06 Junio 2004
Como quizá alguien me haga el honor de recordar, no acostumbro inclinarme ante lo poéticamente correcto. Ni, mucho menos, ejercitarme "en las genuflexiones de esa reverencia penosa por el mercado" (cualquiera sea su forma), que de manera tan cabal definió Luis Chitarroni. Supongamos por un momento que, realmente, durante la década pasada se haya evidenciado en nuestra poesía un conjunto de creadores que merezcan ser considerados como una nueva generación. Supongamos que quienes han llegado a ser caratulados en bloque como "poetas del noventa" -o al menos alguno o algunos de ellos- vienen a incorporar algo original, diferente y/o significativo en esa larga marcha de la lírica argentina que va desde Luis de Tejeda hasta, digamos, Washington Cucurto. Aun así, aun admitiendo eso (lo que nunca se podrá demostrar de manera objetiva, irrevocable, porque hacerlo continúa siendo una cuestión de gusto, si es que no de oído), me parece que el asunto viene a desbordar cuestiones que van acaso más allá de lo meramente literario, para integrarse en los entresijos de nuestra entera vida cultural que hoy, mucho me temo, padece de flagrante declinación.
Por ejemplo: ¿cómo es posible que estéticas en apariencia de agresivo, desafiante carácter iconoclasta cuando no hasta decididamente lumpen -lo que no tiene, por sí mismo, en principio nada de malo- alcancen una consagración tan instantánea, tan generalizada al mismo tiempo en los suplementos culturales de los grandes diarios nacionales y en la crítica académica de nuestras principales universidades? Es decir, e incluso más allá de su valor, ¿cómo es posible que se llegue a dar por canonizado con aspiraciones de unanimidad universal (ya que incluso se lo está traduciendo en el exterior) a algo que todavía tiene en gran medida olor a recién nacido, a work in progress? Apabullados como estamos por una metástasis nacional de la globalizada sociedad del espectáculo, ¿será esto un síntoma de que el virus Tinelli ha alcanzado ya tejidos que imaginábamos impermeables a su influencia? ¿No habrá llegado el momento de que algún párvulo ingenuo recuerde que tal vez, "el rey está desnudo"?
Mientras me siguen angustiando cavilaciones semejantes, nunca del todo resueltas, con seguridad envidiable, Anahí Mallol, profesora de Teoría Literaria en la Universidad Nacional de La Plata, y que obtuvo a tal efecto un subsidio de la Fundación Antorchas, dedica las doscientas sesenta páginas de El poema y su doble (lograda paráfrasis del gran título de Artaud: El teatro y su doble), que fueron anticipadas entre otras "revistas especializadas" por el influyente "Diario de Poesía", aparentemente sólo a "leer una parte importante de la poesía argentina, hasta la más reciente". Pero, partiendo como eje de la hoy casi ineludible Pizarnik, a la que sólo parece haber antecedido -probablemente sin haberlo supuesto- Olga Orozco, se pasa por figuras como Carrera, Bellessi, Kamenszain et alia para concluir que "de lo que se trata es de dirimir estas tensiones en la poesía de los noventa".
El recorrido puede llegar a parecer estremecedor, como atisbamos quizás no sólo desde el punto de vista de la lírica. Y se cierra literalmente con un cuasi silogismo, que se presume definitorio y el cual, precisamente por su demoledora inocencia, no deja de resultarme al mismo tiempo levemente intranquilizador: "soy poeta porque escribo y escribo porque soy poeta". Lo que no sé por qué vuelve a traerme a la memoria aquello a que aludía, en 1935, desde su indeleble tango Cambalache, el gran Enrique Santos Discépolo, cuando dejó estampado ya desde entonces que, entre nosotros, ay, "Todo es igual... Nada es mejor...". (c) LA GACETA
Por ejemplo: ¿cómo es posible que estéticas en apariencia de agresivo, desafiante carácter iconoclasta cuando no hasta decididamente lumpen -lo que no tiene, por sí mismo, en principio nada de malo- alcancen una consagración tan instantánea, tan generalizada al mismo tiempo en los suplementos culturales de los grandes diarios nacionales y en la crítica académica de nuestras principales universidades? Es decir, e incluso más allá de su valor, ¿cómo es posible que se llegue a dar por canonizado con aspiraciones de unanimidad universal (ya que incluso se lo está traduciendo en el exterior) a algo que todavía tiene en gran medida olor a recién nacido, a work in progress? Apabullados como estamos por una metástasis nacional de la globalizada sociedad del espectáculo, ¿será esto un síntoma de que el virus Tinelli ha alcanzado ya tejidos que imaginábamos impermeables a su influencia? ¿No habrá llegado el momento de que algún párvulo ingenuo recuerde que tal vez, "el rey está desnudo"?
Mientras me siguen angustiando cavilaciones semejantes, nunca del todo resueltas, con seguridad envidiable, Anahí Mallol, profesora de Teoría Literaria en la Universidad Nacional de La Plata, y que obtuvo a tal efecto un subsidio de la Fundación Antorchas, dedica las doscientas sesenta páginas de El poema y su doble (lograda paráfrasis del gran título de Artaud: El teatro y su doble), que fueron anticipadas entre otras "revistas especializadas" por el influyente "Diario de Poesía", aparentemente sólo a "leer una parte importante de la poesía argentina, hasta la más reciente". Pero, partiendo como eje de la hoy casi ineludible Pizarnik, a la que sólo parece haber antecedido -probablemente sin haberlo supuesto- Olga Orozco, se pasa por figuras como Carrera, Bellessi, Kamenszain et alia para concluir que "de lo que se trata es de dirimir estas tensiones en la poesía de los noventa".
El recorrido puede llegar a parecer estremecedor, como atisbamos quizás no sólo desde el punto de vista de la lírica. Y se cierra literalmente con un cuasi silogismo, que se presume definitorio y el cual, precisamente por su demoledora inocencia, no deja de resultarme al mismo tiempo levemente intranquilizador: "soy poeta porque escribo y escribo porque soy poeta". Lo que no sé por qué vuelve a traerme a la memoria aquello a que aludía, en 1935, desde su indeleble tango Cambalache, el gran Enrique Santos Discépolo, cuando dejó estampado ya desde entonces que, entre nosotros, ay, "Todo es igual... Nada es mejor...". (c) LA GACETA















