14 Diciembre 2014
A un año del recambio institucional, el Gobierno mantiene aún con cierta firmeza sólo una pata del trípode crucial de la estructura que supo crear: un modelo para cambiar el fondo institucional de la Argentina, un relato para convencer y una Presidenta para ejecutar.
Está muy claro que, aún en la soledad que eligió para gobernar, pese a su desgaste político y sin tener demasiadas precisiones sobre su salud, es Cristina Fernández, de los tres pilares, la que mejor se sustenta. Mantiene un caudal de apoyo muy alto para estas épocas de un mandato presidencial.
¿Cómo puede ser que alguien que lleva siete años de gobierno, luego de cuatro años y medio de gestión de su propio marido, pueda seguir bien parada, cuando dos de los tres fundamentos de su esqueleto político se derrumban?
Según algunos analistas, la ha ayudado bastante el “efecto Francisco”. Interpretan que, por hartazgo, buena parte de la sociedad, la más moderada, tiene paciencia gandhiana y espera que su período termine “en paz”.
Para el kirchnerismo más fanático, esa fortaleza de imagen que muestran las encuestas habilita a la Presidenta para ser la garantía de la continuidad, por un lado; y, por el otro, es la que impulsa al arco opositor (y allí mezclan partidos, jueces, sindicalistas, empresarios, medios...) a socavar su prestigio. También están los ultra anti-K, que construyen poco y nada y no le perdonan ni una al Gobierno.
O sea, la política sigue girando alrededor de la Presidenta y de su agenda cada vez más autoreferencial y sectaria, pero apoyada en la mayoría legislativa que aprueba todo lo que le ponen por delante. Igualmente, queda todo un año por delante para ver cómo ella procesa el estrés, que es mucho, por diversos motivos, familiares, políticos y económicos.
La herencia ya no existe
De las otras dos columnas, la primera que se desgajó fue la del “modelo”, planeado desde lo político en la búsqueda de la hegemonía institucional propia del populismo; en el garantismo judicial; y en ganar la calle y copar el Estado, con una amalgama económica basada en la industria nacional, la sustitución de importaciones, el “vivir con lo nuestro”, la distribución de subsidios para impulsar la inclusión social y el apuntalamiento de la ciencia y la tecnología.
Salvo en este último ítem, y sólo desde la lógica de los resultados, a esta altura se hace muy difícil para los kirchneristas de a pie bancar la pobreza, la inflación, la droga y la inseguridad, sobre todo. Eso, sin contar los desaguisados energéticos, agropecuarios y educativos.
En verdad, aquello que le dejó Néstor Kirchner a la Presidenta (superávits fiscal y comercial y el “desendeudamiento”) ya no existe, debido esencialmente a sus propios problemas de timing (ordenó el “vamos por todo” en lo político, sin cuidar los fundamentos económicos); pero también por su flagrantes en la elección de algunas personas que hoy la acompañan.
Encandilada en ambos casos, Cristina se compró un problema institucional con la oportunidad que dio a Amado Boudou. El vice llegó al Gobierno no sólo con su guitarra y su sonrisa seductora, sino que aterrizó con las mañas de su pasado, quizás exacerbado su accionar por lo que creyó eran las luces de la impunidad.
Le pasó algo similar con el ministro de Economía, Axel Kicillof. “Le queda grande el cargo”, dice el titular de la UIA, Héctor Méndez.
Ante ambos personajes, hay que apuntar que quienes más reparos tienen frente a tantos desaguisados son los propios precandidatos “K”, Daniel Scioli en primer lugar, ya que calculan que serán dos lastres difíciles de llevar si se lanzan de lleno a la campaña electoral.
Ni que decir de algunos gobernadores peronistas, que están como en los viejos cines cuando se cortaba la proyección: zapatean despacito debajo del asiento.
Un tercer elemento que, sumado a su crecimiento patrimonial, terminó de desestabilizar a la Presidenta, fue comprobar que las empresas familiares hacen agua por los cuatro costados y que los socios o amigos o eventuales testaferros de su marido hicieron todo mal aquí y en el exterior. Ahora, los coletazos involucran a su propio hijo.
Pastorcitos mentirosos
Con el sindrome del pastorcito mentiroso a cuestas, es notorio que ya hace meses el “relato”, segundo punto fuerte de estos años, se ha vuelto repetitivo y que está al punto del hervor. La señal más clara: como nunca antes, los dichos K se basan en la subestimación. Una cosa es la militancia -y esto vale también para la prensa cercana al Gobierno-; otra, menospreciar la inteligencia de los demás.
La deuda no canjeada, bancar el caso judicial por las irregularidades en la transferencia de un auto del vicepresidente, la defensa del “curro” de los derechos humanos, el apuro por sacar leyes antes de fin de año y meter camporistas en el Estado, la guerra abierta contra los jueces federales por temas de corrupción o las diatribas contra el “Índice Congreso” y el sindicalismo opositor por la inflación son frentes a los que, por desesperación o por ineptitud, nunca se les encuentra la vuelta en las explicaciones.
Para rebatir todas esas críticas, en estos días se le han opuesto como nunca antes justificaciones (echarle la culpa a los demás es un clásico), deslices sospechosos, desviación de los temas, exageraciones y frases hechas. Nunca argumentos, casi siempre chicanas.
Ni que decir cuando Jorge Capitanich usa a diario el mismo sonsonete de la responsabilidad que tienen en todos los males que aquejan al Gobierno “los intereses económicos y mediáticos concentrados”. A los periodistas les cuesta cada vez más contener la risa.
No obstante, está casi cantado que en la próxima ocasión en que el jefe de Gabinete enfrente a la prensa va a explicar que el papelón que protagonizó el viernes Kicillof con el canje de la deuda es culpa de los titulares de los diarios. Seguramente dirá que han tenido la mala fe de instalar “una agenda” que afirma que el ministro fracasó en su intento de tomar deuda, para mostrar a los fondos-buitre capacidad de endeudamiento.
Un piletazo sin agua
Lo del ministro de Economía fue el viernes de una gran pobreza para justificar por qué mantuvo la salida al mercado con una operación de rescate, canje y colocación de nueva deuda del orden de los U$S 10.000 millones, justo cuando -como él dijo- “ha habido esta semana movimientos abruptos y fuertes, con salidas de capitales de la región”. Hizo más evidente su inexperiencia en cuanto a la oportunidad de la operación.
Sin ponerse colorado, Kicillof dijo que “el test de confianza ha dado positivo porque nadie eligió llevarse los dólares”, en referencia a que de los U$S 6.700 millones de Boden 2015 que se canjeaban, sólo se anotaron para la opción de recompra anticipada U$S 185 millones. La visión triunfalista había sido transmitida, asegurando un par de tapas de diarios; pero en ese momento todos los canales de TV sospechosamente dejaron de emitir sus explicaciones.
Entonces, el ministro tuvo que argumentar lo del cimbronazo internacional y decir que de los U$S 3.000 millones que pensaba recaudar pagando casi 10% anual en un bono a 2024, sólo había logrado tomar U$S 286 millones en efectivo. Mientras, por canje, se iban a entregar mano a mano otros 377 millones. Cuando terminó de hablar, todo el mercado sumó, restó y tildó la operación de “piletazo sin agua” y “falta de timing”. En buen romance, un “fracaso”.
Habrá que ver qué le contó Kicillof a Cristina que, al rato nomás, ella misma salió a tuitear un logro que marcó el Banco Mundial en relación a la baja del desempleo juvenil en la Argentina entre 2002 y 2014. Siempre es bueno tratar de colar una noticia que tape por envergadura a otra anterior. Y hasta chuceó en su último tuit: “Te parece que mañana será tapa de algún diario? U ocupará un espacio central en los noticieros?”.
La percepción de la jefa del Estado demostró la complicación de la comunicación gubernamental para convencer: casi siempre se la confunde con propaganda y se basa en estadísticas que pocas veces se pueden verificar.
Y como Cristina es Presidenta y no periodista, era evidente que creyó en lo que escribía. Pero casi todos los titulares importantes de ayer hablaron del canje, para mal o para bien. Aunque terrible debe haber sido comprobar que, en los diarios oficialistas, sólo uno le reservó a la novedad que tanto ella quiso promocionar un diminuto quinto título de tapa.
Está muy claro que, aún en la soledad que eligió para gobernar, pese a su desgaste político y sin tener demasiadas precisiones sobre su salud, es Cristina Fernández, de los tres pilares, la que mejor se sustenta. Mantiene un caudal de apoyo muy alto para estas épocas de un mandato presidencial.
¿Cómo puede ser que alguien que lleva siete años de gobierno, luego de cuatro años y medio de gestión de su propio marido, pueda seguir bien parada, cuando dos de los tres fundamentos de su esqueleto político se derrumban?
Según algunos analistas, la ha ayudado bastante el “efecto Francisco”. Interpretan que, por hartazgo, buena parte de la sociedad, la más moderada, tiene paciencia gandhiana y espera que su período termine “en paz”.
Para el kirchnerismo más fanático, esa fortaleza de imagen que muestran las encuestas habilita a la Presidenta para ser la garantía de la continuidad, por un lado; y, por el otro, es la que impulsa al arco opositor (y allí mezclan partidos, jueces, sindicalistas, empresarios, medios...) a socavar su prestigio. También están los ultra anti-K, que construyen poco y nada y no le perdonan ni una al Gobierno.
O sea, la política sigue girando alrededor de la Presidenta y de su agenda cada vez más autoreferencial y sectaria, pero apoyada en la mayoría legislativa que aprueba todo lo que le ponen por delante. Igualmente, queda todo un año por delante para ver cómo ella procesa el estrés, que es mucho, por diversos motivos, familiares, políticos y económicos.
La herencia ya no existe
De las otras dos columnas, la primera que se desgajó fue la del “modelo”, planeado desde lo político en la búsqueda de la hegemonía institucional propia del populismo; en el garantismo judicial; y en ganar la calle y copar el Estado, con una amalgama económica basada en la industria nacional, la sustitución de importaciones, el “vivir con lo nuestro”, la distribución de subsidios para impulsar la inclusión social y el apuntalamiento de la ciencia y la tecnología.
Salvo en este último ítem, y sólo desde la lógica de los resultados, a esta altura se hace muy difícil para los kirchneristas de a pie bancar la pobreza, la inflación, la droga y la inseguridad, sobre todo. Eso, sin contar los desaguisados energéticos, agropecuarios y educativos.
En verdad, aquello que le dejó Néstor Kirchner a la Presidenta (superávits fiscal y comercial y el “desendeudamiento”) ya no existe, debido esencialmente a sus propios problemas de timing (ordenó el “vamos por todo” en lo político, sin cuidar los fundamentos económicos); pero también por su flagrantes en la elección de algunas personas que hoy la acompañan.
Encandilada en ambos casos, Cristina se compró un problema institucional con la oportunidad que dio a Amado Boudou. El vice llegó al Gobierno no sólo con su guitarra y su sonrisa seductora, sino que aterrizó con las mañas de su pasado, quizás exacerbado su accionar por lo que creyó eran las luces de la impunidad.
Le pasó algo similar con el ministro de Economía, Axel Kicillof. “Le queda grande el cargo”, dice el titular de la UIA, Héctor Méndez.
Ante ambos personajes, hay que apuntar que quienes más reparos tienen frente a tantos desaguisados son los propios precandidatos “K”, Daniel Scioli en primer lugar, ya que calculan que serán dos lastres difíciles de llevar si se lanzan de lleno a la campaña electoral.
Ni que decir de algunos gobernadores peronistas, que están como en los viejos cines cuando se cortaba la proyección: zapatean despacito debajo del asiento.
Un tercer elemento que, sumado a su crecimiento patrimonial, terminó de desestabilizar a la Presidenta, fue comprobar que las empresas familiares hacen agua por los cuatro costados y que los socios o amigos o eventuales testaferros de su marido hicieron todo mal aquí y en el exterior. Ahora, los coletazos involucran a su propio hijo.
Pastorcitos mentirosos
Con el sindrome del pastorcito mentiroso a cuestas, es notorio que ya hace meses el “relato”, segundo punto fuerte de estos años, se ha vuelto repetitivo y que está al punto del hervor. La señal más clara: como nunca antes, los dichos K se basan en la subestimación. Una cosa es la militancia -y esto vale también para la prensa cercana al Gobierno-; otra, menospreciar la inteligencia de los demás.
La deuda no canjeada, bancar el caso judicial por las irregularidades en la transferencia de un auto del vicepresidente, la defensa del “curro” de los derechos humanos, el apuro por sacar leyes antes de fin de año y meter camporistas en el Estado, la guerra abierta contra los jueces federales por temas de corrupción o las diatribas contra el “Índice Congreso” y el sindicalismo opositor por la inflación son frentes a los que, por desesperación o por ineptitud, nunca se les encuentra la vuelta en las explicaciones.
Para rebatir todas esas críticas, en estos días se le han opuesto como nunca antes justificaciones (echarle la culpa a los demás es un clásico), deslices sospechosos, desviación de los temas, exageraciones y frases hechas. Nunca argumentos, casi siempre chicanas.
Ni que decir cuando Jorge Capitanich usa a diario el mismo sonsonete de la responsabilidad que tienen en todos los males que aquejan al Gobierno “los intereses económicos y mediáticos concentrados”. A los periodistas les cuesta cada vez más contener la risa.
No obstante, está casi cantado que en la próxima ocasión en que el jefe de Gabinete enfrente a la prensa va a explicar que el papelón que protagonizó el viernes Kicillof con el canje de la deuda es culpa de los titulares de los diarios. Seguramente dirá que han tenido la mala fe de instalar “una agenda” que afirma que el ministro fracasó en su intento de tomar deuda, para mostrar a los fondos-buitre capacidad de endeudamiento.
Un piletazo sin agua
Lo del ministro de Economía fue el viernes de una gran pobreza para justificar por qué mantuvo la salida al mercado con una operación de rescate, canje y colocación de nueva deuda del orden de los U$S 10.000 millones, justo cuando -como él dijo- “ha habido esta semana movimientos abruptos y fuertes, con salidas de capitales de la región”. Hizo más evidente su inexperiencia en cuanto a la oportunidad de la operación.
Sin ponerse colorado, Kicillof dijo que “el test de confianza ha dado positivo porque nadie eligió llevarse los dólares”, en referencia a que de los U$S 6.700 millones de Boden 2015 que se canjeaban, sólo se anotaron para la opción de recompra anticipada U$S 185 millones. La visión triunfalista había sido transmitida, asegurando un par de tapas de diarios; pero en ese momento todos los canales de TV sospechosamente dejaron de emitir sus explicaciones.
Entonces, el ministro tuvo que argumentar lo del cimbronazo internacional y decir que de los U$S 3.000 millones que pensaba recaudar pagando casi 10% anual en un bono a 2024, sólo había logrado tomar U$S 286 millones en efectivo. Mientras, por canje, se iban a entregar mano a mano otros 377 millones. Cuando terminó de hablar, todo el mercado sumó, restó y tildó la operación de “piletazo sin agua” y “falta de timing”. En buen romance, un “fracaso”.
Habrá que ver qué le contó Kicillof a Cristina que, al rato nomás, ella misma salió a tuitear un logro que marcó el Banco Mundial en relación a la baja del desempleo juvenil en la Argentina entre 2002 y 2014. Siempre es bueno tratar de colar una noticia que tape por envergadura a otra anterior. Y hasta chuceó en su último tuit: “Te parece que mañana será tapa de algún diario? U ocupará un espacio central en los noticieros?”.
La percepción de la jefa del Estado demostró la complicación de la comunicación gubernamental para convencer: casi siempre se la confunde con propaganda y se basa en estadísticas que pocas veces se pueden verificar.
Y como Cristina es Presidenta y no periodista, era evidente que creyó en lo que escribía. Pero casi todos los titulares importantes de ayer hablaron del canje, para mal o para bien. Aunque terrible debe haber sido comprobar que, en los diarios oficialistas, sólo uno le reservó a la novedad que tanto ella quiso promocionar un diminuto quinto título de tapa.



















