Juan A, González
Ex secretario de Ambiente de la Provincia
Los datos oficiales sobre la quema de vegetación en la provincia entre 2009 y 2025 muestran una fuerte variabilidad interanual, con años extremadamente críticos y otros de menor impacto. Sin embargo, el dato más preocupante es que, aun cuando existe una tendencia descendente respecto de los peores años, la superficie quemada sigue manteniéndose en niveles muy elevados. Es decir, estamos frente a un problema estructural.
Entre 2009 y 2013 se registraron los valores más elevados de superficies quemadas en Tucumán. En 2009 se incendiaron 111.250 hectáreas, en 2010 la cifra ascendió a 138.000 hectáreas, mientras que en 2012 y 2013 se contabilizaron 111.250 y 119.860 hectáreas respectivamente. Estos números reflejan un período en el que la quema de cañaverales y vegetación se encontraba fuertemente extendida y aparentemente sin control.
En 2014 y 2015 se produjo una disminución significativa, registrándose 38.842 y 28.500 hectáreas quemadas respectivamente. Sin embargo, esta tendencia favorable no logró consolidarse. En los años siguientes las superficies incendiadas volvieron a incrementarse rápidamente: 52.300 hectáreas en 2016, 68.540 en 2017 y 86.500 en 2018. En apenas tres años, la cantidad de hectáreas quemadas prácticamente se triplicó respecto del mínimo registrado en 2015, evidenciando la persistencia del problema.
El año 2020 volvió a marcar un escenario crítico, alcanzándose nuevamente un valor extremadamente elevado de 112.250 hectáreas quemadas. Este dato demuestra que las mejoras observadas en determinados períodos no lograron consolidarse como una política permanente ni modificar de manera estructural la problemática.
Posteriormente se observa otra reducción relativa, aunque todavía en niveles preocupantes: 69.000 hectáreas en 2021, 79.100 en 2022, 38.900 en 2023, 54.000 en 2024 y 49.100 hectáreas en 2025. Si bien estas cifras resultan inferiores a las de los años más críticos, continúan evidenciando que la quema de vegetación sigue teniendo una magnitud considerable en la provincia. Quemar alrededor de 50.000 hectáreas por año no puede considerarse un éxito ambiental ni sanitario teniendo en cuenta que en 2024 y 2025 se quemaron 18 y 16 hectáreas por cada 100 ha cultivadas, lo que significa una alta inyección de gases nocivos a la atmósfera. Desde el punto de vista ambiental y sanitario, incluso los años “bajos” representan enormes volúmenes de humo y emisiones contaminantes. Cada hectárea quemada libera dióxido de carbono, monóxido de carbono y partículas PM2,5, que afectan directamente la salud humana y la calidad del aire, según los datos del Laboratorio de Contaminantes Atmosféricos del Conicet y estudios de profesionales médicos de las Universidad Nacional de Tucumán.
Políticas de prevención
Los datos numéricos muestran que las políticas de prevención parecen haber logrado reducir los grandes picos extremos, pero no resolver el problema de fondo. Otro aspecto importante es que no existe una reducción sostenida y continua en el tiempo. Por el contrario, los datos muestran avances y retrocesos permanentes. Esto sugiere: falta de continuidad en los controles, debilidad en las sanciones, dependencia de condiciones climáticas, persistencia de prácticas culturales históricas, y ausencia de una transformación estructural del sistema productivo.
Además, el impacto real probablemente sea aún mayor, ya que muchas quemas menores, incendios de banquinas, pastizales y residuos agrícolas no siempre quedan completamente reflejados en las estadísticas oficiales.
Los datos también permiten extraer una conclusión importante: Tucumán todavía no logró romper definitivamente con la cultura de la quema. A pesar de los avances tecnológicos disponibles —como la cosecha en verde y el aprovechamiento energético del residuo cañero—, la práctica continúa formando parte del sistema productivo. Por eso, el desafío ya no pasa solamente por disminuir las hectáreas quemadas respecto de años excepcionales, sino por cambiar el paradigma: transformar residuos en biomasa, producir energía a partir de la malhoja y el bagazo, fortalecer controles, educar ambientalmente, y avanzar hacia una economía circular en la agroindustria azucarera.
El verdadero objetivo debería ser que las futuras generaciones de tucumanos dejen de asociar la zafra con humo, cenizas y contaminación.















