Atlético Tucumán va contra la AFA y revive una historia incómoda: qué pasó con los clubes que se animaron a reclamar
El conflicto por el arbitraje de Fernando Espinoza empujó al “Decano” a una decisión institucional que ya tuvo antecedentes en el fútbol argentino, con consecuencias muy distintas para cada protagonista.
HISTORIAL. Los antecedentes recientes muestran que enfrentar al poder central dejó sanciones, descensos, rectificaciones y también consagraciones según el caso. Foto de Ariel Carreras/Especial LA GACETA
La bronca de Atlético Tucumán no se quedó en el vestuario de Alta Córdoba. El penal sancionado por Fernando Espinoza, el reparto de tarjetas que terminó siete a cero y el trato que percibieron los jugadores encendieron una reacción institucional que ahora apunta directamente a la AFA. El club decidió avanzar con un reclamo formal y pedir que el árbitro no vuelva a dirigir al “Decano”. La decisión ya está tomada. El comunicado también. Y la respuesta llegó incluso antes de que el expediente exista ya que Pablo Toviggino, tesorero de la AFA, utilizó sus redes sociales para chicanear a Mario Leito con su tono desafiante que ya se volvió marca registrada.
Atlético entra así en un territorio incómodo. En el último tiempo varios clubes cuestionaron decisiones arbitrales o políticas de la casa madre del fútbol argentino. Cada uno tuvo su propia historia. Ninguno salió igual.
El caso más reciente y contundente fue el de Godoy Cruz. El club mendocino protagonizó un conflicto institucional que derivó en sanciones deportivas. Tras la agresión a un juez de línea durante un partido, el Tribunal de Disciplina le quitó tres puntos, le aplicó una multa económica y lo obligó a jugar seis partidos sin público. La dirigencia intentó defender su postura, cuestionó la proporcionalidad del castigo y buscó revertir la sanción por vías formales. No alcanzó. El golpe impactó en la tabla y el equipo terminó descendiendo. El desenlace fue irreversible.
En Córdoba, Talleres transitó otro camino. Andrés Fassi llevó su enfrentamiento con la AFA a un plano frontal. Denunció irregularidades institucionales, cuestionó el arbitraje y hasta recurrió a la Inspección General de Justicia. La respuesta fue una suspensión de 24 meses que lo dejó fuera de su cargo. Eso sí, tiempo después el dirigente retrocedió, ofreció disculpas públicas y el Tribunal terminó dando por cumplida la sanción antes de tiempo. El conflicto tuvo consecuencias, y el desenlace llegó recién después de un gesto de conciliación.
Estudiantes de La Plata vivió un proceso diferente. El club encabezado por Juan Sebastián Verón se enfrentó con la conducción de la AFA en medio de disputas políticas, sanciones y cruces públicos. El presidente fue suspendido por seis meses y el plantel recibió castigos disciplinarios. La pelea fue abierta y sin matices. Sin embargo, el cierre fue glorioso. Estudiantes avanzó en el torneo, eliminó rivales en partidos contra “equipos del poder” y su clásico rival, y terminó consagrándose campeón.
Banfield protagonizó una versión más breve, fugaz. Su presidente, Matías Mariotto, cuestionó duramente un penal cobrado en contra y dejó entrever sospechas sobre el arbitraje. La respuesta desde la AFA llegó rápido y el dirigente dio marcha atrás en cuestión de horas. Publicó un mensaje en el que pidió disculpas y aseguró que continuaría trabajando junto a la entidad. El conflicto duró un día.
Cada antecedente dejó una enseñanza distinta. Reclamar puede derivar en sanciones, en rectificaciones forzadas o en caminos que no alteran el rumbo deportivo. Pero nunca pasa inadvertido.
También dejó al descubierto otra lógica del fútbol argentino. Los clubes suelen pelear en soledad. Cuando el conflicto es ajeno, abundan los silencios o los gestos de alineamiento con la conducción. Cuando Estudiantes enfrentó a la AFA, la mayoría se mantuvo al margen o tomó distancia. Cuando Talleres cuestionó la asamblea, la reacción dominante fue la indiferencia o la ironía. Las posturas institucionales aparecen cuando el golpe es propio. Mientras tanto, el sistema se sostiene sobre equilibrios frágiles y conveniencias cambiantes.
Atlético llega a este punto con un historial propio. El malestar con Espinoza no nació el viernes. Leito ya había cuestionado fallos anteriores y hasta había revelado que el árbitro les había dicho que era “memorioso”. La sensación interna es que el partido contra Instituto fue el límite.
El plantel acompañó la postura institucional. Lautaro Godoy habló de un golpe al trabajo de toda la semana. Leonel Di Plácido aseguró que Espinoza no es la persona adecuada para dirigir al equipo. Hugo Colace eligió la cautela, aun así el mensaje ya estaba instalado.
El reclamo no busca modificar el resultado ni abrir una causa extraordinaria. Atlético quiere que Espinoza no vuelva a arbitrar sus partidos. El conflicto, sin embargo, excede ese punto. Es un gesto político en un sistema en el que la relación entre clubes y la AFA suele manejarse en privado.
La reacción de Toviggino sumó un componente adicional. Su publicación anticipó el clima que rodeará la presentación formal. No es la primera vez que utiliza las redes sociales para responder a quienes cuestionan decisiones arbitrales. Tampoco es casual.
El “Decano” llega a este momento con una convicción y un interrogante. La convicción es que el daño ya está hecho. El interrogante es qué vendrá después. Los antecedentes muestran que cada club escribió su propio final. No hay un patrón único.
El reclamo será presentado y la pelota pasará al escritorio de la AFA. A partir de ahí, el desenlace dependerá de una estructura que rara vez expone sus decisiones antes de tiempo. Atlético eligió hablar. Y en el fútbol argentino, eso nunca es un gesto menor.






















