La Madrid empieza a levantarse entre el barro y las pérdidas

La inundación se llevó todo. Casas convertidas en cementerios de lo que ahora son recuerdos. Emprendimientos destruidos y familias que vuelven a comenzar desde cero.

UN DURO REGRESO. La vuelta de los vecinos a sus casas, al retirarse la inundación, deja al descubierto las pérdidas materiales y de los recuerdos familiares. UN DURO REGRESO. La vuelta de los vecinos a sus casas, al retirarse la inundación, deja al descubierto las pérdidas materiales y de los recuerdos familiares.
15 Marzo 2026

El agua empieza a retirarse lentamente de las calles de La Madrid. Es un nuevo amanecer, después de otra inundación histórica que dejó a la localidad sumergida. Cerca del 80% de los vecinos intenta ahora retomar la rutina, aunque todos saben que lo que viene por delante será largo y doloroso.

La escena que quedó luego en el pueblo impacta incluso a quienes ya atravesaron inundaciones anteriores. Las viviendas parecen cementerios de objetos: muebles inutilizados, electrodomésticos destrozados, ropa embarrada y recuerdos familiares convertidos en restos irreconocibles.

Los semblantes de los vecinos dicen más que cualquier palabra. Muchos rompen en llanto apenas cruzan el umbral de sus casas. La inundación dejó vidrios rotos, macetones volcados y grandes electrodomésticos arrastrados como si su peso fuera el de una pluma. En algunas viviendas, muñecas de trapo y juguetes quedaron colgando de las rejas: son la señal silenciosa de hasta dónde llegó el agua. En cada pared, una línea de barro marca una altura que este pueblo difícilmente olvide.

No se salvó ninguna casa. Tampoco las capillas ni la iglesia. Por las calles de ripio también quedan las huellas silenciosas de animales muertos que la corriente arrastró durante los días más duros de la catástrofe.

Las familias que lograron ingresar a sus viviendas trabajaban contra reloj. El objetivo es  sacar el barro antes de que se endurezca y se vuelva imposible de remover. También urge la desinfección: los pozos de baño se rebalsaron después de permanecer cubiertos por casi dos metros de agua durante varios días.

Volver a casa

Para muchos vecinos, regresar fue enfrentar una escena que no estaban preparados para ver. La primera imagen que tuvo Dener Pérez al abrir la puerta de su barbería fue la de su emprendimiento reducido a escombros. “Tenía todo nuevo”, dijo con resignación.

El sillón de corte, los puff, las máquinas y los muebles quedaron arruinados. Hacía apenas dos meses que había comenzado a trabajar en ese local ubicado a pocos metros de la plaza.

Dener, que durmió dos noches en la ruta al igual que muchos de sus vecinos, decidió volver a su local el jueves para ver qué había quedado en pie. El agua todavía superaba el metro de altura, pero igual entró.  Con la vista clavada en lo poco que quedó dentro del negocio, repite una preocupación que comparten muchos vecinos: “me preocupa recuperar las cosas”.

La escena fue igual de dura para Daniel Alberto Morán, que volvió a su casa junto a su familia y encontró un panorama devastador. “Todo tirado. Nada para rescatar”, resumió con pocas palabras. La sensación es doblemente amarga. En 2017 ya habían atravesado una inundación y pensaron que algo así no volvería a repetirse con esa magnitud.

“Esta inundación fue la mayor de todas”, dijo. En su vivienda también funcionaba un pequeño taller de motos. El agua no distinguió entre hierro y circuitos eléctricos: algunas herramientas quedaron inutilizadas y otras se transformaron directamente en chatarra.

Para Andrés Morán, el barro es ahora el enemigo más difícil de combatir. Antes de abandonar su casa había subido sus pertenencias lo más alto posible.  Pero ni siquiera eso alcanzó.

Pasó parte de la madrugada alumbrándose con una linterna, alerta por los rumores de saqueos que corrían entre los vecinos. En la oscuridad, en un tramo de apenas 200 metros, se escuchaban silbidos que iban y venían entre el agua y las sombras.

En medio de la tragedia, algunos vecinos también tuvieron que enfrentar robos.

A Antonio Pérez le robaron una garrafa y un televisor durante las primeras horas del viernes.

“Violaron un candado que tengo”, contó mientras, pala en mano, retiraba el barro de su casa. Intentó anticiparse a la llegada del agua levantando su pesada heladera sobre la mesa del comedor, pero la inundación superó incluso esa altura. “La cama y el colchón están desintegrados. Totalmente”, dijo.

Tristeza, impotencia y bronca aparecen mezcladas en sus palabras, las mismas emociones que se repiten en cada casa del pueblo. Entre el barro, el silencio y los recuerdos arruinados, los vecinos intentan levantarse otra vez.

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