.VOLVER A CASA. Después de pasar varias noches en la ruta, los habitantes regresan a sus hogares para evaluar los daños y empezar a rearmarse. LA GACETA / FOTOS DE MATÍAS VIEITO
Heladeras tiradas en el piso, colchones inservibles, juguetes desparramados en las calles, placares destruidos. En la localidad de La Madrid, el agua comenzó a retirarse y dejó al descubierto una escena marcada por el barro, objetos arruinados y las huellas de una de las inundaciones más duras que recuerdan los vecinos.
Después de varios días de angustia y de haber pasado noches enteras a la intemperie, ayer muchos habitantes comenzaron a regresar lentamente a sus hogares para evaluar los daños y comenzar las tareas de limpieza.
“El agua prácticamente abandonó la localidad en un 90% y la gente empieza a desarmar sus tiendas provisorias en la ruta para el retorno”, explicó Ramón Imbert, titular de la Dirección de Defensa Civil de Tucumán e integrante del Comité de Emergencia de la Provincia.
Según detalló el funcionario, los equipos provinciales trabajan ahora en la limpieza y desinfección de los sectores más afectados, con intervenciones organizadas por zonas para que las casas vuelvan a estar en condiciones habitables.
Para la mayoría de los vecinos, el regreso se produjo después de tres noches durmiendo al costado de la ruta, donde se habían refugiado para escapar de la crecida. El retorno, sin embargo, estuvo lejos de ser un alivio pleno: en el pueblo predominaban la tristeza, el descontento y la sensación de incertidumbre. Muchos habitantes siguen mirando hacia el río y al cielo con desconfianza, conscientes de que cualquier tormenta fuerte podría volver a ponerlos en riesgo.
LOS RESTOS. Con baldes, los vecinos intentan sacar el agua de sus casas.
Romina, una madre de 32 años que logró rescatar apenas algunas pertenencias de su vivienda, resumió el sentimiento que se repetía entre los pobladores: “¿qué futuro les podemos dar a nuestros hijos acá?”.
Las inundaciones no son un fenómeno nuevo para La Madrid, pero para ella y su familia fue la primera experiencia de este tipo. Se mudaron al pueblo hace tres años por trabajo y, aunque destacan la solidaridad entre los vecinos, el temor al río se volvió una constante.
Romina cuestionó la falta de obras y la escasa presencia estatal. “El delegado brilló siempre por su ausencia en este pueblo”, afirmó. También explicó que muchas veces son los propios vecinos quienes limpian los canales para permitir el drenaje del agua. “Espirales no necesitamos. Lo que necesitamos son obras”, resumió.
En medio del barro
La escena se repite en distintas calles del pueblo: vecinos caminando con dificultad entre barro, restos de aceite, muebles desplazados por la corriente y marcas de agua que superan el metro y medio de altura en las paredes.
LIMPIEZA. Los habitantes usan lavandina y haraganes para higienizar la casa.
Entre quienes regresaron está Julio Cardozo, un jubilado de 65 años. “Me evacué el martes. Dormí tres noches en la ruta”, contó mientras caminaba hacia su casa. Julio todavía no sabía con exactitud cómo estaba su vivienda. Solo había escuchado que la cocina y varios electrodomésticos estaban bajo el agua. Al llegar, lo primero que hizo fue abrir las puertas para ventilar y asegurarse de que no hubiera peligros dentro. Entre los problemas que encontró, relató, apareció incluso una víbora dentro del inmueble.
“Lo primero es limpiar todo para poder entrar y dejar la casa en condiciones”, explicó.
ANEGADAS. Muchas calles del pueblo aún continúan inundadas.
El agua había volteado la heladera, la cocina y otros muebles, que quedaron desplazados por la fuerza de la corriente. Muchos objetos estaban sobre mesas o en lugares altos, donde el jubilado había intentado protegerlos antes de evacuar.
Julio asegura que la situación le recordó a la inundación de 2017, aunque cree que esta vez la cantidad de agua fue aún mayor. En su caso, vive junto a su hermano enfermo, a quien debió trasladar para evitar que quedara expuesto a la humedad, los insectos y las condiciones sanitarias que dejó la inundación.
La experiencia, dice, se repite una y otra vez. “Ya estamos hechos a esto. Es la tercera inundación que me toca vivir”, comentó.
Mientras intenta ordenar su casa, aún sin luz ni agua corriente, Julio piensa en lo que se necesita de inmediato para poder volver a habitarla. “Hace falta lavandina, detergente, cosas para limpiar todo”, explicó.
La preocupación no es solo por los daños materiales, sino también por las consecuencias sanitarias. Muchos vecinos estuvieron expuestos durante días a la intemperie y ahora deben convivir con humedad, barro y residuos acumulados.
Quedarse o irse
Cada vez que ocurre una inundación vuelve a aparecer el mismo debate: la posibilidad de trasladar el pueblo a otro lugar menos vulnerable. O están las familias que piensan en mudarse. Como la de Luis, que vive a pocos metros de la plaza. “No dan ganas de quedarse; esto nunca va a cambiar. Con la naturaleza es imposible. No sé qué pasa; estamos en un lugar bajo”, dice el hombre de 60 años, con lágrimas en los ojos.
Julio, por su parte, no lo duda: “yo me quedo en La Madrid”. Su decisión tiene varias razones. Por un lado, su vida está arraigada allí. Por otro, están los animales y el esfuerzo de toda una vida invertido en la vivienda. “Ya somos grandes para empezar de nuevo en otro lado”, resume.
Alerta amarilla: se esperan nuevas lluvias para hoy
El titular de la Dirección de Defensa Civil de Tucumán, Ramón Imbert, advirtió que partir de hoy tenemos una alerta amarilla del Servicio Meteorológico Nacional. “A la madrugada estaremos cotejando diferentes informaciones. Se esperan precipitaciones, sobre todo en la parte de montaña. Hay que estar atentos para ver cómo se manifiestan esas lluvias”, dijo.
Una de las situaciones que observan con atención es lo que ocurre a la vera del Río Salí, donde se evacuaron en forma preventiva las familias que viven en casa ubicadas hasta 150 metros del cauce del río, en los barrios 140 Viviendas, 40 Viviendas, 200 Viviendas y Soldado Tucumano.























