Por Carlos Páez de la Torre H
14 Abril 2015
SEÑORAS EN EL PATIO. Ese espacio de las viejas casas, era el ámbito para la conversación y el interrogatorio de los mayores la gaceta / archivo
“Antes de caer la tarde, el patio tenía un prestigio severo y atrayente a la vez, como de juzgado y audiencia”, escribe el tucumano Pablo Rojas Paz en “El patio de la noche”, evocando su niñez en la casa provinciana.
Causa de aquel “prestigio” del patio, era la presencia de la abuela. “Sentada en una silla pequeña, siempre vestida de oscuro, con las cimbas en tiara y los brazos sobre el pecho, ‘eternizándose en el mate’ –como decían las muchachas- la abuela sometía a curiosos interrogatorios a los recién llegados. Ya era un Parellón de La Florida, un Cainzo de Trancas, un Argañaraz del Chaco, de talla gigantesca, de manos grandes, encallecidas por la cal, la caña, el quebracho; tímidos como niños, que retorcían el ala del sombrero para responder”.
Aunque tuvieran razón, les era difícil contestar. “Era del fruto de sus trabajos que la anciana quería tener noticias; que le explicaran qué había pasado ese año con el maíz y la yuca, con los zapallares”. El inquirido se las arreglaba para contestar algo, generalmente respecto calamidades como el granizo, la sequía o las crecientes.
“Después de la desmañada información del indagado, la anciana insinuaba algunas recriminaciones y entregaba algunos consejos, como recetas de médicos”. Eran, por ejemplo, “hay que tener cautela y no dejarse robar el agua”, o “mandale de cuando en cuando un regalo al comisario”, o “no hagas inquina con nadie”.
Al oírla, se hubiera creído que era dueña de vastos campos, pero, “muy al contrario, ella nada tenía”. Simplemente, para la familia “la abuela era el jefe espiritual, el alma sabia que decía la palabra atinada”.
Causa de aquel “prestigio” del patio, era la presencia de la abuela. “Sentada en una silla pequeña, siempre vestida de oscuro, con las cimbas en tiara y los brazos sobre el pecho, ‘eternizándose en el mate’ –como decían las muchachas- la abuela sometía a curiosos interrogatorios a los recién llegados. Ya era un Parellón de La Florida, un Cainzo de Trancas, un Argañaraz del Chaco, de talla gigantesca, de manos grandes, encallecidas por la cal, la caña, el quebracho; tímidos como niños, que retorcían el ala del sombrero para responder”.
Aunque tuvieran razón, les era difícil contestar. “Era del fruto de sus trabajos que la anciana quería tener noticias; que le explicaran qué había pasado ese año con el maíz y la yuca, con los zapallares”. El inquirido se las arreglaba para contestar algo, generalmente respecto calamidades como el granizo, la sequía o las crecientes.
“Después de la desmañada información del indagado, la anciana insinuaba algunas recriminaciones y entregaba algunos consejos, como recetas de médicos”. Eran, por ejemplo, “hay que tener cautela y no dejarse robar el agua”, o “mandale de cuando en cuando un regalo al comisario”, o “no hagas inquina con nadie”.
Al oírla, se hubiera creído que era dueña de vastos campos, pero, “muy al contrario, ella nada tenía”. Simplemente, para la familia “la abuela era el jefe espiritual, el alma sabia que decía la palabra atinada”.
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