06 Junio 2004
Cualquiera es escritor si le ha sido dado el talento necesario para serlo, pero lo que vale es ser escritor sin talento, un oscuro individuo que escribe por pura necesidad. Y no por necesidad del bolsillo, puesto que el individuo del caso harto conoce que nadie daría un centavo por sus papeles, sino porque privado de sus papeles él sentiría su ser extinguirse sin remedio.Todos debemos ganarnos el pan de cada día, pero el individuo del caso debe procurarse además el alimento que reclama su no saciado apetito de perduración. Y si lo busca en las palabras no es porque crea en la inmortalidad de las suyas -quede eso para los escritores laureados- sino porque hay en las palabras algo sustancialmente fijo, algo que el incesante curso del tiempo no arrastra consigo.
Porque no es verdad aquello de que a las palabras se las lleva el viento. O tal vez lo sea si se las considera como ruiditos en el aire o como garabatos en el papel, pero no en lo que tienen de transposición luminosa de una existencia que respira con trabajo sumida en la penumbra y el silencio. El resplandor de la palabra redime de esa dura paciencia, sin que importe el destino ulterior de las páginas engendradas: el olvido, el fuego, el metabolismo de las ratas.
Y es que la perduración de la palabra no es asunto de editores ni de publicistas; no significa la fama del que las profiere, ni su permanencia en la memoria de los hombres. Si sólo significara tales cosas, no bastaría a calmar el anhelo que mueve la pluma del individuo del caso. Porque al que jadea en lo hondo, ¿de qué le valen las galas de los premios? Esas lujosas distinciones, ¿no les son otorgadas acaso a quienes escriben para entretenimiento de veraneantes, o a quienes -aun con miras más altas- venden muchos ejemplares por mera facilidad de palabra? Pero si de algo carece el individuo del caso es de facilidad de palabra; por eso las suyas son pocas y han de ser alumbradas con dolor, aunque una vez redactadas luzcan gráciles y aéreas, como llovidas del cielo.
Más vale por cierto haber sido autor del Quijote, pero aun así, ¿qué añade esa condición a la de haber atinado con las voces que transfiguran la pobre materia del individuo del caso, estableciéndola en la luz? Ni la gloria póstuma, quizás no presentida por él, y que en todo caso obrará cuando él haya vuelto a ser barro, ni la notoriedad de los diccionarios lo rescatarán de sí mismo, sino la escondida transustanciación alcanzada por haber apalabrado su ser.
Eso es lo que mueve su pluma, un afán de levitación dirigido a sacar al individuo del caso de las miserias del tiempo, y que, si se logra, inscribe de inmediato sus oraciones en un Libro del todo ajeno a las humanas imprentas.
Por eso nada tiene de extraño que, llegado el momento, el individuo del caso se desentienda por completo de sus papeles; transpuestos en el Libro, han dado todo de sí y no valen ya más que un insecto, ni merecen mejor destino que el de los seres que se arrastran.Así se entiende el caso, verbigracia, de aquel individuo que en Praga escribía como quien rezara, y que, cumplida su hora, encargó la destrucción de sus páginas.
Vayan estas líneas en su homenaje, porque su acto ejemplar nos enseña a todos un secreto camino mediante el cual, validos de la palabra, podemos librarnos del caso que nos agrava la vida. (c) LA GACETA
Porque no es verdad aquello de que a las palabras se las lleva el viento. O tal vez lo sea si se las considera como ruiditos en el aire o como garabatos en el papel, pero no en lo que tienen de transposición luminosa de una existencia que respira con trabajo sumida en la penumbra y el silencio. El resplandor de la palabra redime de esa dura paciencia, sin que importe el destino ulterior de las páginas engendradas: el olvido, el fuego, el metabolismo de las ratas.
Y es que la perduración de la palabra no es asunto de editores ni de publicistas; no significa la fama del que las profiere, ni su permanencia en la memoria de los hombres. Si sólo significara tales cosas, no bastaría a calmar el anhelo que mueve la pluma del individuo del caso. Porque al que jadea en lo hondo, ¿de qué le valen las galas de los premios? Esas lujosas distinciones, ¿no les son otorgadas acaso a quienes escriben para entretenimiento de veraneantes, o a quienes -aun con miras más altas- venden muchos ejemplares por mera facilidad de palabra? Pero si de algo carece el individuo del caso es de facilidad de palabra; por eso las suyas son pocas y han de ser alumbradas con dolor, aunque una vez redactadas luzcan gráciles y aéreas, como llovidas del cielo.
Más vale por cierto haber sido autor del Quijote, pero aun así, ¿qué añade esa condición a la de haber atinado con las voces que transfiguran la pobre materia del individuo del caso, estableciéndola en la luz? Ni la gloria póstuma, quizás no presentida por él, y que en todo caso obrará cuando él haya vuelto a ser barro, ni la notoriedad de los diccionarios lo rescatarán de sí mismo, sino la escondida transustanciación alcanzada por haber apalabrado su ser.
Eso es lo que mueve su pluma, un afán de levitación dirigido a sacar al individuo del caso de las miserias del tiempo, y que, si se logra, inscribe de inmediato sus oraciones en un Libro del todo ajeno a las humanas imprentas.
Por eso nada tiene de extraño que, llegado el momento, el individuo del caso se desentienda por completo de sus papeles; transpuestos en el Libro, han dado todo de sí y no valen ya más que un insecto, ni merecen mejor destino que el de los seres que se arrastran.Así se entiende el caso, verbigracia, de aquel individuo que en Praga escribía como quien rezara, y que, cumplida su hora, encargó la destrucción de sus páginas.
Vayan estas líneas en su homenaje, porque su acto ejemplar nos enseña a todos un secreto camino mediante el cual, validos de la palabra, podemos librarnos del caso que nos agrava la vida. (c) LA GACETA















