SUPERIORIDAD. El mendocino Sarelli dominó las alturas durante los lines. Marcos Harispe / Comunicación Peñarol
Para Uruguay, la “garra” es un patrimonio cultural. Un símbolo deportivo que evoca la braveza de los charrúas: entrega, valentía, resistencia y lucha ante la adversidad. A lo largo de la historia, muchos equipos orientales supieron representarla a la perfección: desde el Maracanazo de 1950 hasta las proezas de Peñarol en el Súper Rugby Américas, el primer tricampeón del torneo. Pero anoche la “garra” cambió de color. Aunque haya sido por 80 minutos en el estadio Charrúa, no fue celeste ni aurinegra, sino que se tiñó de “naranja”. Tarucas mostró un rugby fluido, impuso su superioridad en las formaciones fijas y se llevó un triunfazo por 28-18, quedando a un paso del punto bonus.
El espíritu del equipo de Álvaro Galindo es inquebrantable. Los planes pueden salir bien o mal, pero lo que no escasea es la actitud. Y no se casa con un solo plan de partido: si necesita fluidez, mueve la pelota; si hay que ensuciarse, va al contacto; si el duelo se vuelve estratégico, explota cada formación fija. Esa inteligencia lo llevó a conseguir su segundo triunfo consecutivo. Es cierto: Peñarol atraviesa un proceso de recambio, con muchas caras jóvenes. Pero su legado obliga al respeto. Aunque Tarucas ya sabía lo que era ganar en esas tierras: el año pasado se impuso en Montevideo por 35-28.
La apuesta de Tarucas estaba clara desde el primer minuto: sumar como fuera. No es casualidad que, en el primer penal (a los tres minutos), Ignacio Cerrutti haya decidido patear a la “H”. Y, sobre todo, que muchas de las decisiones posteriores hayan ido en ese mismo camino. Para ganar, hay que sumar. Y Tarucas entendió que no podía regalar ninguna ventaja en el marcador.
Peñarol, en tanto, necesitaba cambiar la imagen que había dejado ante Capibaras. Y durante el arranque del primer tiempo pareció un equipo mucho más maduro respecto de su presentación anterior: aprovechó un line cerca del ingoal de Tarucas y el octavo Manuel Diana -que hacía su estreno en esta edición del torneo- comandó el maul y apoyó el primer try del partido. La noche, sin embargo, empezaba a mostrarle un enemigo a los uruguayos: las imprecisiones. No solo en la patada de Justo Ferrario a la “H”, que falló la conversión, sino también en las pérdidas en el line y en el scrum. Esa ineficiencia en la obtención comenzó a inclinar el desarrollo.
Tarucas no sintió el golpe. No cambió. Había sufrido una sorpresa, pero eso no alteraba sus convicciones. Parecía un equipo maduro, consciente de que las victorias se construyen con tiempo, frialdad y esfuerzo. Y, poco a poco, empezó a apropiarse de esa “garra” que históricamente fue oriental.
Las secuencias hablaron por sí solas. El try de Matías Orlando nació a partir de un gran kick de Bautista Estofán; y la segunda conquista surgió tras otra patada, esta vez de Cerrutti, quien puso un pase preciso para que Mateo Pasquini ganara metros y luego Estanislao Pregot anotara. En pocos minutos, Tarucas expuso una amplia gama de recursos: fluidez, visión, crecimiento colectivo y, sobre todo, experiencia en la utilización de los espacios.
No todo fue perfecto. Tarucas es un equipo maduro, pero todavía comete ciertos errores propios de las primeras fechas: la disciplina sigue siendo un punto a corregir. Muchos penales, demasiadas concesiones. Y, al igual que en su debut, volvió a salir airoso porque el rival no supo capitalizar esas oportunidades. Hubo, además, momentos de desatención que se tradujeron en puntos para Peñarol. Manuel Ardao, uno de los experimentados jugadores uruguayos con recorrido mundialista, anotó un try que caracteriza a la picardía rioplatense: con el pie salió jugando a metros del ingoal después de que el árbitro cobrara un penal, sorprendió a los defensores “naranjas” y apoyó una conquista que mantenía con vida a los locales. Tarucas había dejado que los uruguayos tuvieran un atisbo de esperanza en vez de encaminar definitivamente la historia.
El segundo tiempo no cambió la tónica. Tarucas dominaba; Peñarol resistía. El campo fue escenario de un duelo de aperturas entre Cerrutti y Ferrario, que pusieron a prueba su efectividad hacia los palos a través de los penales. El equipo de Galindo, sin embargo, seguía en búsqueda de ese try que diera aire, que aportara tranquilidad. Y llegó a través de una conexión concepcionense: Orlando habilitó y Tomás Dande apoyó el tercer try de Tarucas. Luego Cerrutti selló el 28-18.
Los minutos finales no alteraron el libreto. Tarucas buscó el try del punto bonus por diferentes vías. Miguel Mukdise se quedó a las puertas, trabado por la defensa aurinegra. No llegó el cuarto, pero sí quedó algo más importante: la confirmación de un carácter competitivo que no negocia.
En Uruguay, la “garra” es tradición. Anoche fue apropiación. Tarucas no la pidió prestada: la ejerció. Y en el estadio Charrúa, la historia no cambió de identidad. Cambió de color y se tiñó de “naranja”.























