Lunes, otra vez
Una carta inesperada incomodó a los inquilinos del Poder Judicial. Se perdió una gran oportunidad de abrir un debate y revisar comportamientos y necesidades de corregir o mejorar funcionamientos en la vida tribunalicia. Todo se acunó en los brazos de la eterna discusión tribunera de los Boca-River.
Los lunes tienen una personalidad muy especial. Suelen ser deportistas y también sembradores de esperanzas. Parece que cargaran en sus espaldas el humor de lo que será una semana entera o por lo menos de cinco días. Los últimos dos lunes fueron estrepitosos para el Poder Judicial. El primero cuando todos volvían distendidos de las vacaciones se encontraron con el fustazo que le había pegado nada menos que el gobernador por el andar cansino y dislocado de los fiscales.
El lunes de esta semana que nunca más volverá recibió a los jueces del foro con una carta escrita por defensor oficial. “Apliquen la ley”. “Lleguen a horario”. “No se suban al pony”. “No se crean infalibles”. “Abracen las críticas”. “Sean firmes con las chicanas”. “Dejen hacer su trabajo a los colegas”. “No hablen (ni escriban) en difícil”. “Cumplan los plazos y más allá”. Este decálogo podría admitir varios adjetivos para calificarlo y ninguno sería excelso y sublime. Por el contrario, derrocha simpleza, subraya obviedades y hasta algunos puntos podrían servirle a un adolescente que sale dormido al colegio. Sin embargo, fue un sismo en los pasillos palaciegos, tan incómodo como el seísmo de 6,2 grados que sacudió a los chilenos el jueves pasado.
¿Por qué algo que enfoca tanta sencillez como vestirse o desayunar puede generar un revuelo de humores en un lugar tan fundamental para que la sociedad pueda convivir y llevarse bien? Es en ese poder donde se sostiene la confianza social. Donde el débil debe encontrar resguardo último. Constituye, de alguna manera, la frontera entre la civilización y la barbarie cotidiana.
Sin embargo, la carta del defensor oficial acuñó las miserias y debilidades de los cimientos que sostienen este templo donde la venganza y la arbitrariedad deberían izar la bandera blanca.
Ese lunes quedaron en segundo plano las cargadas por los resultados deportivos o el relato de las intimidades que quedaron desparramadas después de las salidas de viernes y sábado. “Tremenda carta”. “Tiene razón, aunque los trapos sucios se lavan en casa”. “Debería dar nombres”. “Es un soberbio”. “Quiere ser juez”. “Excelente doctor, alguien lo tenía que decir”. Se podrían llenar páginas eternas con las diferentes reacciones. En su mayoría todos cayeron en la binaria conclusión si el doctor Agustín Acuña hizo bien o mal. El mensaje se escondió detrás de las graves dificultades que tiene la sociedad para debatir. En el acto los principales actores se ocuparon de ver en qué trinchera estaban. Luego reaccionaron en función de cuánto los obligaban sus responsabilidades públicas a responderle a este defensor oficial. No habrían cobrado trascendencia las nimiedades expuestas en la carta. Una vez más el Boca-River se instaló. Tampoco las principales autoridades como podrían ser los miembros de la Corte o el mismísimo ministro de la Defensa se preocuparon por analizar el decálogo.
Incitación al ataque
La sorpresa la dio el legislador Carlos Najar. En un momento de la entrevista con Indalecio Sánchez en LG Play dijo las palabras mágicas para este mundo agonal donde el poder piensa cómo puede engordar no en repartir porciones de democracia. “No vaya a ser que aparezcan presentaciones en la legislatura en contra de él por parte de quienes se sientan afectados”. Si algo no tuvo Najar fue prudencia. Él mismo había planteado la importancia de resolver las cosas dentro del poder que corresponde. Sin embargo, hizo sonar el cencerro como quien llama al rebaño.
El defensor lanzó esta piedra al agua posiblemente con la inocencia de quien espera abrir una polémica en el sentido más sano y democrático. Sin embargo chocó con la realidad de un Tucumán que se mueve en una sociedad agreste. Acuña no habría buscado hacer una denuncia. En todo caso alguien podría habérselo planteado. Pero no ocurrió. En otros momentos la sociedad se animaba a estos debates y a estas discusiones. Ahora, pareciera que existe un temor a ingresar a esos terrenos. El debate ya no es el alimento que hace crecer a una sociedad. Y, lo más grave es que desde las alturas de los distintos poderes se buscan los diferentes artilugios de presión para acallar esas palabras polémicas. Así el autoritarismo empieza a crecer en la gramilla de la democracia como la cizaña.
La buena noticia para este Poder Judicial comarcano es que esta semana que asoma no tendrá lunes. En realidad, lo tendrá en modo avión gracias a los festejos del rey Momo que parece ha decidido darle una tregua a la vida tribunalicia. “En las oficinas muerte en sociedad/. Todos viejos hoy, sin saber mirar/ la espantosa risa de la pálida ciudad”, escribió alguna vez Charly García cuando junto a Nito Mestre cantaban “Lunes otra vez”.
Ben Bradlee, el genial periodista que con su pluma y su palabra contribuyó a poner luz al oscuro escándalo del Watergate desde su escritorio del Washington Post era un optimista empedernido que confiaba en su oficio. Así lo describe Juan Cruz Ruiz, otro grande del periodismo, en su columna. En esa nota cuenta como Bradlee consideraba que el periodismo es un buen instrumento para buscar el cambio de las cosas poniéndolas sobre el tapete. De alguna manera es una invitación al debate. En este caso sólo hubo respuestas binarias. En Tucumán el verbo escuchar no suele conjugarse.
No se trata de una discapacidad propia del tucumano. Tal vez sea una mezquindad de la política y de su ejercicio. Marcos Lavagna, con su famoso índice, es un ejemplo de esto. No se discutió el índice. No se debatió qué le convenía más a la Argentina. Los discursos fueron y vinieron con acusaciones para determinar en qué bando estaba el ex titular del Indec.
Y cuando estas cosas pasan el que grita más fuerte parece más poderoso. Hace dos lunes Jaldo acertó en su reclamo y en su queja porque a la Justicia se le estaba escapando la liebre porque se había subido a la tortuga. Nadie le contestó. Peor aún: nadie analizó la situación. Eso envalentonó innecesariamente al mandatario provincial. Eso hizo que Jaldo llegará a calificar y a acusar a algunos jóvenes que participaron en la violenta y vergonzante agresión de Tafí del Valle. Esta vez se pasó y quedó en posición adelantada. Aún no se había investigado nada y la manifestación callejera de padres puso en duda su discurso. Nuestra Constitución en pos de cuidar y preservar la democracia invita a los poderes a controlarse, pero en la medida en que se desconfíen todo queda reducido al desencuentro y debilitan a la sociedad que les toca cuidar y hacer progresar.
Alegría
No fue precisamente la semana del Poder Judicial. En realidad pareciera ser que fue la semana de Javier Gerardo Milei. El Presidente argentino atraviesa uno de sus mejores momentos al frente del Poder Ejecutivo. Esgrimiendo también esas herramientas binarias, pero también negociando ha logrado que el Senado de la Nación aprobara un (medio) cambio en la vida laboral argentina. Logró saltar los obstáculos de los gobernadores, tiene la ayuda de los Estados Unidos, mete reservas en el Banco Central y hasta los muchachos de la CGT miraron para otro lado. Claro que se preocupó por no tocar sus cajas fuertes.
El gobernador Osvaldo Jaldo, en particular, no le llevó tres votos a la reforma, aunque los gobernadores, en general, cumplieron con el Presidente. Dos de los tres senadores tucumanos no le llevaron el apunte. A diferencia de Milei, al tucumano no lo deja gobernar cómodamente el frente interno.
Charly y Cortazar
Este jueves también se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de Julio Cortázar. Este grande de la literatura argentina, en 1962, en Historias de cronopios y de famas, escribió un texto aparentemente absurdo: explicó con minucia cómo se sube una escalera. Describió el suelo que se pliega en ángulo recto, el pie que debe colocarse en el peldaño correcto, la necesidad de alternar movimientos y, sobre todo, la advertencia central: no levantar al mismo tiempo el pie y el pie. El texto no buscaba enseñar nada práctico. Buscaba otra cosa. Mostrar que lo cotidiano depende de una coordinación que suele pasar inadvertida. Que lo obvio sólo funciona mientras nadie tenga que explicarlo. Que cuando hay que redactar instrucciones para subir una escalera, algo del automatismo se ha quebrado. Los dos últimos lunes en Tucumán podrían leerse a la luz de esa pequeña lección literaria y la elección del Defensor del Pueblo, también. Lamentablemente a esa tarea ni carta le escriben. “Lunes otra vez/ sobre la ciudad/ la gente que ves/ vive en Soledad” seguiría cantando Sui Generis.



















