Guillermo Puig - Docente Facultad de Derecho de la UNT
“Linchamiento”. El propio titular emanaba un aroma surrealista, un vaho a muerte que no lograba esconderse tras la etiqueta de simples “vecinos” que el cronista decidió (evidenciando su postura) adosar a quienes, renegando de todas y cada unas de las estructuras no ya democráticas, ni siquiera estatales, sino rudimentariamente sociales, optaron por golpear hasta el hartazgo a ese “delincuente” que intentó (ni siquiera lo logró el pobre fracasado) robar una cartera.
Ese vaho se convirtió en un hedor putrefacto, nauseabundo, insoportable, cuando algunas horas después un adolescente, un niño con capacidad electoral, me consultó “¿y a vos qué te parece?”, frente a lo cual, presumiendo la real posición de mi interlocutor, me apresure a responder con otra pregunta: “¿a vos qué te parece?”. La respuesta me inspiró una desagradable mixtura de bronca, frustración y temor: “y, está bien. Sino estos (aquí irían una serie de epítetos irreproducibles capaces de despabilar al Inadi) entran por una puerta y salen por la otra”.
Y otra vez a explicar: que hay una sola puerta, que entran mucho más fácil de lo que salen y por eso tenemos cárceles y comisarías atestadas, que como Estado republicano de Derecho hemos previsto procedimientos para abordar nuestros conflictos pero, mucho más preocupante, a explicar cuestiones tan básicas como que ni todos los celulares ni toda la indignación del mundo vale una vida humana: ni la tuya, ni la mía, la de ellos o la de nosotros, ninguna!
Y no hay pero que valga. El pero legitima, el pero de hoy es el “algo habrán hecho” de los años de plomo. El pero, como la apelación opositora al “Estado ausente”, o a la “impotencia de la gente ante la inacción de la Justicia”, no son más que excusas para patear la pelota fuera del campo de juego social, de modo tal de posibilitarnos el autoconvencimiento de que el delito, el hombre en conflicto con la ley, los medios de comunicación, “los políticos” y el propio Estado, son elementos o factores ajenos, de los cuales no podemos ni tenemos que hacernos cargo.
Por el contrario, sería coherente empezar a hacernos cargo de nuestra realidad: es tan argentino Messi como el pibe que limpia vidrios en el semáforo, Sábato como Feinman, Zaffaroni como Massa, los pibes y el paco de la Costanera como los pibes y la cocaína de los countrys. Y, aunque a algunos cueste comprenderlo, es tan valiosa la vida de una “joven estudiante con un enorme futuro por delante” muerta en el marco de un robo, como la del pibe con la cabeza arruinada por la pasta base y el alcohol barato pateado hasta el hartazgo por 50 homicidas cobardes sostenidos por su insultante sentimiento de superioridad ética.























