LA FICCIÓN. Casi siempre funciona como una fuga de la realidad, para poder soportarla. LA FICCIÓN. Casi siempre funciona como una fuga de la realidad, para poder soportarla.
Hace 17 Hs

Por José Gabriel Ceballos

Para LA GACETA - CORRIENTES

Si algo divide aguas en la literatura de ficción es la vieja controversia sobre la importancia de la forma -el cómo se cuenta - y la del contenido -el qué se cuenta-. Para Piglia, por dar un nombre, la prioridad la tendría la forma, la cual le daría el sentido final a la obra narrativa.

Yo, modestamente, creo que se trata de una discusión descaminada, típica de los teóricos que tienden a hablar de literatura mediante abstracciones y generalizaciones, y que todo depende de cada caso concreto. Si el Ulises de Joyce atrae fundamentalmente por la forma, no se puede negar que el Quijote es casi pura anécdota. Y si en Borges hay un maestro de la forma, en especial del lenguaje y del estilo (que con la estructura y la técnica constituirían la forma), no menos cierto resulta que en general las historias de Borges poseen una potencia que las hace por sí mismas inolvidables. Piénsese en “La Intrusa”, en “El Aleph”, en “Funes el memorioso”. Algo semejante sucede con António Lobo Antunes: brilla, sobresale en ambos aspectos.

En todo caso, y puesto que en la controversia la balanza parece inclinarse hacia la prioridad de la forma, quiero hacer aquí una reivindicación del fondo, del contenido, y de su instrumento principal, la imaginación. Lo que valdrá para afirmar por lo menos que la prioridad de la forma se da en excepciones que están muy lejos de habilitar una generalización como la que al respecto hace Piglia.

Ocurre que la ficción casi siempre funciona como una fuga de la realidad. Porque ésta sabe tener una fealdad tal que nos impone salir por momentos de ella para poder seguir viviéndola, soportándola. Esos ingredientes están en la realidad para todos, incluso para aquellos privilegiados en cuanto a las posibilidades de experimentar placeres. Las pérdidas, la enfermedad, el tedio, las malas noticias, los desengaños, la vejez, y para qué decir la muerte (y se puede continuar mencionando fealdades hasta el infinito) alcanzan a todos, a reyes y a mendigos, a exitosos y a fracasados, a jóvenes y a ancianos, a tipos saludables tanto como a desahuciados. De ahí surge la necesidad de meterse en historias ajenas para “descansar” de la nuestra. Y ahí aparece esa especie de ventana que es la narrativa de ficción (literaria, cinematográfica, teatral, operística, etc.), por la cual el prójimo podrá asomarse a las historias ajenas que lo van a “oxigenar”. Una explicación que valdría también para el chisme. Claro que la realidad es lo suficientemente poderosa como para dificultar la evasión, por lo que las historias con las que pretendemos atrapar al lector deben ser lo bastante atractivas como para vencer dicho poder.

Desde ya que no desconozco la necesidad de trabajar la forma. Y trabajarla mucho, muchísimo, hasta la obsesión, incluso, porque eso facilitará el objetivo de mantener al lector fuera de la realidad, potenciará el contenido. Pero afirmar que la forma determina el mérito de la obra y por ende merece más atención que el qué vamos a contar me parece una tontería. Los lectores que compran un libro para zambullirse en la forma existirán, pero en un porcentaje demasiado exiguo para que pensemos en ellos. En su inmensa mayoría las personas que van a los libros de ficción buscan historias que las saquen de la realidad, aunque consistan en historias sacadas de la realidad, y que las mantengan fuera del mundo real con la máxima intensidad posible.

Mi maestro Juan José Manauta me enseñó a incorporar a mi rutina de escritor lo que él llamaba “sesiones de imaginación”. A procurar concentrarme en la imaginación, no hacer nada más que imaginar durante unos cuantos minutos con el fin de hallar buenas historias o desarrollar las halladas. Suelo realizar tales sesiones por la mañana bien temprano, cuando se supone que me encuentro más lúcido, y, desde luego, cuando no estoy pasando por una etapa de escritura. Claro que no siempre el ejercicio da frutos, por el contrario, no hay que olvidar que la pobrecita imaginación padece podas desde nuestra más tierna infancia, pero a la larga resulta: las buenas historias -o los gérmenes de buenas historias- se muestran, a veces en recuerdos de la realidad, a veces irrumpiendo en la pura imaginación de un modo misterioso, o consigo su desarrollo. Y seguramente, si después fracaso al llevarlas a la literatura deberé culpar a mis torpezas de escritor y no a ellas. Pero confiar sólo en la “inspiración” que actúa de manera imprevista y espontánea implica perder demasiado tiempo.

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José Gabriel Ceballos - Escritor. Su último libro es “El poeta del odio”.

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