ESENCIA. La energía del cantante encendió tres noches porteñas mientras el mundo continúa hablando del show del puertorriqueño en California.
Cuando Bad Bunny pisó la Argentina para encender tres noches consecutivas en el estadio de River Plate, todavía estaba fresca la imagen de su figura en el centro del Super Bowl. El puertorriqueño pasó del espectáculo más televisado del mundo al fervor sudamericano sin escalas, y con él trajo esa misma potencia simbólica con la que intenta confirmar que lo suyo no es solo música, sino construcción cultural en tiempo real.
Es que más que un repaso de hits, el espectáculo del artista se interpreta hoy como un acto lleno de gestos que hablan de unidad, pertenencia y reconfiguración de lo que significa ser “América”. Desde un cañaveral que evocó historia hasta una proclamación de inclusión continental, su performance en Estados Unidos y Argentina demostró que el arte puede comunicar, provocar y politizar sin necesidad de consignas explícitas.
Y ese fenómeno reabrió una pregunta que atraviesa al arte desde siempre: ¿cómo comunica una obra cuando no intenta decir algo de manera directa? ¿Dónde aparece el mensaje cuando no hay panfleto? Para pensar en ello desde una mirada situada, artistas y referentes locales reflexionan sobre el arte como experiencia, identidad y toma de posición.
Percepción
Para María José Medina, licenciada en Comunicación y artista con amplia trayectoria en teatro, el arte no necesita explicar para comunicar. “Lo que genera es conmover, ir directo a la percepción del espectador. Hay algo que se moviliza en ese encuentro entre el lenguaje de quien hace y quien mira”, sostiene.
A partir de su trabajo con actores y actrices, Medina observa que el sentido no se construye únicamente desde lo racional. “Sucede mucho en el orden de la percepción, en cómo las personas asocian, imaginan y le dan sentido a las cosas del mundo. Ahí aparece el mensaje”, explica. En ese proceso, agrega, se activa lo sensible y la posibilidad de observar desde nuevos puntos de vista.
Esa capacidad del arte de operar sin subrayar, sin indicar qué pensar, es para ella uno de sus mayores valores. No porque el mensaje sea inexistente, sino porque se construye en el vínculo con el espectador.
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La pregunta por la identidad aparece inevitablemente ligada a las condiciones en las que el arte se produce. Medina señala una tensión permanente: “El arte forma parte de un sistema atravesado por el mercado, por el consumo, y eso es inevitable. Pero, al mismo tiempo, cuando logra plasmar una mirada situada, territorial, permite que un lugar cuente quién es, ponga en juego sus tensiones y conflictos”.
Por ello, entiende al arte como un mecanismo fundamental para que los territorios construyan identidad. Aunque reconoce que las condiciones económicas muchas veces condicionan los procesos creativos, insiste en que el arte sigue siendo un espacio donde se disputa sentido y se narra el mundo desde un lugar propio.
Tomar posición
Martín Piliponsky Braier, arquitecto, bailarín y uno de los referentes internacionales de la improvisación en danza y la composición instantánea que dirigió la Compañía de Danza Contemporánea de Tucumán, plantea que todo arte es político, incluso cuando no lo intenta. “El cuerpo es político. En el momento en que alguien decide subirse a un escenario y colocar un cuerpo en un espacio para ser mirado, ya está produciendo un hecho político”, afirma.
Para Piliponsky, lo político no se limita a consignas explícitas. “Es una toma de posición en el espacio, en el tiempo y frente a una mirada. Decir ‘aquí estoy’ ya es una decisión, y toda decisión en el espacio público es política”, explica.
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Su trabajo no parte de la intención de transmitir un mensaje cerrado. “Me interesa el proceso, el instante, lo que sucede en el momento. No busco incomodar, busco sensibilizar”, aclara. No obstante, reconoce que muchas veces sus obras generan incomodidad porque el espectador deja de ser pasivo y pasa a estar implicado en la escena.
Lejos de pensar al público como defensivo, el artista percibe una búsqueda distinta. “Hoy hay una necesidad de vivir una experiencia más profunda. No tanto entender una obra, sino atravesarla”, señala. En un contexto saturado de estímulos digitales, sostiene que la información por sí sola no alcanza. “Hasta que no pasa por el cuerpo, no se transforma en experiencia ni en conocimiento”.
Música y dinamismo
El músico Pablo Pacífico, integrante de Peces Gordos, coincide en que el arte es un modo de expresión y comunicación permanente. “Ponés tu manera de pensar, de vivir y de sentir en cada obra. De un modo u otro, eso es lo que le transmitís al público”, afirma.
Para Pacífico, la puesta en escena es inseparable del mensaje. “No vas solo a escuchar canciones; vas a ver una propuesta. La puesta en escena es el formato de lo que querés decir”, señala. También destaca el carácter dinámico del arte: “Las generaciones cambian, los lenguajes cambian. Ese dinamismo no empobrece el mensaje, lo enriquece”.
El músico, también entiende que toda expresión artística es una declaración política. “La indiferencia te vuelve cómplice. El arte es energía pública, es mostrarle al mundo tu pensamiento, aunque ese pensamiento evolucione”, sostiene. Y reivindica la incomodidad como valor: “Si todos son afines a mi propuesta, no hay riqueza. En el discernimiento hay un poder que no hay que dejar de valorar”.
En el espectáculo del Super Bowl hubo una serie de gestos y elecciones simbólicas que distintos análisis destacaron como mensajes potentes. Entre ellos, la decisión de abrir con un imaginario ligado al trabajo rural y al cañaveral como metáfora histórica; la reivindicación del español en un escenario central del entretenimiento estadounidense; la inclusión de banderas y referencias a distintos países latinoamericanos; la presencia de ritmos caribeños como afirmación identitaria; la crítica velada a los cortes de energía en Puerto Rico al interpretar “Apagón”; y la resignificación de temas como “Tití me preguntó” en clave colectiva, más allá del hit bailable.
Esos elementos reforzaron la idea de que el show no fue solo un despliegue musical, sino una narrativa visual y sonora sobre pertenencia, memoria y orgullo latino en un escenario de alcance global.
Si una obra puede decir tanto sin decirlo todo; si el cuerpo, la estética y el silencio pueden construir sentido sin necesidad de consignas; entonces la pregunta ya no parece ser si el arte comunica. La pregunta es qué decidimos poner en juego —de qué lugar hablamos y qué cuerpos elegimos mostrar— cuando el arte se vuelve experiencia compartida.






















