Por qué cuesta hacer amigos en la adultez: los tres errores más comunes, según un psicólogo
Sentirse solo en la adultez es algo cada vez más común. Aunque todos sabemos que la amistad hace bien a la salud mental, muchos adultos notaron que armar y sostener vínculos profundos cuesta mucho más que en la época de la escuela.
En la juventud, las estructuras sociales facilitaban que nos hiciéramos amigos de forma espontánea. Pero con los años, las prioridades cambiaron: el trabajo, las mudanzas y las nuevas responsabilidades desgastaron esas relaciones de siempre.
Los tres obstáculos de la amistad en adultos
Un análisis del psicólogo Mark Travers publicado en Forbes señaló las razones que explican este fenómeno:
- El primer gran problema es que nos acostumbramos a esperar que el otro dé el primer paso. Cuando éramos más jóvenes, éramos menos cautelosos, pero de grandes nos volvimos más reservados y solemos creer que con cruzarnos a alguien en la oficina o el gimnasio ya alcanza para conectar. Para solucionarlo, Travers propuso que nos sumemos a actividades con personas que compartan nuestros intereses, como talleres o eventos comunitarios, y que arranquemos conversaciones con interés genuino. Según los especialistas, incluso las charlas casuales con desconocidos en la calle ayudan a que nos sintamos parte de la sociedad y mejoran nuestro bienestar.
- El segundo obstáculo tiene que ver con nuestra falta de flexibilidad en las expectativas. De chicos nos veíamos todos los días, pero ahora las agendas y las prioridades mandan. La clave acá no es la cantidad de tiempo, sino la calidad. Los estudios confirmaron que los gestos simples y regulares, como mandar un mensaje de texto, hacer una llamada ocasional o tener un pequeño detalle, valen mucho más que la exigencia de vernos presencialmente de manera continua.
- Por último, el tercer error común es intentar controlar los aspectos de la relación que se escapan de nuestras manos. Muchas veces mantenemos expectativas silenciosas: queremos que nos respondan rápido los mensajes, que nos incluyan siempre o que tengan la misma actitud que nosotros. Cuando eso no pasa, nos decepcionamos y la relación se debilita. Buscar que los amigos sean un reflejo exacto de nosotros mismos solo trae frustración.
En definitiva, la clave para construir relaciones adultas profundas reside en estar presentes y tener apertura al cambio. Si dejamos de lado la rigidez, somos amables, tomamos la iniciativa y entendemos los límites del otro, vamos a lograr esas amistades auténticas capaces de acompañarnos en todas las transformaciones de la vida.























