A 50 años del golpe de Estado: el crimen de Santillán y la renuncia de Isabel que no fue

LA TAPA DE LA GACETA. El título reflejaba la incertidumbre reinante aquel lunes 22 de marzo. Debajo, la noticia sobre Atilio Santillán. LA TAPA DE LA GACETA. El título reflejaba la incertidumbre reinante aquel lunes 22 de marzo. Debajo, la noticia sobre Atilio Santillán.

A las 12.30 del lunes 22 de marzo de 1976 un grupo de desconocidos -tres hombres y una mujer- ingresó a las oficinas que la Fotia (Federación Obrera Tucumana de la Industria Azucarera) tenía en Buenos Aires y asesinó al secretario general del gremio, Atilio Santillán. La noticia paralizó a los tucumanos, al punto de desplazar momentáneamente del debate público al inminente golpe de Estado, del que se hablaba en todo el país.

Fotia publicó un aviso a toda página en LA GACETA del día siguiente. El texto era contundente: “Los trabajadores azucareros lloramos un nuevo mártir. El compañero Atilio Santillán, siguiendo la ruta de Manuel de Reyes Olea, Hilda Guerrero de Molina y tantos otros -víctimas anónimas de la reacción- cae abatido por cobardes asesinos en aras de su ideal justicialista. Pero la voz de nuestro secretario general no será acallada...” La solicitada consignaba la necesidad de poner la industria azucarera “al servicio de los intereses populares y el progreso nacional” y llamaba “a desoír a los sembradores del odio y el caos que quieren sumir a la patria en la dependencia y la ignominia”.

El crimen fue una noticia de altísimo impacto nacional, tratándose de una figura con mucho peso partidario y sindical. Y mucho más en Tucumán, en tiempos en los que Fotia constituía un factor de poder determinante. Santillán se sumaba así a la larguísima lista de víctimas de una violencia política descontrolada, desatada por derecha y por izquierda ante un Gobierno débil y carente de respuestas para frenarla.

La consecuencia de esa anomia era la asonada que preparaban las Fuerzas Armadas. La pregunta a esa altura no era si habría golpe, sino cuándo se perpetraría y cuáles serían sus características. Faltaban sólo 48 horas para la conclusión de la cuenta regresiva.

Ese lunes se convocó a una reunión de urgencia en la Casa Rosada, a la que asistieron la plana mayor del Gobierno y las principales espadas del peronismo. Antes del cónclave un rumor circulaba casi como una certeza: la presidenta María Estela Martínez de Perón estaba lista para renunciar. Esto podría descomprimir la crisis y derivar en alguna suerte de coalición de unidad nacional como la que reclamaba Álvaro Alsogaray.

Nada de eso sucedió. Al cabo del encuentro el mensaje fue el que las Fuerzas Armadas querían oír: Isabelita se mantenía firme en el cargo, con el respaldo pleno del PJ. Quedaba liberado el camino al golpe, sin la potencial interferencia de un pacto político-social multipartidario (con la viuda de Perón fuera de escena), que obligara a los militares a revisar o a dilatar la toma del poder.

La cuestión es que mientras los dirigentes deliberaban en la Casa Rosada, la suerte estaba echada. Bien informados, numerosos senadores y diputados nacionales habían sido vistos durante la tarde retirando sus pertenencias y documentación de las oficinas del Congreso. Al mismo tiempo, los jefes del Ejército, de la Armada y de la Fuerza Aérea disponían el acuartelamiento en todas las unidades, mientras se movilizaban tropas en bases estratégicas.

Presintiendo lo que se venía en cuestión de horas, algunos dirigentes optaban por una salida prematura -y a tiempo- del país. El propio secretario general de la CGT, Casildo Herrera, viajó a Montevideo con la excusa de una reunión del gremialismo internacional. El diálogo que mantuvo con un periodista uruguayo quedó en la historia. “¿Qué pasa en Buenos Aires, Herrera”, le preguntaron. Y respondió: “Ah, no sé. Yo me borré”.

Apenas un puñado de horas de vida le quedaba a aquella etapa de la sufrida democracia argentina.

Producción periodística: Guillermo Monti

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