan una presencia sostenida. Asimismo, es la demostración empírica que los sueños pueden alcanzarse a cualquier edad.

“Me defino como una mujer curiosa, perseverante y profundamente agradecida. Alguien que llegó al arte desde la vida, no desde la urgencia, y que entiende la actuación como un espacio de verdad, de encuentro, de servicio. Todo lo que hago está atravesado por la experiencia y el compromiso con lo que cuento”, dice en diálogo con LA GACETA.

- ¿Por qué decidiste ser actriz?

- Siempre fue una pulsión, aún cuando no tenía nombre. La actuación apareció como una forma de comprender al otro, de poner el cuerpo y la voz al servicio de historias que nos reflejan. No fue una decisión impulsiva, fue una certeza que maduró con el tiempo.

- Demoraste hasta los 52 años para entrar a la Facultad de Artes de la UNT.

- La vida me llevó primero por otros caminos: formar una familia, trabajar, sostener. Y porque creo que no todos los procesos son lineales. Llegué a la Facultad a los 52 años, con una enorme convicción y con todos los miedos: la edad, transitar una currícula universitaria, compartir aulas con compañeros mucho más jóvenes. Pero necesitaba comprobar que nunca es tarde cuando el deseo es genuino. y llegué sabiendo que tenía herramientas que sólo te da la vida.

- ¿Sos la evidencia de que nunca es demasiado tarde para concretar los deseos?

- Creo profundamente en eso. Los sueños no tienen fecha de vencimiento; a veces necesitan tiempo para tomar forma. Si algo puedo transmitir es que el deseo, cuando es verdadero, siempre encuentra su momento. El tiempo no apaga el deseo: lo afina, lo transforma. Y mientras tenga una historia que contar, con cada arruga, cada palabra, cada susurro, sé que estoy viva.

- No siendo tucumana, ¿qué significa esta provincia para vos?

- No es la provincia que me vio nacer, pero sí la que me enseñó a vivir. Aquí me enamoré, formé mi familia y nacieron mis hijos y nietos. Es la tierra que elegí todos los días y que termina siendo mi hogar. Agradezco a quienes me acompañan, a quienes confían en mí y a este Tucumán que me dio lugar para ser quien soy hoy.

- ¿Qué implicó este reconocimiento en los Artea 2025?

- Es una enorme emoción y un respaldo. No sólo reconoce un trabajo, sino un camino. Lo vivo como un abrazo al esfuerzo, a la constancia y al amor puesto en cada proyecto.

- El año pasado te resultó complejo por tus problemas de salud. ¿El premio compensa un poco la frustración por no haber hecho el protagónico en “La Celestina”?

- Fue un año difícil, si. La frustración de no poder concretar ese protagónico fue grande. Sin embargo, tuve la oportunidad de hacer un papel corto en “Tartufo”, en 10 funciones con bastón y férula, y fue una forma de seguir adelante. Y luego llegaron los Artea, que reconoce a todas las obras teatrales presentadas y con un homenaje a mi persona. Lo viví como una caricia de parte de mis colegas y una señal de que, aún en la pausa o en la dificultad, el camino sigue teniendo sentido

- Recorriste todos los géneros: desde la comedia a la tragedia: ¿con cuál te sentís más cómoda?

- Me siento cómoda dónde haya verdad. La comedia y la tragedia son dos formas distintas de hablar de lo mismo: la condición humana. Disfruto profundamente ambas, porque cada una exige una entrega distinta, vaya sea, en cine, teatro o televisión

- ¿Qué te interesa contar cuando te sumás a un proyecto?

- Me interesan las historias que interpelan, que conmuevan, que dejan algo. No me mueve únicamente el rol para el que me convocan, sino el sentido del proyecto y el diálogo que propone con el público.

- En otra experiencia escénica, también integrás una orquesta de castañuelas, y antes bailabas flamenco.

- La orquesta es un desafío y una alegría. Formar parte de un grupo es siempre un acto de escucha, de disciplina y de crecimiento colectivo. En lo personal, es una manera de no dejarse vencer. Al mejor estilo de Frida Kahlo, yo digo: “si no puedo mover los pies, moveré las manos”. Las castañuelas me permiten seguir expresándome, seguir creando, aún cuando el cuerpo pide otros tiempos. El flamenco me da raíz, fuerza y voluntad. Es un lenguaje que no se explica, sino que se siente.

- ¿Qué se viene en 2026?

- Trabajo, continuidad y tal vez nuevos desafíos, con la misma convicción de siempre: seguir creciendo, aprendiendo y creando.

Una trayectoria: teatro, cine y televisión

Manina Aguirre se formó como Intérprete Dramática en la carrera de teatro de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán, donde recibió el consejo de su profesor Fernando Godoy (según dijo en la ceremonia de reconocimiento en los premios Artea) de que todo lo que haga, lo haga con pasión, motor central de la experiencia artística. Así, a los 52 años, comenzó la aventura escénica que la llevó por el teatro, el cine y la televisión. Fue parte de los elencos de las miniseries “Tafí Viejo, verdor sin tiempo” y “Embajadores de la mafia”; de los filmes “Rumbo al mar”, con Santiago y Federico Bal, “Gato negro” y “Bajo este sol tremendo”; y de las obras “El amor después de los 60”, “Alfonsina”, “Electra”, “Tartufo”, “Tejiendo cenizas”, “La verbena alborotada”, “Las de Barranco”, “La Nona” , “Dykenstein”, “El circo de los Marsili”, “Venecia” y muchas más. Además, integra la primera orquesta de castañuelas de la provincia, que dirige Sandra Maldonado.

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