Juan Pablo II monologa en tono familiar y amistoso

Por Julia Alessi de Nicolini

06 Junio 2004
"...Tengo... he conservado... caminemos... doy gracias... escribí...". Un montón de verbos en primera persona: vivencia, lugares, acontecimientos, amigos, todo en la memoria del memorioso Karol Wojtyla, quien aclara, en la introducción, que estas páginas fueron pensadas como continuación de su libro Don y misterio, aquel que contenía "recuerdos y reflexiones sobre los orígenes de mi sacerdocio".
Este relato, también con recuerdos y reflexiones, es una suerte de monólogo de tono familiar y amistoso que arranca de 1958, año en el que Wojtyla fue consagrado obispo; pero el pasado anterior asoma aquí y allá: su experiencia infantil en la catedral de Wawel, en Cracovia; sus peregrinaciones juveniles a Czestochowa, incluía la que -durante la ocupación nazi- realizó en secreto con dos compañeros hasta el santuario rodeado por el ejército hitleriano; sus testimonios de ese "otro período obscuro de nuestra historia, el de la dominación comunista"; su interés apasionado por los libros.
Acerca de este último tema, es clarísimo cuánto significaba para él todo lo que tuviera que ver con el arte y el pensamiento; y aparece, entonces, el recuerdo de su padre -animador de su entusiasmo por los libros primero y después por el teatro- y de sus contactos con físicos y cosmólogos con los que comentaba los más recientes descubrimientos. Allí también se rememora su encuentro, en cuanto "seminarista clandestino", con la teología, por supuesto, y con la filosofía; encuentro este que culminó con una tesis universitaria sobre Max Scheler y un interés particular por el pensamiento de Edith Stein y "su itinerario existencial: hebrea..., encontró a Cristo, se bautizó, entró en el convento de las Carmelitas y vivió un cierto tiempo en Holanda, de donde los nazis la deportaron a Auschwitz. Allí sufrió la muerte en la cámara de gas y su cuerpo fue incinerado en el crematorio".
Y siempre está Polonia: sus horizontes, sus pueblos, sus gentes y sobre todo sus amigos; vale la pena anotar que de los 170 nombres listados en el Indice Onomástico, los polacos son cerca de 100.
Todas estas son páginas que apuntan a re-cordar (y vale la pena insistir en el papel que juega el corazón en estos casos) encrucijadas de vida, de una vida que recibió un llamado y que "respondiendo a esa vocación- siguió un camino que es el de la donación y el de la entrega; por eso la pregunta que se plantea casi al final de la primera parte del libro: "¿soy suficientemente para las comunidades, las familias, los jóvenes y los ancianos...?".
El tema de la vocación es crucial en el libro como lo ha sido, sin duda, en la vida de Juan Pablo II; y él la considera especialísimamente como vocación a ser pastor; vocación que él asumió como sacerdote a los veintiséis años y que doce años más tarde, en 1958, lo llevó a aceptar la responsabilidad de ser obispo: una nueva etapa de su vocación, un nuevo modo de vivir, una entrega más exigente que supo expresar así: "de todas las palabras que yo usé he resuelto suprimir la palabra mío...". En esta etapa aparecen nuevos desafíos, nuevas tareas, nuevos compromisos; para mencionar un solo ejemplo: la celebración del Concilio Vaticano II, "gran acontecimiento" -dice- "experiencia inolvidable".
Es sin duda toda esta variada y rica experiencia la que da sustento vivencial a la serie de consideraciones teóricas de lo que podría describirse una lúcida catequesis sobre al condición episcopal. Se reflexiona sobre el significado de los símbolos en la ceremonia de la consagración (el crisma, el anillo, la mitra, el báculo) y también lo que implica la "casa del obispo" como lugar abierto a todos; se analizan sus tareas inexcusables, su función paternal, su estar con la propia gente. Y aquí vale, tal vez, añadir una cita que -si bien se refiere a su elección como arzobispo en 1964- ilumina ese "estar con la propia gente": "en Cracovia los arzobispos son elegidos normalmente entre los aristócratas. Por eso fue una sorpresa cuando, después de una larga lista de aristócratas, fui nombrado yo, un proletario".
Acaso haya aquí también una pista para interpretar mejor cuando se dice -mucho y bueno- de su relación con laicos, sacerdotes y religiosos, con el pueblo, los jóvenes y los niños; y las visitas pastorales y el trabajo de Caritas...
Y aquí estamos otra vez más cerca del corazón que de la reflexión; es esa una característica frecuente de este texto... y posiblemente de otros textos y de la vida del Papa polaco; por eso no es de extrañar que la sexta y última parte del libro, como sucede con la primera, sea profundamente vivencial; y aparecen allí el miedo y la valentía, el dolor y la prueba, la fortaleza y el martirio... y la poesía: un poema que Karol Wojtyla dedicó al obispo y mártir San Estanislao; y entonces las metáforas, las imágenes, la belleza; y "también la alegría y la paz que son fruto de la fe... no debemos dejarnos vencer por el miedo". Espléndido consejo.(c) LA GACETA

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