Pasá una noche en el vivac

Cuando el sol dijo adiós el jueves, las historias en el Hipódromo tomaron otro color.

AUTOS DESNUDOS. Mientras unos dormían, el resto desarmaba a los coches. AUTOS DESNUDOS. Mientras unos dormían, el resto desarmaba a los coches.
Son casi las 1 de la mañana en el vivac y Jorge y Paula, caminan de la mano. Muy tranquilos, van transitando esta especie de laberinto en el que se ha transformado el campamento por la noche. Algunas de las pocas luces que se ven son la de los mecánicos que, mientras sus compañeros duermen en el piso -apenas sobre una lona y sin temor a ser golpeados- dejan el vehículo en condiciones para la siguiente etapa. Otras, vienen de las típicas vinchas de minero, una moda necesaria y que convierte a varios en pequeñas luciérnagas dentro del predio.

La caminata de la pareja deriva en el tráiler del equipo español Himoinsa, hogar del motociclista Miguel Puertas, y su casa por esta noche. Al parecer, tienen visitas ya que los esperan sus compañeros en una especie de agasajo para el grupo: mesas y sillas vestidas, una barra y algo de comida. Jorge (que es Velayos O’Felan), jefe del equipo, pide gaseosas para él y para Paula (Adán, “como Adán y Eva”, explica ella), la mecánica, recambista, conductora de uno de los camiones operarios del equipo y, además, su esposa. Desde lejos, y atento a la conversación, Jorge le agrega otra función: “Y la que controla el dinero”, admite resignado. Estos barceloneses, en realidad trabajan para Gas-Gas, la leyenda que llevan en sus remeras rojas y la marca que estructura al equipo.

“¿Hace cuánto estamos casados, Jorge?”, le repite ella a él, la pregunta de LG Deportiva. La respuesta es un resoplido, mientras los ojos se le van para arriba. “Desde el ‘96”, responde finalmente Paula, tras lo que parece haber sido otro gag entre ellos. Los dos llevan varios Dakar encima y si bien se conocieron en el “ámbito de las motos”, no fue en este equipo, precisamente.

Consultados sobre si esta experiencia potencia o desgasta su amor, la respuesta es algo vaga. “Tiene sus momentos”, dice ella. ¿Y cuál es el mejor momento?, repreguntamos. “La vuelta a casa”, remata él, en otro chiste que le sale a la perfección. Más serio, amplía: “El primer Dakar es el más lindo, el resto es rutina”.

Jorge se siente a gusto en Tucumán, de donde eran oriundos sus tatarabuelos, según dice aunque no conoció a nadie de esa rama de su árbol. “Es muy caluroso pero me gusta. Tengo que venir algún día a verlos”, se propone.

La madrugada sigue su curso y las visitas no parecen tener sueño: siguen firmes junto a las mesas y la barra. Él se apresta a hacer unos retoques a la moto y Paula, a descansar. No será una típica noche en La Rambla, pero hacen lo que pueden.

¿Y cuándo descansan?

Cerca del tráiler de Himoinsa, están los rusos de Kamaz, los reyes de los camiones. A destajo, decenas de rubios hacen los arreglos necesarios. Atrás, y pegados a un motor en funcionamiento, dos de ellos descansan sentados sobre el pasto. Cerveza y pucho en mano, algo normal en el “turno noche” del Dakar. “¿Y cuándo descansan ustedes?”, le preguntamos a uno de los mecánicos. “Luego”, alcanza a decir algo serio. El sueño en estos casos parece ser materia de una carrera de postas: a todos les llega. Después de todo, a nadie deben faltarle energías.

Y si la noche sirve para recargar energías -al auto o al cuerpo- también es útil para la vestimenta. Sodexo, la empresa que se encarga de la comida, también tiene a cargo la lavandería de la competencia. “El año pasado lavamos 8.000 prendas”, dice Alejandra Saldías, una de las encargadas que advierte que reciben la ropa sucia por la tarde y se las entregan limpias a la madrugada, antes de partir. La noche es corta en el vivac, pero como vemos, nadie la desaprovecha.

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