OBRA. La de Carlos Alsina es considerada la primera pieza que aborda el tema del Golpe de Estado.
Los 50 años del golpe de Estado de 1976 permiten revisar distintos aspectos de una era signada por la crueldad. En ese marco, el teatro argentino fue la vanguardia de la reacción artística a la dictadura militar en términos colectivos y respuesta masiva de público, en tiempos en que la música popular nacional, la televisión y el cine estaban fuertemente restringidos con censura directa y otras expresiones, limitadas a ciertos sectores de la sociedad.
El abordaje escénico de la realidad en los '70 había encontrado un espacio marginal en los café concert donde se daba cita un público que buscaba hablar de lo que no circulaba en las salas comerciales ni oficiales. Mientras tanto, los grupos independientes y los autores nacionales buscaban formas expresivas que, jugando con los símbolos, la elipsis y las metáforas, permitiesen eludir la prohibición, llegar al estreno y mantenerse en cartelera, en especial hacia el final de la década.
En 1981, esa ebullición latente tuvo un punto de quiebre. Tras la respuesta el año anterior del director del porteño teatro San Martín, Kive Staiff, a la pregunta de que no programaba obras nacionales (“¿De qué autores? Si no hay autores argentinos”, contesta), se produce un movimiento liminar: Teatro Abierto, una experiencia que comenzó en julio de 1981, rompió moldes y superó incluso el atentado que incendió el Teatro Del Picadero donde se presentaban las 20 obras breves que rotaban en escena (tres por día, todos los días de la semana). En su desarrollo, las obras que se estrenaron tocaron aspectos centrales de la vida cotidiana, como la ruptura de las relaciones, la violencia física y las detenciones ilegales (en lo específico, ver “Obras clave”), en un ciclo que tuvo ediciones posteriores hasta 1985.
Al año siguiente de la primera experiencia, fue la Guerra de Malvinas y comenzó la etapa final de una dictadura que ya estaba en declive, aunque, la represión a lo intelectual seguía desplegada. Sin embargo, la primera barrera ya había sido rota y proliferaron recitales de artistas prohibidos e incluso regresos de quienes se debieron refugiar en el exterior (como Mercedes Sosa).
Un trabajo colectivo
En ese contexto, Tucumán volvió a marcar su presencia en la insurgencia de las ideas y la representación de lo que se vivía con una obra teatral emblemática, que incluía poner en escena la figura del detenido desaparecido, vedada oficialmente.
“Un brindis bajo el reloj” se estrenó en junio de 1982 en el Teatro Sala Metropol, en el hotel homónimo, con un texto coescrito entre Carlos Alsina y Gustavo Geirola, con la dirección de este último. Alsina componía uno de los personajes, acompañado por Daniel Morelo, Cuca Navajas y Gabriela Abad, quienes conformaban el grupo Teatro de Hoy (nombre que ya era una declaración de principios).
RECUERDO. Una imagen de la obra en baja calidad, de las pocas que existen hoy.
La obra es considerada el primer abordaje a la tragedia de la desaparición forzada de personas desde el personaje de Marcos, quien “convoca, desde un plano fantástico, a sus excompañeros de militancia para realizar un brindis de reencuentro; cada uno asume un rol representativo de las distintas posiciones tomadas durante la dictadura militar: el exilio, la alienación de quien que había perdido la razón, el aislamiento y la coherencia”, según el sitio https://www.carlosalsina.com/dramaturgia.htm. Al final del espectáculo, se realizaba un debate con el público, con el propósito de que la palabra circule.
“Estuvo concebida como una metáfora de la represión y del proceso histórico en el que se produjo, y se estrenó durante la dictadura. En ese momento, la censura operaba contra toda expresión artística que la cuestionase. Escribir teatro en esa época, y más aún en Tucumán, uno de los lugares del país más castigados por la violencia del terrorismo de Estado, no era simple”, recuerda Alsina en diálogo con LA GACETA, desde Italia donde está radicado la mitad del año.
- ¿De qué forma se desarrollaba la obra?
- El texto estaba estructurado en tiempos fragmentados, no cronológicos. Se representaba un recorrido por la memoria de cuatro personajes. El desaparecido citaba a los que habían sobrevivido a un brindis “bajo el reloj” del tiempo. Esta situación mágica los reunía nuevamente y, juntos, recomponían y sacaban conclusiones sobre lo que les había pasado como generación y cómo se había transformado la vida de cada uno a partir de la muerte y la represión.
- ¿De qué manera trabajaron con Gustavo?
- Charlando definimos la trama y nos adjudicamos escenas a escribir, en forma independiente. Luego, al ensayarla, ajustamos y unificamos un estilo dramatúrgico único.
- ¿Cómo se implementaba la censura en lo local?
- Entre otras formas, la Dirección de Cultura Municipal pedía los libretos y los autorizaba o los censuraba. No se podía decir en el escenario la palabra ‘sindicato’, por ejemplo. Por ello fue necesario darse maña para construir un texto que expresara lo que deseábamos trasmitir: un primer balance de un momento histórico muy desgarrador.
- ¿Cuál es la importancia del arte como expresión de un inconsciente social?
- Para expresar las tragedias de los pueblos, es fundamental pues al dolor personal se une al dolor social y ello explota en la obra artística. En el caso de “Un brindis...”, la tragedia de toda una generación se expresó en las características de los personajes elegidos, incluyendo al que había soportado la pesadilla de la dictadura abandonando sus ideales. Y eran convocados a un espacio y a un tiempo imaginario a brindar por la esperanza.
- Al finalizar cada función, la palabra circulaba entre el público y los artistas...
- Sí, decidimos hacer debates después de cada función. La guerra de Malvinas estaba terminado y la dictadura empezaba a debilitarse. La gente se quedaba y opinaba desahogándose y con sumo fervor.
- ¿Cómo se vivía esa época?
- Un poco antes, días previos del estreno de dos obras breves (“Contrapunto”, que escribí yo, y “El paraíso de las hormigas”, de Geirola) con Moreno participamos de la primera gran marcha nacional contra la dictadura, el 30 de marzo de 1982. En Tucumán se programó una manifestación que debía ir de la plaza Yrigoyen a la plaza Independencia por Congreso. Estaba previsto detenerse frente a la Casa Histórica y cantar allí el Himno Nacional. Cuando sucedió, la Policía nos cercó y comenzaron las detenciones. Con Daniel teníamos ensayo esa noche, y nos refugiamos en un local -creo que era una agencia de viajes-. Los empleados, solidariamente, dejaron que nos sentáramos detrás de sus escritorios para simular que trabajábamos ahí. A los pocos minutos entraron policías de civil a controlar. Miraban los zapatos de los presentes ya que, en ese entonces, no era creíble ir a trabajar en zapatillas. Daniel tenía puestas unas zapatillas blancas y lo arrestaron. Yo, afortunadamente, tenía mocasines y me salvé por esa simple razón (aún conservo en el armario de casa, como recuerdo, esos mocasines “salvadores”). Corrí hasta la sala del Metropol, dónde ensayábamos, para decirle al resto del elenco lo que había pasado. Con Cuca tomamos un taxi de inmediato y fuimos a la casa de la mamá de Daniel para avisarle. Afortunadamente, horas después, lo liberaron. Y esa noche, ya tarde, no dejamos de ensayar. Ese era el clima del momento que vivíamos.
















